Jesús Barrabás y la picardía de la resistencia salvadoreña
En el imaginario colectivo del cristianismo, el nombre de Barrabás resuena como el antagonista necesario, el “villano” cuya libertad selló el destino del Nazareno. Sin embargo, en las entrañas de los pueblos de El Salvador, donde el catolicismo español se fundió con la cosmovisión Maya, Lenca, Afrodescendiente, entre otras, la figura de este personaje ha mutado. Lejos de ser solo un criminal de tiempos bíblicos, el “Jesús Barrabás” salvadoreño es una amalgama de picaresca popular, resistencia social y un espejo de las tensiones políticas que aún hoy sacuden al “Pulgarcito de América”.
El espejo de los nombres: ¿Cuál Jesús?
Pocos detalles resultan tan fascinantes para el análisis histórico y teológico como el nombre completo del insurrecto. Manuscritos antiguos del Evangelio de Mateo revelan una dualidad que la tradición posterior intentó borrar: su nombre era Jesús Barrabás. Ante el pretorio de Poncio Pilato no había un santo y un demonio, sino dos hombres llamados Jesús (Juan Vicente Chopin en la Catedra Permanente de estudios de la Realidad Nacional e Internacional UES – marzo 2026)
La ironía es profunda. “Barrabás” deriva del arameo Bar-Abbas, que se traduce literalmente como “Hijo del Padre”. En aquel mediodía en Jerusalén, la multitud no solo elegía entre la paz y la violencia, sino entre dos hijos del padre: el hijo del Padre Celestial, que predicaba un reino de amor, y el hijo del padre terrenal, un celote, un sedicioso que empuñaba el puñal contra el Imperio Romano que asfixiaba a los pobres con impuestos y opresión.
El barrabás de barrio
En El Salvador, este “hijo del padre” terrenal fue adoptado por el sincretismo popular de una manera casi lúdica. Durante décadas, en diversos municipios del interior del país, la figura de Barrabás se despojó de su túnica sangrienta de asesino para vestirse con el traje del “pícaro” o el “tonto del pueblo”.
Era una tradición donde lo sagrado se permitía un descanso para dar paso a lo profano. En el contexto de las fiestas de Semana Santa, Barrabás se convertía en el protagonista de las “travesuras comunitarias”. Los relatos de los abuelos en pueblos de arraigo indígena cuentan que, durante los días santos, se desataba un desorden consentido. A los vecinos se les “perdían” cosas: una maceta, una herramienta de labranza, incluso animales de corral.
“Era un juego de los barrios”, recuerda un historiador local. “Las cosas no se robaban, se ‘barrabaseaban’. El que quería recuperar su pertenencia debía acudir a la alcaldía o a la casa del mayordomo de la cofradía y entregar una pequeña contribución económica o en especie. Era una forma de financiar la misma fiesta del pueblo, un impuesto a la distracción bajo el nombre del liberado de la Pascua”.
Este Barrabás folclórico, que corría con máscaras de madera y trajes coloridos, representaba el caos necesario antes del orden de la Resurrección. Era la personificación de la desobediencia civil disfrazada de juego, una válvula de escape para poblaciones que, históricamente, han vivido bajo la bota de autoridades rígidas.
La revuelta contra el “imperio”
Si bien las tradiciones de los “objetos perdidos” se han ido desvaneciendo ante la modernidad y la migración, la esencia política de Barrabás —el insurrecto que reacciona ante la opresión— está más vigente que nunca en la realidad salvadoreña.
El análisis sociológico nos obliga a mirar a Barrabás no como un criminal gratuito, sino como un síntoma. Él era un hombre que participaba en motines contra un imperio que no priorizaba a los más pobres. Hoy, en las calles de San Salvador o Santa Tecla, el espíritu de la sedición barrabásica emerge ante el choque de clases y el abuso de autoridad.
Hace poco, un video se hizo viral: un vendedor ambulante, uno de tantos que sobreviven en la economía informal, se enfrentaba a golpes con un Agente del Cuerpo de Agentes Municipales (CAM). Para el ojo legalista, el vendedor es un Barrabás: un violento, un infractor. Pero para el análisis social, ese golpe es el grito de quien se siente acorralado por un sistema de orden público que a menudo prioriza la estética urbana sobre el derecho al pan.
Los agentes de autoridad, tanto municipales como gubernamentales, en muchas ocasiones abusan del poder conferido, convirtiéndose en el rostro visible de un “Imperio” moderno que desplaza y sanciona al vulnerable. En este escenario, la figura de Barrabás se dignifica en la narrativa popular como aquel que, a falta de justicia divina, intenta arrebatar la justicia terrenal por sus propios medios.
La memoria como resistencia
El olvido de las costumbres de Semana Santa —como el juego del Barrabás— no es casual. Es parte de un proceso de homogeneización cultural que borra las particularidades del sincretismo para imponer una fe más “limpia” y menos cuestionadora.
Sin embargo, la revitalización de lo ancestral y originario de las historias locales busca rescatar esa visión sincrética. Entender que el pueblo salvadoreño se identifica con el Cristo sufriente, pero también con el Barrabás rebelde, es clave para comprender nuestra identidad. Al final, la elección de la multitud frente a Pilato sigue ocurriendo cada día. El Salvador continúa debatiéndose entre el idealismo del sacrificio y la urgencia de la revuelta. Mientras persistan estructuras que ignoren las necesidades del sector más pobre, el “Jesús Barrabás” —ese hijo del padre terrenal, ruidoso, travieso y a veces violento— seguirá caminando por nuestras calles, reclamando el lugar que la historia oficial siempre ha querido negarle.
Por: Luis Rafael Moreira Flores



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