El ritual, entre la persinación por los frutos y la espalda al medio ambiente
Cada mayo, El Salvador se viste de una religiosidad vibrante que parece brotar directamente de la tierra. El Día de la Cruz a nivel nacional, las Palancas de los frutos de los Nonualcos y la fastuosa procesión de las Flores y las Palmas en Panchimalco saturan el paisaje visual de colores, aromas y fervor. Sin embargo, tras el humo del copal y el brillo de las luces LED que ahora adornan los centros históricos, se esconde una paradoja dolorosa: el país celebra ritos de fertilidad sobre una tierra que el mismo Estado condena al abandono agrícola y a la depredación minera.
De la deidad al altar
Estas tradiciones no nacieron de la nada ni son meros inventos de la colonia. Tienen su raíz en el calendario agrícola mesoamericano. Para los pueblos náhuat-pipiles, el inicio de mayo marcaba la transición a la época lluviosa, el momento en que se debía invocar a Xipe Tótec (nuestro señor el desollado, símbolo de la regeneración de la naturaleza) o agradecer a Tláloc por el agua.
Con la llegada de los españoles, la Iglesia Católica, en una astuta maniobra de sincretismo, sustituyó la simbología indígena por la iconografía cristiana. La cruz de palo de jiote pasó a ser la Santa Cruz; las ofrendas de frutos para la tierra se convirtieron en adornos para el altar de la Virgen. Lo que hoy llamamos “costumbres religiosas” son, en realidad, actos de resistencia cultural disfrazada. El Salvador celebra la fertilidad de la tierra porque, históricamente, su supervivencia dependía del éxito de la cosecha. El rito es un contrato con lo divino para garantizar el pan.
La incoherencia local
Resulta cínico observar cómo las municipalidades y gobiernos locales invierten miles de dólares en organizar festivales “tradicionales” mientras sus políticas públicas han borrado al campesino del mapa de prioridades. Se celebran las “palancas” —estructuras cargadas de frutos que evocan la abundancia— en municipios donde el agro está moribundo.
El Salvador ha pasado de ser un país agrícola a uno de servicios y remesas. Las tierras que antes producían maíz, frijol y hortalizas, ahora se encuentran abandonadas o han sido loteadas para proyectos urbanísticos de lujo que el trabajador promedio no puede pagar. Las alcaldías promueven el folclore como un producto de consumo turístico, pero carecen de programas técnicos para pequeños productores, de bancos de semillas criollas o de infraestructura de riego. Se evoca la cosecha para la foto de la red social, pero se ignora al agricultor que lucha contra el alto costo de los insumos y el cambio climático. Es un cascarón vacío; una celebración de la fertilidad en un desierto de políticas públicas.
El estado y la “pintura de folclore”
Panchimalco se ha convertido en el escenario preferido del Gobierno Nacional para proyectar una imagen de “nación con identidad”. Se llenan las calles de color, se promueven las cofradías y se invita al cuerpo diplomático a ver las Flores y las Palmas. Pero este folclore es, a menudo, una máscara de distracción.
Mientras el discurso oficial exalta la “raíz” y la “madre tierra” en las festividades de mayo, en las oficinas gubernamentales se pavimenta el camino para la destrucción de esa misma tierra. El retorno de la sombra de la minería metálica y los proyectos extractivistas ponen en peligro la naturaleza del país. No se puede ser guardián de la tradición de las flores si, al mismo tiempo, se permite la contaminación de los mantos acuíferos que alimentan esas plantas. El Gobierno nacional utiliza al indígena y al cofrade como un accesorio decorativo para su marca país, mientras en el territorio, la naturaleza es vista simplemente como un recurso transable.
El abandono del agro y la crisis alimentaria
La desconexión es total. Según datos brindados por CAMPO, CESTA, CDC, entre otras organizaciones, en la Cátedra Permanente de Estudios de la Realidad Nacional e Internacional en la UES, la producción de granos básicos ha caído a niveles alarmantes. El Salvador importa más del 80% de lo que consume. Esta dependencia alimentaria es la verdadera cara de la crisis que el folclore intenta ocultar.
La soberanía alimentaria, que es el fin último de los ritos indígenas de fertilidad, ha sido sacrificada en el altar del libre mercado y la especulación inmobiliaria. Al celebrar el Día de la Cruz, Las Palancas o las Flores y las Palmas sin proteger la tierra, estamos realizando un simulacro. Estamos pidiendo por cosechas que no estamos sembrando. El abandono del agro no es solo una falta de presupuesto; es una falta de visión soberana que nos condena a la vulnerabilidad.
La tecnología como adormecimiento
Como bien señalaba recientemente el Padre Juan Vicente Chopin en la Cátedra en la Universidad de El Salvador, existe un “totalitarismo tecnológico” que utiliza la estética —luces LED, transmisiones en vivo de alta definición, drones sobre los ritos— para hacernos creer que estamos progresando, cuando en realidad estamos perdiendo el control sobre lo esencial: nuestra capacidad de producir nuestra propia vida.
La tecnología se utiliza para amplificar el folclore, no para mejorar la técnica agrícola del campesino. El celular nos tiene a nosotros, viendo el video de la procesión, mientras olvidamos que la palma que se eleva es un llamado a la protección de un ecosistema que estamos destruyendo. La participación ciudadana se ha reducido a dar “like” a la tradición, en lugar de organizarse para exigir la protección de los ríos y las montañas frente a los proyectos mineros.
Hacia una coherencia con la tierra
Para que las tradiciones de mayo dejen de ser una hipocresía institucional, deben ir acompañadas de una política de respeto integral a la tierra. No basta con declarar Patrimonio de la Humanidad a una cofradía si el territorio donde vive esa comunidad está siendo amenazado por el extractivismo. No basta con adornar una cruz si el campo salvadoreño sigue expulsando a sus jóvenes hacia la migración por falta de oportunidades en la agricultura.
El llamado a la fertilidad de nuestros ancestros era un compromiso de cuidado. La tierra daba si se le respetaba. Hoy, El Salvador se encuentra en una encrucijada: o seguimos usando nuestras tradiciones como un maquillaje para el turismo y la propaganda, o rescatamos el sentido profundo de estos ritos para convertirlos en un mandato de protección ambiental y soberanía alimentaria. El Día de la Cruz, Las Palancas y las Flores de Panchimalco deben ser, más que nunca, actos de protesta. Cada fruto colgado en la cruz debería ser un recordatorio de la urgencia de trabajar la tierra; cada palanca una trinchera; cada palma elevada en Panchimalco debería ser una lanza contra la minería y el despojo. Solo así, el sincretismo dejará de ser una herencia colonial de sumisión y se convertirá en una herramienta de liberación y vida.
Por: Luis Rafael Moreira Flores



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