La Identificación de Cristo con los Pobres y el Servicio Como Criterio Escatológico
COMENTARIO TEOLÓGICO EXEGÉTICO SOBRE MATEO 25:35-40
I. INTRODUCCIÓN: CONTEXTO LITERARIO Y TEOLÓGICO
Los versículos 35-40 del capítulo 25 de Mateo constituyen el núcleo teológico de la parábola de las ovejas y las cabras, una de las enseñanzas más radicales y desafiantes de Jesús sobre el juicio final. Esta perícopa se ubica estratégicamente al final del Discurso Escatológico (Mateo 24-25), el quinto y último gran discurso en la estructura literaria del Evangelio de Mateo, pronunciado en el Monte de los Olivos durante los últimos días del ministerio terreno de Jesús.
El contexto inmediato es crucial para comprender la fuerza teológica de estos versículos. Mateo 25:31-32 establece la escena: “Cuando el Hijo del Hombre venga en su gloria, y todos los ángeles con él, se sentará en su trono glorioso. Todas las naciones se reunirán delante de él, y él separará a unos de otros, como el pastor separa las ovejas de las cabras.” Esta introducción apocalíptica sitúa la enseñanza en el marco del juicio universal, donde Cristo ejerce su autoridad soberana sobre “todas las naciones” (panta ta ethne), una expresión que en Mateo indica la universalidad del juicio más allá de las fronteras étnicas o religiosas de Israel.
La estructura del Discurso Escatológico progresa desde advertencias sobre la destrucción del templo (24:1-2), pasando por señales del fin (24:3-35), exhortaciones a la vigilancia mediante parábolas (24:36-25:30), hasta culminar en esta escena de juicio final (25:31-46). Esta progresión no es accidental: Mateo construye un crescendo teológico donde la ética del Reino se revela como el criterio definitivo del juicio escatológico. Las parábolas previas (las diez vírgenes, los talentos) enfatizan la preparación y la fidelidad; la parábola de las ovejas y cabras revela qué significa concretamente esa fidelidad: el servicio radical a los vulnerables.
En la teología mateana, el juicio final no se basa en confesiones doctrinales abstractas ni en rituales religiosos, sino en acciones concretas de misericordia hacia los necesitados. Esta perspectiva desafía cualquier espiritualización que divorcie la fe de la praxis, y establece que el encuentro con Cristo ocurre mediado por el encuentro con el pobre, el extranjero, el enfermo y el encarcelado.
II. ANÁLISIS EXEGÉTICO DE MATEO 25:35-40
Versículo 35: “Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recogisteis”
El versículo inicia con la conjunción causal “gar” (porque), estableciendo la razón por la cual los justos son bendecidos. La estructura retórica presenta seis acciones de misericordia en tres pares complementarios, comenzando con las necesidades más básicas de supervivencia humana.
“Tuve hambre” (epeinasa) y “tuve sed” (edipsēsa) evocan las necesidades fisiológicas fundamentales. En el contexto palestino del siglo I, el hambre no era una abstracción teológica sino una realidad cotidiana para amplios sectores de la población. Las sequías, las malas cosechas, la opresión fiscal romana y la concentración de tierras en manos de élites creaban condiciones de inseguridad alimentaria crónica. La respuesta “me disteis de comer” (edōkate moi phagein) y “me disteis de beber” (epotisate me) utiliza verbos en aoristo que indican acciones concretas, específicas, no meras disposiciones sentimentales.
“Fui forastero” (xenos ēmēn) introduce la segunda categoría de vulnerabilidad. El término “xenos” designa al extranjero, al que está fuera de las redes de protección social, familiar y comunitaria. En una sociedad mediterránea antigua donde la identidad y la seguridad dependían de la pertenencia a estructuras familiares y tribales, ser forastero significaba estar expuesto a la explotación, el abuso y la exclusión. La respuesta “me recogisteis” (synēgagete me) implica hospitalidad activa, incorporación a la comunidad, protección deliberada del vulnerable.
Versículo 36: “estuve desnudo, y me cubristeis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a mí”
“Estuve desnudo” (gymnos ēmēn) no necesariamente indica desnudez total, sino carencia de vestimenta adecuada, pobreza extrema que deja a la persona expuesta a los elementos y a la vergüenza social. En una cultura donde el honor y la vergüenza eran valores centrales, la desnudez representaba degradación social. “Me cubristeis” (periebalete me) es un acto de restauración de dignidad, no solo de provisión material.
“Enfermo” (ēsthenēsa) y “en la cárcel” (en phylakē ēmēn) representan situaciones de exclusión social extrema. La enfermedad en el mundo antiguo conllevaba frecuentemente marginación ritual y social; los enfermos eran considerados impuros, peligrosos, castigados por Dios. El encarcelamiento en el sistema romano era brutal, sin provisión estatal de alimentos o cuidados; los prisioneros dependían completamente de la caridad externa para sobrevivir. “Me visitasteis” (epeskepsasthe me) y “vinisteis a mí” (ēlthate pros me) indican presencia física, solidaridad encarnada, no asistencia a distancia. El verbo “episkeptomai” (visitar) tiene connotaciones de cuidado pastoral, inspección solícita, preocupación activa.
Versículo 37-39: La respuesta de los justos
La respuesta de los justos (“¿Señor, cuándo te vimos…?”) revela una dimensión teológica crucial: su servicio fue inconsciente de su significado cristológico. No sirvieron para obtener recompensa escatológica ni porque reconocieron a Cristo en el necesitado, sino por compasión genuina, por una disposición del corazón formada por la ética del Reino. Esta inconsciencia subraya la autenticidad de su servicio: no fue calculado, instrumental o interesado, sino expresión natural de una identidad transformada.
La repetición de la pregunta tres veces (hambriento/sediento, forastero/desnudo, enfermo/encarcelado) crea un ritmo litúrgico que enfatiza la sorpresa genuina de los justos. No se consideran merecedores de bendición; su servicio fue simplemente lo que debía hacerse ante el sufrimiento humano.
Versículo 40: “En verdad os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis”
Este versículo constituye el clímax teológico de la parábola. La fórmula solemne “amēn legō hymin” (en verdad os digo) marca declaraciones de autoridad especial en el Evangelio de Mateo, señalando enseñanzas de importancia fundamental.
La expresión clave es “eph’ hoson epoiēsate heni toutōn tōn adelphōn mou tōn elachistōn” (en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños). El término “elachistos” (superlativo de mikros, pequeño) designa a los más insignificantes, los de menor estatus social, los últimos en la jerarquía humana. En la teología mateana, este término resuena con otras referencias a los “pequeños” (mikroi) en 18:6, 10, 14, donde Jesús advierte contra escandalizar a “estos pequeños que creen en mí.”
La identificación “a mí lo hicisteis” (emoi epoiēsate) es la declaración cristológica más radical del pasaje. No dice “como si me lo hicierais a mí” (comparación) ni “lo consideraré como hecho a mí” (metáfora legal), sino “a mí lo hicisteis” (identificación ontológica). Cristo se identifica real y misteriosamente con el hambriento, el sediento, el forastero, el desnudo, el enfermo y el encarcelado.
III. CONEXIONES CON OTRAS ENSEÑANZAS SOBRE EL SERVICIO
La enseñanza de Mateo 25:35-40 no es un elemento aislado en la teología mateana, sino que forma parte de una red coherente de enseñanzas sobre el servicio, la misericordia y la preocupación por los vulnerables que atraviesa todo el Evangelio.
El mandamiento del amor al prójimo (Mateo 22:34-40)
Cuando un fariseo pregunta a Jesús cuál es el mandamiento más importante, Jesús responde citando Deuteronomio 6:5 (amar a Dios) y Levítico 19:18 (amar al prójimo como a ti mismo), declarando que “de estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas” (22:40). La parábola de las ovejas y cabras concretiza qué significa amar al prójimo: no es un sentimiento abstracto sino acciones específicas de servicio a los necesitados. Más aún, establece que el amor a Dios y el amor al prójimo son inseparables, pues servir al necesitado es servir a Cristo mismo.
La preocupación por los “pequeños” (Mateo 18:1-14)
En el discurso sobre la comunidad (Mateo 18), Jesús advierte solemnemente: “Cualquiera que haga tropezar a alguno de estos pequeños que creen en mí, mejor le fuera que se le colgase al cuello una piedra de molino de asno, y que se le hundiese en lo profundo del mar” (18:6). La preocupación por los “pequeños” (mikroi) conecta directamente con los “más pequeños” (elachistoi) de 25:40. En ambos casos, Jesús establece una identificación especial con los vulnerables y advierte sobre las consecuencias de su maltrato o negligencia.

La parábola de la oveja perdida (18:12-14) refuerza este tema: el pastor deja las noventa y nueve para buscar la una que se perdió, “porque no es la voluntad de vuestro Padre que está en los cielos, que se pierda uno de estos pequeños” (18:14). Esta preocupación preferencial por el vulnerable, el perdido, el pequeño, es característica de la ética del Reino.
La crítica a los fariseos: justicia, misericordia y fe (Mateo 23:23)
En su denuncia profética contra los escribas y fariseos, Jesús declara: “¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque diezmáis la menta y el eneldo y el comino, y dejáis lo más importante de la ley: la justicia, la misericordia y la fe. Esto era necesario hacer, sin dejar de hacer aquello” (23:23). Jesús no rechaza las prácticas rituales, pero subordina toda observancia religiosa a “lo más importante de la ley”: justicia (krisis), misericordia (eleos) y fe (pistis).
Esta crítica ilumina Mateo 25:35-40: el juicio final no se basa en la meticulosidad ritual sino en la práctica de la misericordia. Los “justos” (dikaioi) de 25:37 son aquellos que practicaron la justicia y la misericordia, no necesariamente quienes cumplieron escrupulosamente las normas religiosas. Esta inversión de prioridades es característica de la enseñanza de Jesús y desafía toda religiosidad que se refugia en lo ritual evadiendo lo ético.
El Sermón del Monte: las Bienaventuranzas (Mateo 5:3-12)
Las Bienaventuranzas proclaman “bienaventurados” (makarioi) a los pobres en espíritu, los que lloran, los mansos, los que tienen hambre y sed de justicia, los misericordiosos, los limpios de corazón, los pacificadores, los perseguidos por causa de la justicia. Esta inversión de valores del Reino resuena con la parábola de las ovejas y cabras: los bendecidos en el juicio final son aquellos que sirvieron a los hambrientos, sedientos, forasteros, desnudos, enfermos y encarcelados, es decir, a los que el mundo considera “malditos.”
La bienaventuranza “Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia” (5:7) establece una conexión directa: la misericordia recibida en el juicio final corresponde a la misericordia practicada en la vida presente. Esta reciprocidad no es transaccional (mérito por recompensa) sino relacional: quien vive en la lógica de la misericordia participa del Reino de la misericordia.

IV. LA IDENTIFICACIÓN CRISTOLÓGICA: “LO HICISTE CONMIGO”
La declaración “en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis” (25:40) constituye una de las afirmaciones cristológicas más profundas y desafiantes del Nuevo Testamento. Esta identificación de Cristo con los pobres y marginados requiere un análisis teológico cuidadoso que evite tanto la trivialización sentimental como la espiritualización evasiva.
Identificación ontológica, no meramente simbólica
La gramática del texto no permite interpretar esta identificación como mera metáfora o comparación. Jesús no dice “como si me lo hicierais” (hōs emoi) sino “a mí lo hicisteis” (emoi epoiēsate). Esta formulación indica una identificación real, misteriosa pero genuina, entre Cristo y el necesitado. No se trata de que el pobre “represente” a Cristo o “simbolice” a Cristo, sino de que Cristo está realmente presente en el pobre.
Esta presencia no es panteísta (Cristo no es idéntico a cada persona) ni es una mera presencia espiritual abstracta, sino una presencia mediada por la vulnerabilidad, el sufrimiento y la necesidad. Cristo se hace presente precisamente en la condición de necesidad del otro, en su hambre, su sed, su extranjería, su desnudez, su enfermedad, su encarcelamiento.
Fundamento en la encarnación
La identificación de Cristo con los pobres tiene su fundamento teológico en la encarnación. El prólogo de Juan declara: “Y el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros” (Juan 1:14). Pablo escribe: “Porque ya conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que por amor a vosotros se hizo pobre, siendo rico, para que vosotros con su pobreza fueseis enriquecidos” (2 Corintios 8:9). Filipenses 2:6-8 describe el movimiento kenótico de Cristo: “el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres.”
La encarnación no fue una asunción genérica de “humanidad” abstracta, sino una inserción concreta en la condición humana en su vulnerabilidad: Jesús nació en un establo, fue refugiado en Egipto, creció en Nazaret (pueblo despreciado), vivió como artesano itinerante sin lugar donde recostar su cabeza (Mateo 8:20), fue rechazado por las autoridades religiosas, ejecutado como criminal. La vida de Jesús fue una vida de solidaridad con los marginados, los pecadores, los excluidos.
Mateo 25:40 radicaliza esta solidaridad: Cristo no solo vivió entre los pobres durante su ministerio terreno, sino que continúa presente en ellos después de su resurrección y ascensión. La encarnación no fue un episodio temporal sino una realidad permanente: Cristo permanece encarnado en los vulnerables.
Implicaciones para la soteriología
Esta identificación tiene profundas implicaciones soteriológicas. El juicio final de Mateo 25:31-46 sugiere que la salvación no se determina por la confesión verbal de Cristo como Señor (cf. Mateo 7:21-23: “No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos”) sino por el servicio concreto a los necesitados. Los “justos” de 25:37 ni siquiera sabían que estaban sirviendo a Cristo; su servicio fue inconsciente de su significado cristológico.
Esto no implica una soteriología de obras en contraposición a la gracia, sino que revela que la fe genuina se manifiesta necesariamente en obras de misericordia. Santiago 2:14-17 articula esta misma teología: “¿De qué aprovechará si alguno dice que tiene fe, y no tiene obras? ¿Podrá la fe salvarle? Y si un hermano o una hermana están desnudos, y tienen necesidad del mantenimiento de cada día, y alguno de vosotros les dice: Id en paz, calentaos y saciaos, pero no les dais las cosas que son necesarias para el cuerpo, ¿de qué aprovecha? Así también la fe, si no tiene obras, es muerta en sí misma.”
El pobre como sacramento de Cristo
La teología católica ha desarrollado el concepto del “pobre como sacramento de Cristo,” entendiendo “sacramento” no en sentido técnico-litúrgico sino en el sentido amplio de signo eficaz de la presencia de Cristo. Así como en los sacramentos litúrgicos Cristo se hace presente bajo signos materiales (agua, pan, vino), en el pobre Cristo se hace presente bajo el signo de la necesidad y la vulnerabilidad.
Esta perspectiva sacramental tiene implicaciones radicales: el encuentro con el pobre no es opcional para el cristiano, no es una obra de supererogación para los especialmente virtuosos, sino el lugar privilegiado del encuentro con Cristo. Servir al pobre no es “hacer algo por Cristo” sino encontrarse con Cristo mismo. La liturgia y la diaconía, el culto y el servicio, son inseparables.
V. IMPLICACIONES PRÁCTICAS PARA LA COMUNIDAD DE FE CONTEMPORÁNEA
La parábola de las ovejas y cabras, lejos de ser una enseñanza piadosa sobre la caridad individual, constituye un desafío profético a las estructuras eclesiales, sociales y económicas contemporáneas. Para estudiantes de teología y comunidades de fe del siglo XXI, este texto plantea cuestiones urgentes sobre la identidad, la misión y la praxis de la iglesia.
Desafío a las estructuras de poder eclesiales
La parábola invierte radicalmente las jerarquías de poder y prestigio. En la lógica del Reino, los “más pequeños” (elachistoi) ocupan el lugar central, mientras que los poderosos, los respetables, los religiosos establecidos pueden encontrarse entre las “cabras” separadas a la izquierda. Esta inversión cuestiona las estructuras eclesiales que reproducen jerarquías mundanas de poder, riqueza y prestigio.
Una iglesia fiel a Mateo 25:35-40 debe preguntarse constantemente: ¿Dónde están los pobres, los forasteros, los enfermos, los encarcelados en nuestras comunidades? ¿Ocupan lugares centrales o periféricos? ¿Son sujetos activos o meros objetos de caridad? ¿Nuestras liturgias, nuestras teologías, nuestras estructuras de liderazgo reflejan la opción preferencial de Cristo por los pequeños?
Responsabilidad social y profética de la iglesia
La parábola establece que la iglesia no puede limitarse a la proclamación verbal del evangelio ni al culto litúrgico, sino que debe encarnar el evangelio en acciones concretas de justicia y misericordia. La “evangelización” que no incluye dar de comer al hambriento, acoger al forastero, vestir al desnudo, visitar al enfermo y al encarcelado, es una evangelización truncada, infiel al evangelio de Mateo.
Más aún, la parábola implica una responsabilidad profética: denunciar las estructuras sociales, económicas y políticas que generan hambre, exclusión, enfermedad y encarcelamiento. Si Cristo se identifica con el hambriento, la iglesia no puede permanecer neutral ante sistemas económicos que producen hambre. Si Cristo se identifica con el forastero, la iglesia no puede permanecer silenciosa ante políticas migratorias que criminalizan y deshumanizan a los migrantes. Si Cristo se identifica con el encarcelado, la iglesia debe cuestionar sistemas carcelarios que perpetúan la injusticia.
Transformación de la práctica eclesial
Mateo 25:35-40 exige una transformación profunda de la práctica eclesial en varias dimensiones:
Liturgia:La liturgia debe conectarse orgánicamente con el servicio a los pobres. La Eucaristía, memorial del cuerpo entregado y la sangre derramada de Cristo, debe impulsar a la comunidad a reconocer y servir el cuerpo de Cristo en los pobres. Una liturgia que no conduce al servicio es vacía; un servicio que no se nutre de la liturgia carece de fundamento teológico.
Formación teológica:Los seminarios y facultades de teología deben formar no solo en exégesis, dogmática y moral, sino en el discernimiento de la presencia de Cristo en los pobres y en la praxis de la justicia. La teología que no se hace desde y para los pobres corre el riesgo de convertirse en ideología legitimadora de los poderosos.
Uso de recursos: Las comunidades de fe deben examinar críticamente el uso de sus recursos económicos. ¿Qué porcentaje del presupuesto se destina a edificios, salarios y programas internos, y qué porcentaje al servicio directo a los necesitados? ¿Nuestras inversiones financieras son coherentes con el evangelio de Mateo 25?
Acompañamiento y solidaridad:El servicio a los pobres no debe ser paternalista ni asistencialista, sino expresión de solidaridad genuina. Los verbos de Mateo 25:35-36 indican presencia, relación, acompañamiento: “me disteis de comer,” “me recogisteis,” “me visitasteis.” No se trata de enviar ayuda a distancia sino de estar con, caminar junto a, compartir la vida con los vulnerables.
Crítica a la teología de la prosperidad
La parábola de las ovejas y cabras constituye una refutación radical de la “teología de la prosperidad” que identifica la bendición de Dios con la riqueza material y el éxito mundano. En Mateo 25, los bendecidos son aquellos que sirvieron a los hambrientos, sedientos, forasteros, desnudos, enfermos y encarcelados, es decir, aquellos que se solidarizaron con los pobres, no aquellos que acumularon riqueza.
Cristo se identifica con el pobre, no con el rico; con el hambriento, no con el saciado; con el forastero, no con el ciudadano establecido; con el encarcelado, no con el poderoso. Una teología que promete prosperidad material como signo de bendición divina contradice frontalmente la enseñanza de Jesús en Mateo 25.
VI. CONCLUSIÓN: SÍNTESIS TEOLÓGICA
Mateo 25:35-40 constituye una de las enseñanzas más radicales y desafiantes de Jesús, con profundas implicaciones exegéticas, cristológicas, soteriológicas y éticas. El análisis exegético revela que las seis acciones de misericordia mencionadas (dar de comer, dar de beber, acoger, vestir, visitar al enfermo, visitar al encarcelado) no son ejemplos arbitrarios sino categorías específicas de vulnerabilidad en el contexto palestino del siglo I, que mantienen su relevancia en contextos contemporáneos de exclusión y sufrimiento.
La conexión con otras enseñanzas mateanas sobre el servicio, la misericordia y la preocupación por los “pequeños” demuestra que Mateo 25:35-40 no es un texto aislado sino expresión coherente de la ética del Reino que atraviesa todo el Evangelio. El mandamiento de amar al prójimo, la advertencia contra escandalizar a los pequeños, la crítica a la religiosidad que descuida la justicia y la misericordia, las Bienaventuranzas que proclaman dichosos a los pobres y misericordiosos, todos convergen en la enseñanza de que el servicio a los vulnerables es el criterio del juicio escatológico.
La identificación cristológica “a mí lo hicisteis” revela el misterio de la presencia permanente de Cristo en los pobres y marginados, fundamentada en la encarnación y la solidaridad kenótica del Hijo de Dios con la humanidad sufriente. Esta identificación no es simbólica sino real, no es opcional sino constitutiva de la fe cristiana, no es un añadido piadoso sino el corazón del evangelio.
Las implicaciones prácticas para las comunidades de fe contemporáneas son urgentes y desafiantes: la parábola exige una transformación profunda de las estructuras eclesiales, una responsabilidad profética ante las injusticias sociales, una reorientación de recursos y prioridades, y una praxis de solidaridad genuina con los vulnerables. Para estudiantes de teología, este texto plantea la cuestión fundamental: ¿qué teología estamos construyendo? ¿Una teología que legitima el poder y la riqueza, o una teología que reconoce a Cristo en el rostro del pobre?
Mateo 25:35-40 permanece como palabra normativa para la iglesia de todos los tiempos, recordándonos que el encuentro con Cristo no ocurre primariamente en la especulación teológica abstracta ni en la piedad intimista, sino en el servicio concreto, encarnado, costoso a los hambrientos, sedientos, forasteros, desnudos, enfermos y encarcelados. En ellos, Cristo nos espera. En ellos, seremos juzgados. En ellos, encontramos el camino hacia el Reino.
Presbítero. Douglas José Calderón Morillas
Noviembre 30.2025



No Comment! Be the first one.