JESÚS NO SOLO NOS INVITA A CREER EN ÉL, SINO A CAMINAR CON ÉL
Creer en Jesús no es solamente aceptar su nombre, repetir oraciones o colgar una cruz en la pared. Creer en Jesús es mucho más profundo, más exigente, más transformador. Jesús no vino a fundar admiradores; vino a formar discípulos. No llamó espectadores, llamó caminantes. No buscó apluso fácil, sino corazones dispuestos a dejarlo todo por el Reino.
Jesús no solo nos invita a creer en Él, sino a caminar con Él.
Y caminar con Jesús no es un paseo cómodo; es una ruta de polvo, de cruces, de decisiones radicales, de amor concreto y de fidelidad cuando nadie aplaude. Caminar con Él significa salir de la comodidad religiosa y entrar en el compromiso del Evangelio vivo. Significa dejar la orilla segura y subir a la barca, aunque haya tormenta. Significa abandonar las redes viejas del egoísmo, del miedo, de la indiferencia, para aprender el arte difícil de amar como Él ama.

Muchos creen en Jesús desde lejos. Lo respetan, lo admiran, incluso lo invocan en momentos difíciles. Pero caminar con Él exige cercanía. Exige ensuciarse los pies en los caminos donde Él anduvo: entre los pobres, los enfermos, los olvidados, los pecadores, los humillados de la historia. Jesús no vivió encerrado en templos de mármol; caminó entre el barro humano. Tocó heridas, abrazó excluidos, confrontó poderosos, denunció hipocresías y anunció esperanza.
Seguir a Jesús no es una emoción espiritual pasajera; es una opción de vida.
Es sentarse a la mesa con quien nadie quiere sentarse.
Es defender al que todos condenan.
Es compartir el pan cuando apenas alcanza.
Es perdonar cuando el orgullo exige venganza.
Es llorar con el que sufre y luchar con el que resiste.
Es creer que el Reino de Dios comienza aquí, en esta tierra herida, cuando decidimos vivir como hermanos.

Jesús no dijo: “Admírenme”.
Dijo: “Sígueme”.
Y ese “sígueme” sigue atravesando los siglos como una espada y como una caricia. Nos alcanza hoy, en nuestras calles, en nuestras familias, en nuestras comunidades, en nuestras luchas cotidianas. Nos llama cuando estamos cansados, cuando sentimos que la fe se vuelve rutina, cuando la religión se convierte en costumbre vacía.
Porque creer sin caminar se vuelve teoría.
Y caminar sin Jesús se vuelve cansancio sin sentido.
La fe verdadera tiene pies.
Tiene manos.
Tiene rostro.
Tiene compromiso.
No basta decir “Señor, Señor”, si el corazón sigue cerrado al hermano.
No basta ir al altar si se desprecia al pobre.
No basta cantar alabanzas si se guarda silencio ante la injusticia.
No basta levantar las manos en oración si no se extienden para levantar al caído.
Caminar con Jesús implica conversión constante.
Es dejar que Él rompa nuestras falsas seguridades.
Es permitir que su Palabra incomode nuestras zonas cómodas.
Es aceptar que el Evangelio no siempre consuela; a veces confronta, sacude, exige, desnuda.
Jesús camina hacia Jerusalén, hacia la cruz, hacia la entrega total.
Y quien decide seguirlo no puede pretender otro destino.
La cruz no es un adorno religioso; es la consecuencia de amar de verdad en un mundo que muchas veces prefiere la indiferencia.
Pero también caminar con Jesús es descubrir la alegría más profunda.
La alegría de servir.
La alegría de compartir.
La alegría de vivir con propósito.
La alegría de saber que no caminamos solos.
Como los discípulos de Emaús, muchas veces vamos tristes, decepcionados, con el corazón apagado. Y Él se acerca, aunque no lo reconozcamos. Camina a nuestro lado, escucha nuestro dolor, parte el pan y vuelve a encender el fuego interior. Entonces entendemos que la fe no era solo creer una doctrina, sino reconocer una Presencia viva que transforma el camino.
Jesús sigue pasando.
Sigue llamando.
Sigue diciendo: “Ven y sígueme”.
La pregunta no es si creemos en Él.
La verdadera pregunta es:
¿estamos dispuestos a caminar con Él?
Porque creer puede ser el inicio,
pero seguirlo…
eso lo cambia todo.
Seguir a Jesús no es un adorno espiritual ni una costumbre dominical.
Es una ruptura.
Es una decisión que parte la vida en dos: antes y después.
Jesús no vino a enseñarnos una religión cómoda, vino a incendiar conciencias. No llamó a conservar privilegios, llamó a perderlo todo por amor al Reino. No ofreció éxito, ofreció cruz. No prometió aplausos, prometió persecución. Y aun así dijo: “Sígueme”.
El problema de muchos creyentes no es que no aman a Jesús, sino que quieren seguirlo sin moverse, sin renunciar, sin arriesgar, sin tocar sus seguridades. Quieren un Cristo sin escándalo, un Evangelio sin conflicto, una fe sin compromiso. Pero ese Jesús no existe.
El Jesús verdadero camina entre pobres, no entre tronos.
Habla con pecadores, no con perfectos.
Rompe esquemas, no los adorna.
Expulsa mercaderes del templo y denuncia a los hipócritas religiosos.
Abraza al marginado y confronta al poderoso.
Seguir a ese Jesús exige radicalidad.
Radical no significa fanatismo vacío.
Radical significa ir a la raíz.
Y la raíz del Evangelio es esta: amar hasta las últimas consecuencias.
Es imposible seguir a Cristo y ser indiferente ante el hambre del niño, el llanto de la madre sola, el campesino explotado, el obrero humillado, el anciano abandonado, el migrante rechazado, el joven destruido por la desesperanza.
Quien comulga con Cristo pero desprecia al pobre, no ha entendido el altar.
Quien levanta rosarios pero baja la mirada ante la injusticia, no ha entendido la cruz.
Quien habla de cielo pero olvida al hermano, no ha entendido el Reino.
Jesús no necesita devotos que lo defiendan con palabras; necesita discípulos que lo encarnen con la vida.
Seguirlo radicalmente significa renunciar al ego que quiere ser servido y aprender a lavar pies.
Significa dejar de preguntar “¿qué me da Dios?” para comenzar a preguntar “¿a quién debo servir hoy?”.
Significa abandonar la espiritualidad de escapar del mundo y abrazar la espiritualidad de transformarlo.
La fe no puede ser refugio para cobardes.
Debe ser fuerza para los valientes.
Porque seguir a Jesús implica meterse donde duele:
en la herida del pueblo,
en la lucha del barrio,
en la mesa vacía del pobre,
en la cárcel del olvidado,
en el hospital del enfermo,
en la lágrima de la madre que no sabe cómo sostener a sus hijos.
Ahí está Cristo.
No en la comodidad de una religión decorativa,
sino en la intemperie del amor comprometido.
Muchos quieren resurrección, pero huyen del Calvario.
Quieren gloria, pero no entrega.
Quieren milagro, pero no misión.
Jesús fue claro:
“El que quiera venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz cada día y me siga”.
Cada día.
No cuando conviene.
No cuando sobra tiempo.
No cuando la comunidad aplaude.
Cada día.
Cuando duele.
Cuando cuesta.
Cuando nadie reconoce.
Cuando parece que todo fracasa.
Ahí se prueba el discipulado.
Seguir radicalmente a Jesús también significa confrontar estructuras injustas. No basta dar pan si no se denuncia por qué falta pan. No basta consolar al oprimido si no se enfrenta al opresor. El Evangelio no es anestesia; es despertar.
Jesús fue asesinado porque su amor era peligroso.
Porque un amor verdadero siempre incomoda al poder.
Y si nuestro cristianismo no incomoda a nadie, quizá no estamos siguiendo al Cristo del Evangelio, sino una versión domesticada hecha a nuestra medida.
Seguir a Jesús es peligroso.
Pero no seguirlo es peor:
es vivir vacío, cómodo, tibio, anestesiado.
El Reino no se construye con espectadores.
Se construye con testigos.
Con hombres y mujeres que arden por dentro.
Con comunidades que parten el pan y reparten la vida.
Con creyentes que no se arrodillan ante el dinero, ni ante el miedo, ni ante la injusticia.
Jesús no busca fans.
Busca discípulos.
No busca templos llenos y corazones vacíos.
Busca corazones encendidos que hagan del mundo un altar de justicia y fraternidad.
La pregunta sigue abierta:
¿Quieres solamente creer en Jesús
o estás dispuesto a perderlo todo por seguirlo?
Porque ahí comienza el verdadero Evangelio. Pd.
Douglas C. Morillas. ICAC / Comunidad Anawin Emaús.



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