Bajo los tonos grises de la Avenida España y el “correr” incesante de los vendedores informales del centro histórico de San Salvador, existe un lugar donde el tiempo parece detenerse, o, mejor dicho, donde el tiempo se vuelve memoria viva. Es el subsuelo de la Catedral Metropolitana de San Salvador. En el corazón geográfico y espiritual de El Salvador, descendiendo por unas gradas frías de piedra, descansan los restos mortales de San Óscar Arnulfo Romero y Galdámez, el obispo mártir, el santo de la América Latina.
A este espacio sepulcral, donde un mausoleo de bronce resguarda el cuerpo del profeta asesinado el 24 de marzo de 1980, llegan anualmente miles de peregrinos de todas las latitudes del planeta. Llegan a rezar, a llorar, a tocar el metal frío, a encender una vela; llegan, en definitiva, a realizar un profundo acto de fe. Sin embargo, la mística que se respira en este sótano sagrado no emana únicamente de las piedras o de las reliquias. Emana, fundamentalmente, de una colectividad humana que se ha convertido en el corazón latente del lugar: la Comunidad Monseñor Romero de la Cripta de Catedral, que este mes conmemora 27 años de labor ininterrumpida, de resistencia y de fe inquebrantable.
Flores en una cripta desolada
Para comprender la magnitud de este aniversario, es necesario retroceder las páginas del calendario hasta mayo de 1999. En aquel entonces, El Salvador intentaba caminar hacia una posguerra gris, y la Cripta de la Catedral distaba mucho de ser el santuario luminoso y concurrido que se conoce hoy en día. Por el contrario, era un espacio físico desolado, oscuro, desprovisto de brillo y sumido en el abandono institucional. La figura de Monseñor Romero seguía siendo un tema tabú dentro de los círculos del poder político y, lamentablemente, también dentro de buena parte de la cúpula eclesiástica de la época.
Fue en medio de esa atmósfera sombría y hostil donde un pequeño pero valiente grupo de mujeres al lado de las Asociaciones Romeristas decidió dar un paso hacia adelante. Impulsadas por el amor pastoral que Romero les había sembrado en vida, y negándose a que la memoria de su pastor fuera sepultada por segunda vez bajo el polvo del olvido, estas mujeres comenzaron a reunirse en la Cripta. Con escobas en mano, manteles blancos y flores silvestres, empezaron a limpiar el espacio, a encender las primeras luces y a acuerpar a los pocos feligreses que se atrevían a bajar a rezarle al mártir.
Aquel gesto, aparentemente doméstico y sencillo, fue el inicio de una comunidad que habría de resistir los designios más complejos del destino. Lo que comenzó como un comité de cuido se transformó rápidamente en un tejido comunitario, social y eclesial inquebrantable. Esas mujeres no solo le devolvieron el brillo físico a la Cripta; le devolvieron el alma.
La resistencia ante los vientos de la jerarquía
“Aquí los sacerdotes y los obispos pasan, las autoridades cambian y traen sus propias visiones del mundo, pero la tradición comunitaria sobresale y permanece intacta. La Cripta le pertenece al pueblo”. -Testimonio.
Hoy en día, la Comunidad de la Cripta es la suma viva de una feligresía heterogénea que desafía las dinámicas de la exclusión urbana. Domingo a domingo, exactamente a las 10:00 a.m., el subsuelo se desborda para la celebración de la Santa Misa.
A esa hora, la Cripta se transforma. Ya no es un cementerio; es un cenáculo. Campesinos que viajan desde el interior del país, sobrevivientes del conflicto armado, jóvenes de las periferias de San Salvador y familias enteras se congregan alrededor del altar comunitario. El momento cumbre de la liturgia ocurre cuando la asamblea guarda un silencio sepulcral, no por la muerte, sino por la expectativa: la lectura de las homilías históricas de Monseñor Romero.
Para la feligresía, escuchar esas palabras pronunciadas hace más de cuatro décadas no es un ejercicio de lectura nostálgica. Es un alimento espiritual urgente. Los asistentes esperan encontrar en las frases del arzobispo mártir la luz que les devele un camino de fe y esperanza en medio de las realidades actuales del país. Romero sigue hablando en su cripta; sigue denunciando las injusticias del presente y sigue anunciando el Reino de Dios para los marginados.
Un faro internacional y el refugio de las bases
El impacto de la labor de la Comunidad de la Cripta trasciende las fronteras salvadoreñas. El lugar se ha convertido en una parada obligatoria para el pensamiento crítico internacional y la fe comprometida. Semana tras semana, la Cripta recibe a decenas de delegaciones de estudiantes, académicos y activistas de derechos humanos, provenientes principalmente de universidades e instituciones de los Estados Unidos y Canadá. Estos jóvenes bajan al subsuelo con el afán de conocer al mártir más allá del yeso y de las estampitas del santo canonizado; buscan al hombre histórico, al sacerdote de carne y hueso que decidió compartir la suerte de los perseguidos.
De igual manera, el espacio funciona como el epicentro de las peregrinaciones nacionales organizadas por las Comunidades Cristianas y las Comunidades Eclesiales de Base (CEB) de todo El Salvador. San Salvador puede estar fragmentado, pero en la Cripta las comunidades del Bajo Lempa, de Chalatenango, de Morazán y de los barrios populares se abrazan en una sola identidad.
Por esta razón, la Cripta es catalogada unánimemente por los movimientos sociales como un oasis. En un país donde las narrativas oficiales a menudo intentan pasar la página del pasado sin verdad ni justicia, este sótano es un bastión donde se conmemora la Memoria Histórica Colectiva, el martirio de miles de salvadoreños y las tradiciones identitarias de los pueblos. Aquí se dan cita sindicatos, organizaciones de mujeres, comités de familiares de víctimas y colectivos ambientalistas para reflexionar sobre la figura del “Romero del Pueblo”: el hombre humilde que convirtió el Evangelio en un escudo para proteger a quienes no tenían voz ante los opresores.
El agradecimiento eterno a las guardianas de la memoria
Este vigesimoséptimo aniversario es, ante todo, un acto de justicia y agradecimiento hacia aquel grupo de mujeres originarias que sembraron la semilla en mayo de 1999, y hacia aquellas que, peinando canas pero con el espíritu intacto, continúan hoy en la primera línea de la organización. Gracias a su terquedad santa, a su resistencia frente al desdén y a su trabajo voluntario dominical, la Cripta de la Catedral no se convirtió en una tumba silenciosa. Ellas le han dado continuidad histórica, voz y rostro al “Romero del Pueblo”. Mientras haya una mujer de la Comunidad de la Cripta de pie, ordenando las flores, entonando los cantos de los mártires y dando la bienvenida al peregrino, Óscar Arnulfo Romero continuará resucitando los domingos a las diez de la mañana en el pueblo salvadoreño. 27 años de labor son la prueba irrefutable de que la profecía sigue viva bajo la tierra.
Por: Luis Rafael Moreira Flores



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