La verdad los hará libres: una Iglesia sin miedo a la libertad de las audiencias
Carta abierta a los obispos de México
Queridos hermanos obispos de México:
He leído su llamado a participar en la consulta pública sobre los Derechos de las Audiencias y quiero recibirlo, antes que nada, como una invitación a la responsabilidad ciudadana. Como mujer católica, como teóloga feminista y como defensora de los derechos humanos, considero que participar en esta consulta es importante.
Pero precisamente porque creo en la Iglesia y porque amo profundamente el Evangelio, quisiera pedirles algo más: que esta participación eclesial sea verdaderamente profética y no se convierta en una batalla partidista; que sea una defensa de la verdad y no una defensa de intereses políticos; que sea una oportunidad para escuchar y no para descalificar.
La frase que ustedes han elegido para convocarnos es contundente: «Conocerán la verdad y la verdad los hará libres» (Jn 8,32).
Pero si tomamos en serio esta palabra de Jesús, entonces tenemos que preguntarnos qué significa hoy buscar la verdad en un ecosistema comunicativo saturado de información, intereses, emociones, algoritmos, propaganda, noticias falsas y desinformación.
La verdad evangélica no puede ser propiedad de ningún partido, de ningún gobierno, de ningún medio de comunicación ni tampoco de la Iglesia.
La verdad no tiene dueño.
Y justamente por eso me preocupa que una consulta legítima sobre los derechos de las audiencias pudiera ser utilizada, por unos o por otros, como instrumento de confrontación política.
No sería evangélico.
No porque la Iglesia deba permanecer indiferente ante las decisiones del Estado. Al contrario: una Iglesia profética tiene el deber de participar en la vida pública, defender la libertad de expresión y señalar cualquier intento de censura, manipulación o concentración indebida del poder.
Pero la misma Iglesia que denuncia al poder político cuando pretende controlar la palabra tiene que ser igualmente exigente cuando los poderes económicos, mediáticos o partidistas manipulan la verdad.
Y también cuando la manipulación proviene de nosotros mismos.
Jesús también conoció el poder de una palabra manipulada
Los Evangelios nos muestran a Jesús enfrentado a estructuras de poder religioso y político que utilizaron acusaciones, testimonios y argumentos manipulados para conducirlo a la condena.
No podemos trasladar mecánicamente aquel contexto al mundo contemporáneo ni llamar “campaña mediática” a lo que ocurrió en el Evangelio. Pero sí podemos reconocer un principio profundamente actual: una acusación falsa o una verdad deformada puede convertirse en instrumento de condena cuando quienes la difunden tienen poder y cuando la sociedad deja de discernir.
Jesús mismo experimentó cómo una acusación podía ser utilizada contra él.
Y aquí quiero recordar a un testigo de la fe cuya palabra sigue resonando con especial fuerza en El Salvador: san Óscar Arnulfo Romero. Su ejemplo nos recuerda que la comunicación puede convertirse en un verdadero servicio a la verdad y a la vida.
Monseñor Romero comprendió el poder pastoral de los medios de comunicación. Sus homilías dominicales eran transmitidas por la emisora católica YSAX y llegaban a miles de personas. Desde allí habló a quienes no tenían voz y, en su homilía del 23 de marzo de 1980, dirigió un llamado explícito a los miembros del Ejército, la Guardia Nacional y la Policía: «Ningún soldado está obligado a obedecer una orden contra la ley de Dios. Una ley inmoral, nadie tiene que cumplirla». Su palabra no fue una palabra de odio, sino una palabra que reclamaba la conciencia, la dignidad humana y el cese de la violencia.
Ese dato resulta especialmente significativo para una reflexión sobre los derechos de las audiencias. Romero utilizó la radio para hacer llegar una palabra que el poder no quería escuchar. Y, al mismo tiempo, fue objeto de campañas de calumnia y desinformación que buscaban presentar su labor pastoral como subversión y justificar la persecución contra él. Su martirio nos recuerda algo que sigue siendo urgente: cuando la mentira se instala en el espacio público y se utiliza para deshumanizar a una persona, no estamos ante un simple problema de comunicación; estamos ante una amenaza contra la dignidad y, en determinadas circunstancias, contra la vida.
Por eso, para quienes leen estas palabras desde El Salvador, tierra marcada por el testimonio de Romero, la pregunta por la libertad de las audiencias no puede ser una cuestión abstracta. La experiencia salvadoreña enseña que una sociedad necesita medios capaces de informar sin miedo, ciudadanía capaz de discernir y comunidades de fe capaces de defender la verdad aun cuando hacerlo incomode al poder. La herencia de Romero no consiste en convertir la comunicación en un arma partidista, sino en poner la palabra al servicio de la vida, de la verdad y de quienes sufren.
Y por eso resulta profundamente significativo que el Evangelio nos recuerde:
«La verdad los hará libres» (Jn 8,32).
Por eso, una Iglesia que defiende los derechos de las audiencias debería defender también el derecho de las personas a no ser engañadas, manipuladas, difamadas o convertidas en objeto de campañas de desinformación.
El Papa Francisco nos ha hablado con mucha claridad. En su Mensaje para la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales de 2018 eligió precisamente como tema:
«La verdad os hará libres» (Jn 8,32). Noticias falsas y periodismo de paz.
El hermano Francisco advirtió entonces sobre las noticias falsas y sobre la deformación instrumental de los hechos, señalando que pueden alimentar la polarización y afectar las conductas individuales y colectivas.
En 2023 nos pidió algo todavía más exigente: «Hablar con el corazón, “en la verdad y en el amor”» (Ef 4,15). Y recordó que la desinformación puede falsificar e instrumentalizar la verdad.
En 2024 volvió sobre el problema de la desinformación y explicó los riesgos de una verdadera “contaminación cognitiva” cuando narraciones falsas o deformadas son asumidas y compartidas como si fueran verdaderas.
Y en 2025 habló de nuestro tiempo como un tiempo marcado por la desinformación y la polarización, y llamó a “desarmar” la comunicación cuando ésta utiliza palabras agresivas o informaciones falsas o deformadas para provocar, herir o manipular.
Entonces quisiera hacer una pregunta respetuosa pero inevitable:
¿Dónde está nuestra voz profética frente a las noticias falsas que todos los días circulan en nuestras redes sociales?
¿Dónde está nuestra denuncia cuando una persona es destruida públicamente mediante una mentira?
¿Dónde está nuestra defensa de las víctimas cuando una falsedad se comparte miles de veces y una rectificación apenas alcanza a unas cuantas personas?
¿Dónde está nuestra voz cuando los medios presentan como información lo que en realidad es opinión, propaganda o interpretación?
Porque también eso es defender el derecho de las audiencias.
“Aparecida” y la responsabilidad de comunicar
Cuando hablo de Aparecida, me refiero al Documento Conclusivo de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, celebrada en Aparecida, Brasil, en 2007. Ese documento reconoce la importancia de los medios de comunicación en la cultura contemporánea y en la misión evangelizadora de la Iglesia.
Por eso considero acertado que los obispos de México nos convoquen a participar en esta consulta. Y precisamente porque considero que es una oportunidad importante, nuestra participación debe ser limpia de intereses partidistas y profundamente comprometida con la dignidad de las personas.
Que no utilicemos esta consulta para descalificar a quienes piensan diferente.
Que no la convirtamos en una disputa entre izquierdas y derechas.
Que no la utilicemos para defender privilegios políticos ni para atacar al gobierno en turno.
Porque el derecho de las audiencias no pertenece a un gobierno, a un partido ni a una ideología.
Pertenece a las personas.
Y si queremos hablar desde el Evangelio, tenemos que ser capaces de defender esos derechos venga de donde venga la amenaza.
Si un medio de comunicación manipulara la información, tendríamos que denunciarlo.
Si un grupo empresarial concentrara el poder de informar y silenciara otras voces, tendríamos que denunciarlo.
Si un partido político utilizara la mentira para destruir a sus adversarios, tendríamos que denunciarlo.
Y si desde nuestras propias comunidades cristianas compartiéramos información falsa porque confirma aquello que queremos creer, también tendríamos que detenernos y reconocerlo.
Porque la verdad del Evangelio no puede tener dos medidas.
Jesús no nos pidió defender la verdad solamente cuando nos conviene.
Nos pidió vivir en ella.
Hago votos para que esta consulta sea una oportunidad para defender integralmente la libertad de las audiencias.
La libertad de escuchar, de informarse, de expresarse, de disentir, de buscar otras fuentes, de preguntar. Y también el derecho a no ser engañados deliberadamente.
Porque una democracia no se fortalece cuando todos pensamos igual. Se fortalece cuando podemos pensar diferente sin ser silenciados, cuando podemos acceder a información plural y cuando tenemos condiciones para distinguir la verdad de la mentira.
Y aquí regreso a la palabra con la que los propios obispos nos convocan:
«Conocerán la verdad y la verdad los hará libres» (Jn 8,32).
Es una palabra que nos compromete a todos y todas: al gobierno, a los medios, a los partidos, a las redes sociales, a la ciudadanía y también compromete a la Iglesia.
Porque la Iglesia que anuncia la verdad que libera tiene que ser capaz de denunciar la mentira aunque esa mentira favorezca a quienes piensan como nosotr@s.
Ahí está, a mi juicio, la verdadera prueba de una Iglesia profética.
Que tenga la autoridad moral y la libertad suficiente para decirle a todos los poderes, sin excepción:
la persona está antes que el poder;
la verdad está antes que la propaganda;
la dignidad está antes que los intereses;
y el Evangelio está antes que cualquier partido.
Por eso participemos en esta consulta, con responsabilidad, desde nuestra conciencia ciudadana, defendiendo los derechos de las audiencias.
Pero hagámoslo sin convertir la libertad de expresión en una bandera partidista y sin convertir a la Iglesia en instrumento de ninguna fuerza política.
Que nuestra voz no sea una voz de confrontación. Que sea una voz de discernimiento. Y que cuando levantemos la Biblia para decir «la verdad los hará libres», tengamos también la honestidad cristiana de preguntarnos si estamos dispuestos/as a defender la verdad cuando no coincide con aquello que pensamos, con aquello que deseamos o con aquello que políticamente nos conviene.
Celebro la convocatoria de la Dra. Claudia Sheinbaum Pardo y la experimento como una oportunidad para construir una comunicación más libre, más responsable y más plural.
A mis hermanos obispos les digo, con la gloriosa libertad de una hija de Dios, que nace de mi bautismo: no tengamos miedo de una ciudadanía que pregunta, discierne y participa.
La verdad libera.
Y una Iglesia que verdaderamente cree en esa palabra no debe tener miedo de la libertad de las audiencias.
Debe ayudar a hacerla posible.
Lucha Castro
Teóloga Mexicana



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