LATINOAMÉRICA: LA POBREZA QUE NOS DESGARRA Y EL EVANGELIO QUE NOS INTERPELA
No somos pobres porque nos falte riqueza. Somos empobrecidos porque nos han saqueado el alma.

Vivimos en un continente bendecido y sangrado. Latinoamérica padece hoy una doble pobreza que nos deshumaniza: la pobreza material que se mide en villas, en comedores vacíos, en infancias sin futuro; y una pobreza más profunda, más peligrosa: la pobreza espiritual. Esa que nos hace creer que no valemos, que no podemos, que Dios está lejos y el poder es intocable.
Esta doble pobreza no es casual. Se agudiza y se vuelve estructural por un modelo perverso que se alimenta de nosotros:
1. Políticas de ultraderecha que, predican libertad mientras privatizan la dignidad, que convierten derechos en negocios y personas en números descartables.
2. Populismos vacíos, de izquierda y de derecha, que usan al pobre como tarima, pero nunca como protagonista.
3. Economías políticas saqueadoras y extractivistas, que arrasan la selva, contaminan el agua y envenenan la tierra en nombre del “progreso”, mientras dejan a los pueblos sin tierra y sin agua.
Y todo este andamiaje se sostiene con un pacto de sangre: la persecución, la injuria sistemática y el asesinato de líderes y lideresas sociales, ambientales, indígenas y campesinos que osan proponer otro modo de habitar la naturaleza. Cada mártir de la tierra es un grito que nos acusa y nos despierta.
Frente a esto, no podemos callar. Nuestro compromiso no es una ideología más. Es cristiano. Es evangélico.
La fidelidad al Evangelio de Jesús nos exige tomar partido. No hay neutralidad posible. Una Iglesia que olvida a los pobres, que los manipula para bendecir al poder fáctico, a los dueños del dinero y de las armas, ha traicionado a Jesús de Nazaret.
El seguimiento de Jesús no es un acto religioso encerrado en un templo. Es un acto netamente humano, social y político. Jesús no fundó una religión para consolar conciencias, fundó un camino para transformar la historia.
Su proyecto es un Proyecto de Amor Político.
Un amor que no es ingenuo ni romántico, sino organización, justicia, tierra, techo, trabajo, pan y dignidad para todos. Un amor que se hace opción preferencial, real y concreta por los más pobres, por los crucificados de la historia.
Por eso llamo hoy a los pueblos cansados de la corrupción política, a las comunidades hartas de promesas, a los jóvenes sin esperanza: no nos resignemos. El Reino no es del más fuerte. Es de los que tienen hambre y sed de justicia.
Que nuestra cruz, como la de la imagen que nos une —esa cruz hecha de todos los pueblos y todas las banderas— vuelva a ser signo de liberación y no de opresión. Que nuestra fe deje de pedir permiso al poder y vuelva a incomodar.
Porque seguir a Jesús es comprometerse con la transformación de Latinoamérica.-
Escrito por: el Teologo Rodolfo Altamirano/ para sentirconelpueblo.com



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