El eco de una frase milenaria resonó de nuevo en las misas del fin de semana: «Dad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios». Aquella respuesta, astuta e inapelable, pronunciada hace más de dos milenios frente a las autoridades que buscaban acorralar la verdad, mantiene en El Salvador una vigencia dolorosa e incuestionable. En las barriadas de San Salvador, en los cantones del norte de Morazán, en las costas golpeadas por la marejada y en las paradas de autobús abarrotadas antes del amanecer, la pregunta sobre los tributos no forma parte de una simple discusión teológica. Es la brega cotidiana de un pueblo que ve cómo sus bolsillos son vaciados sin que el fruto de su esfuerzo se traduzca en una vida digna.
Para comprender la magnitud de esta encrucijada, basta con sostener una moneda en la palma de la mano y examinarla con detenimiento. ¿De quién es el rostro que representa? ¿Quién impone el valor de la divisa con la que los salvadoreños compran el pan de cada día? La historia de El Salvador guarda el recuerdo del Colón, una moneda propia cargada de identidad local, pero la realidad económica actual ató el destino de la nación a la dinámica del dólar estadounidense. Al observar el dinero que circula en nuestros mercados, no encontramos el rostro de algún prócer o la figura de algún símbolo patrio, sino la iconografía de una potencia extranjera.
Tributar a un imperio lejano no es una práctica extinta del libro de la historia; se ha transformado en un mecanismo financiero moderno. Si en el siglo primero las provincias del Mediterráneo enviaban el fruto de sus cosechas hacia Roma para sostener el lujo de la capital imperial, hoy la economía nacional continúa supeditada a las decisiones monetarias e intereses que se gestan fuera de nuestras fronteras. Pagamos en la divisa del imperio norteamericano, dependemos del flujo de las remesas enviadas por la diáspora que tuvo que huir de la miseria, y sufrimos los embates de deudas externas que ahogan las finanzas de la república. Es la actualización del tributo antiguo, donde la soberanía real queda subordinada al peso del capital hegémonico.
Sin embargo, el imperio extranjero no actúa solo. En la estructura del poder interno, la maquinaria estatal salvadoreña ha refinado sus métodos para extraer recursos de las clases populares. Día a día, el ciudadano común paga el Impuesto al Valor Agregado en la compra más elemental: en la medicina, en el litro de leche, en el dólar de tortillas. Los impuestos directos e indirectos llenan las arcas del Estado con una voracidad que recuerda la efectividad de los antiguos publicanos romanos. No obstante, la injusticia no radica únicamente en la cobranza, sino en el destino final de lo recaudado.
El reclamo que recorre los cantones y caseríos es unánime: la devolución de esos impuestos en obras concretas para la comunidad es prácticamente inexistente. Las calles de los municipios del interior continúan hundidas en el abandono y el barro; los hospitales públicos enfrentan desabastecimiento crónico de insumos básicos; las escuelas rurales carecen de infraestructura adecuada, agua potable y tecnología; y los servicios esenciales son un lujo lejano para miles de familias. El dinero que sale del sudor del trabajador entra al erario público, pero se diluye en presupuestos opacos, propaganda masiva y el sostén de una élite política que se distancia cada vez más de las necesidades del territorio.
Al analizar a la clase dirigente, la comparación histórica resulta inevitable. Emergen en la palestra pública las figuras contemporáneas de los fariseos y los publicanos. Por un lado, aquellos que ostentan discursos morales impolutos, que se rasgan las vestiduras jurando lealtad al pueblo y que manipulan la fe y la retórica para mantener el control social. Son los fariseos modernos: dogmáticos frente a los errores ajenos, pero permisivos ante la corrupción propia. Por otro lado, los publicanos de hoy operan en la sombra de la administración fiscal, diseñando mecanismos para extraer hasta la última gota de los recursos comunitarios, orientando el gasto público no hacia el bienestar colectivo, sino hacia la consolidación de agendas partidarias y dogmas de grupo.
Frente a esta estructura opresiva, el pueblo de Dios en El Salvador se encuentra profundamente dividido en su comprensión de la fe y de la realidad. Esta fractura teológica y social define en gran medida la actitud de la población ante la injusticia cotidiana.
En un extremo se ubica la visión alienante de la fe: aquella que predica la resignación pasiva y la espera paciente de un maná providencial. Para este sector, la religión consiste en mantener la cabeza agachada, orar en el aislamiento y soportar la desposesión con la esperanza de que la compensación llegará exclusivamente en el más allá. Es la teología del perdón eterno sin justicia terrenal, un enfoque que neutraliza el pensamiento crítico y transforma la espiritualidad en un anestésico social. Quienes promueven este camino enseñan que la pobreza y el abandono estatal son pruebas divinas que deben aceptarse sin cuestionamiento, dejando el destino común a la deriva de la voluntad de los gobernantes.
En el extremo opuesto late la tradición de la teología de la liberación, históricamente arraigada en la memoria viva de los mártires de la fe en El Salvador, hombres y mujeres que entregaron su vida por la dignidad humana. Quienes se abrazan a esta fe comprenden que la salvación no es un evento abstracto ni una huida del mundo, sino un proceso de emancipación histórica. Para este sector, trabajar por el reino de Dios implica construir aquí y ahora un mundo más justo, denunciar las estructuras de pecado institucionalizado, exigir cuentas claras a las autoridades y organizarse comunitariamente para defender el derecho a una vida plena. Esta fe no espera maná del cielo mientras los niños sufren desnutrición; exige que la tierra produzca pan para todos y que los tributos del pueblo regresen al pueblo en forma de justicia social. Entreguémosle a Dios lo que verdaderamente le pertenece: la conciencia intacta, el compromiso con la verdad, la capacidad de indignación, la solidaridad comunitaria y el trabajo incansable por la liberación definitiva del pueblo. La historia demuestra que los imperios caen, que los gobernantes pasan y que los fariseos caen en el olvido, pero la búsqueda de la justicia permanece como la única fuerza capaz de transformar la realidad de El Salvador.
Por: Luis Rafael Moreira Flores



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