No es un hecho aislado.
Es un signo de nuestro tiempo.
Es una señal clara de qué lado está hoy una parte de la Iglesia institucional.
Desde El Salvador nos llega una noticia que no solo indigna: revela.
Las autoridades eclesiales han prohibido al Comité Nacional Monseñor Romero celebrar el 46 aniversario de su martirio en la Capilla del Hospitalito Divina Providencia, el mismo lugar donde fue asesinado mientras celebraba la Eucaristía.
El lugar del martirio ha sido cerrado.
La memoria ha sido cercada.
El altar ha sido vigilado.
Pero el pueblo del Salvador, ese mismo pueblo que Romero amó hasta las últimas consecuencias ha tomado una decisión profundamente evangélica:
celebrar en la calle.
Frente al hospital.
Frente a la capilla.
Frente a la prohibición.
Porque cuando la institucionalidad clausura la memoria,
el Espíritu abre caminos en la historia.
El presidente del Comité Nacional Monseñor Romero, José Mirio González, ha denunciado que el párroco de la capilla, Rafael Urrutia, junto con la Nunciatura Apostólica en El Salvador, han ordenado cancelar la celebración.
Y entonces la pregunta no puede evitarse:
¿A quién incomoda Romero hoy?
Porque Romero ya no está siendo perseguido por el ejército.
Hoy su memoria es contenida, administrada, controlada desde dentro.
Para ciertos sectores de la Iglesia, Romero es aceptable…
pero solo en los altares.
Solo como figura devocional.
Solo como santo silencioso.
Un Romero sin pueblo.
Un Romero sin denuncia.
Un Romero sin conflicto.
Pero ese no es el Romero histórico.
Ese no es el Romero del Evangelio.
Porque Romero fue asesinado precisamente por no callar,
por no pactar,
por no bendecir la injusticia.

Hoy, la Iglesia institucional salvadoreña en alianza silenciosa o temerosa frente al poder político de Nayib Bukele vuelve a colocarse del lado del orden antes que del Reino.
Calla ante la injusticia.
Se distancia del pueblo que lucha por el agua, por la vida, por la casa común, por la defensa del territorio frente a los proyectos extractivos como la minería.
Y pretende, además, regular la memoria del mártir.
Pero el Evangelio ya lo había advertido:
“Si estos callan, gritarán las piedras” (Lc 19,40).
Hoy las piedras están gritando.
Grita la calle.
Grita el pueblo reunido fuera del templo.
Grita la memoria que no se deja encerrar.
Porque Romero no pertenece a los muros.
Romero pertenece al pueblo.
Y cuando se cierra una capilla,
se abre la historia.
Cuando se prohíbe una misa,
se multiplican las celebraciones.
Cuando se intenta silenciar la memoria,
la memoria se vuelve cuerpo colectivo.
Por eso, hoy no solo en El Salvador:
en toda América Latina, Romero está siendo celebrado.
En comunidades eclesiales de base.
En casas marcadas por la enfermedad.
En hospitales donde la vida pende de un hilo.
En cárceles donde la dignidad resiste.
En territorios amenazados.
En calles donde el pueblo no se rinde.
Cada celebración fuera del templo
es una proclamación del Reino.
Cada comunidad que se reúne
es una Eucaristía viva.
Cada persona que hace memoria
es Iglesia en salida.
Porque la verdadera fidelidad a Romero
no se mide por custodiar su imagen,
sino por encarnar su opción.
Y su opción fue clara:
Las y los pobres, las víctimas, los pueblos crucificados.
Hoy, al prohibir su memoria en el lugar de su martirio,
se vuelve a intentar crucificar su palabra.
Pero Romero ya lo había anunciado:
“Si me matan, resucitaré en mi pueblo”.
Y hoy, una vez más,
Romero ha resucitado en la calle.
Ha resucitado en la desobediencia profética del pueblo.
Ha resucitado en quienes no piden permiso para hacer memoria.
Ha resucitado en quienes siguen creyendo que el Reino no se administra: se construye desde abajo.
No nos callarán.
Porque cuando intentan cerrar el Evangelio,
el Evangelio se hace multitud.
Porque cuando intentan domesticar a los santos,
los santos vuelven a caminar con el pueblo.
Y porque hoy, como ayer,
Romero sigue siendo peligroso.
Escrito por: Lucha Castro



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