Se ha escrito, a manera de estaciones de un martirio anunciado que, Msr. Romero, a solo horas de su asesinato, como presintiendo su destino, hizo una visita a la casa de su hermana, como deseando las consolaciones del amor de una madre; también se reunió con sus hermanos en un lugar apartado para fortalecer la comunión fraternal con quienes compartió mucho de sus congojas y el pesar del pueblo que junto a ellos vivió. La experiencia de Jesús en la cima del Gólgota, también a minutos de su muerte, se registra en palabras pausadas, lacónicas y con intensidad humana, alcanza el oído de su madre diciendo: “…Mujer, ahí tienes a tu hijo.” Y, a su amigo cercano le dice: “Ahí tienes a tu madre…” [Jn. 19: 26-27] resumiendo con ello sus preocupaciones humanas, despojado de todo, sumido entre acusaciones, vergüenza y dolor producto de una tortura despiadada infligida por sus hermanos de religión y la bestialidad del imperio que se imponía glorificando la muerte y el terror con los cuales producía sumisión y temor a los gobernados en sus dominios.
Años atrás de su sacrificio, ahí mismo en su pueblo donde creció, Nazareth afirmó el dicho popular que “No hay profeta en su propia tierra” mientras evadía los ataques mortales de los de su misma sinagoga y comunidad; destacando las vicisitudes por las que debe atravesar un auténtico emisario del Evangelio cuando ejerce responsablemente su oficio como un genuino profeta de D. También Monseñor Romero vivió fieros desacuerdos, censuras, fue difamado, calumniado, víctima de acusaciones promovidas por la industria mediática, víctima del odio despiadado de la élite económica y de un fiero y descomunal ataque ideológico; un asunto por demás sensible para él, fueron las incomprensiones, dudas y rechazos desde el mismo seno de su iglesia, de sus mismos hermanos, del clero, salvo una minoría. Por otro lado, quienes cercanamente lo trataron nos dan una visión del hombre de vocación que muchos rehusaron ver. El testimonio de su colaborador en Santiago de María, P. Juan Macho afirmó que durante 25 años aprendió mucho de su vida, de su espiritualidad, disciplina, amor y tratar de cerca a este hombre lleno de D y amor al prójimo; si me preguntan cómo vi a Monseñor, puedo decir que: “fue hombre de convicciones firmes, íntegro con su conciencia y consecuente con sus principios; profundamente humilde, hombre de oración, y un hombre que siempre supo ser: Pastor y Padre.” [1]
El conocido teólogo, Jon Sobrino[ii] siguiendo los criterios de un perito en profetismo afirma que en Monseñor se cumplen criterios esenciales que le designan como un auténtico profeta de nuestro tiempo y que se cumplen en los profetas del Antiguo Testamento, sin duda algo no común o muy raramente observado para nuestra época, primeramente dice: “El discurso del Profeta bíblico es pertinente con la realidad bíblica y se posiciona en un ámbito de la historia” o sea, su predicación posee dimensión histórica, cualquiera puede identificar la época de dolor, opresión, miseria, violencia, etc. al punto que no se puede negar tanto el hecho, como su presencia y testimonio. En segundo lugar, afirma que: “Su mensaje fue de carácter, profundidad y significado teológico” significa que fue y continúa siendo pertinente con la realidad que la originó y con efecto generacional; su vigencia, intensidad y pertinencia no se pierde, más bien sustenta las realidades posteriores. Finalmente, “El Mensaje del Profeta posee una proyección escatológica” o sea, posee una orientación destinataria por el cual preserva el mensaje a pesar de la suerte del profeta; lo esencial es que la fuerza del mensaje llegará a los destinatarios en la dimensión futura de quienes lo necesitan y requieren su luz; en otras palabras, vigencia y pertinencia estarán siempre a disposición del pueblo necesitado. “Salvar al profeta” al hombre, al arzobispo, al oficial de la Iglesia en su momento, fue una preocupación de muchos, hubo adversarios que usaron esa intención, como argumento de miedo, más bien carente de sinceridad porque en el fondo su intención verdadera fue callar su voz e infundirle temor, una propuesta sana en apariencia pero que Monseñor supo reconocer y enfrentar con la valentía de un hombre de D. En un acto de humildad, honradez y coherencia, como pidiendo consejo, le dice al Padre Juan[iii], “El Señor Nuncio me acaba de hablar del peligro serio que corre mi vida; dice que debo suavizar el tono de mi predicación, eso es lo que me pone en peligro; también en Roma no es bien visto el tono de mi mensaje” y en un ejemplar acto de sencillez y por la solicitud de cambiar y poder “salvarse”, continúa Monseñor Romero: “Yo le he dicho así al señor Nuncio, no se si hice bien o mal, le he dicho que en conciencia yo tengo que hablar así; y que mientras sea Arzobispo de San Salvador tengo esa obligación moral; pero que en definitiva, si el Santo Padre considera que no estoy haciéndolo bien, dígale que me quite, tampoco tengo inconveniente que me quiten de Arzobispo…” En definitiva“Salvar al profeta…” es proteger su mensaje, el patrimonio espiritual y la verdad liberadora, así como el contenido de sus palabras, los valores; muchos han virado su mirada a los altares, rituales y decretos pontificios, descendiendo su interés al grado del olvido o indiferencia y sin darse cuenta, la desestima por su obra, esto representa un golpe contra la historia del pueblo por el cual entregó su vida; otros se mantienen en la lógica de defender a la persona, su integridad, y eso es generoso, pero no hay que olvidar su lucha, su propósito de vida y entrega por la justicia, los derechos humanos, la verdad, el dolor de los pobres. El poeta[iv], muy nuestro, dice con apego: “Podrán matar al profeta, pero su voz de justicia no, y le impondrán el silencio, pero la historia no callará…” En la dinámica actual por donde transita El Salvador, es recurrente y triste saber que las manos de la clase política son responsables del inmenso daño y padecimientos del pueblo, al parecer es un tema lejano de superar, el ver una clase política con imposibilidad de encarnarse en las necesidades del pueblo y trabajar por solventarlas. Salvar al profeta con su voz y mensaje ya no es asunto de clérigos, religiosos, decretos y resoluciones, más bien es la opción para el pobre, la alternativa para los pobladores humildes de Santa Marta, el Dorado, norte de Chalatenango, los de la laguna Chanmico, las comunidades que suman pobreza y les roban el agua, los inmigrantes que huyen por falta de oportunidades, los pensionados cuyos fondos han ido a parar a sitios insospechados, etc. después de 45 años en el mes del magnicidio, la historia nos hace el llamado: Que es tiempo de izar los estandartes de la verdad, justicia social, denuncia y lucha contra la impunidad, etc. y dar así vigencia al mensaje y salvar la voz del profeta y mártir.
[1] [Monsr. Romero. Padres Pasionistas Zacarías Díez, Juan Macho. En Santiago de María me topé con la Miseria… s/e.]
[ii] [Oscar Romero, Profeta y mártir de la liberación. Jon Sobrino, UCA Ed. 1981]
[iii] [Monsr. Romero. Padres Pasionistas pg. 204, ibid…]
[iv] [Jorge Palencia, “El Profeta” Grupo Musical Yolocamba Ita. ES]
Iván Montes, vdm. Pastor, Educador.



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