LA EXISTENCIA DEL NIÑO DE LA CALLE …UNA DENUNCIA VIVA
La existencia del niño de la calle es una denuncia viva contra el pecado estructural. No se trata de un “problema social” sino de un escándalo teológico: la niñez, que debería ser signo de futuro y esperanza, es reducida a desecho. La teología no puede callar: hablar de Dios sin hablar de estos niños sería una blasfemia.
El grito del niño interpela a la Iglesia para salir de sus comodidades, a los Estados para dejar de administrar la miseria y a la sociedad para romper la indiferencia.
La teología del niño de la calle no se conforma con describir la injusticia; propone construir comunidad. No basta con dar limosna, se necesita hogar, ternura, acompañamiento. El Reino de Dios se parece más a una mesa compartida con niños rescatados de la intemperie que a un templo de piedra fría.
La teología del niño de la calle nos recuerda que Dios se revela en los márgenes. Ese niño es teólogo sin palabras, profeta sin púlpito, sacramento sin altar. En su mirada rota nos grita que no hay Reino sin justicia, ni fe verdadera sin compasión concreta.
Su calle es el pesebre de Belén y también el Calvario de Cristo. Escucharlo, acogerlo y dignificarlo no es caridad: es evangelio.



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