En el Evangelio aparece una escena profundamente humana: Jesús se encuentra con un hombre ciego de nacimiento. Los discípulos, formados en la lógica religiosa de su tiempo, hacen una pregunta que parece lógica, pero que en realidad revela una herida profunda de la humanidad:
— “Rabí, ¿quién pecó, él o sus padres, para que haya nacido ciego?”
Esa pregunta no es solo teológica.
Es la pregunta cruel que la sociedad siempre hace frente al dolor.
Cuando alguien sufre, el mundo busca culpables.
Cuando alguien nace en la pobreza, preguntan qué hizo mal su familia.
Cuando alguien vive con una discapacidad, muchos buscan un pecado escondido.

La religión mal entendida siempre busca culpables.
Pero Jesús busca personas.
Jesús rompe esa lógica con una respuesta que sacude toda la estructura religiosa de la culpa:
— “Ni él pecó, ni sus padres; es para que se manifiesten en él las obras de Dios.”
Con una sola frase, Jesús derriba siglos de pensamiento religioso basado en el castigo.
El ciego no era un castigo.
No era una maldición.
No era un error.
Era un hombre.
Un hombre olvidado, sentado al borde del camino, acostumbrado a escuchar pasos que nunca se detenían.
Porque esa es la tragedia más grande de la ceguera social:
no es la falta de ojos,
es la falta de compasión.
Muchos veían al ciego todos los días,
pero nadie lo miraba.
Jesús sí.
Jesús se detiene.
Jesús se acerca.
Jesús toca el barro de la tierra y lo mezcla con su saliva.
Y aquí ocurre algo profundamente simbólico:
Jesús vuelve a crear al ser humano.
El barro recuerda al Génesis.
Dios que forma al hombre con polvo de la tierra.
Jesús no solo cura.
Jesús vuelve a crear la dignidad que el mundo había enterrado.
Le pone barro en los ojos y le dice:
— “Ve y lávate en la piscina de Siloé.”
El ciego camina todavía sin ver,
pero con una esperanza nueva.
Y cuando se lava…
ve.
Pero aquí comienza el verdadero escándalo.
Porque el milagro no incomoda al ciego.
Incomoda al sistema.
Los fariseos empiezan a interrogarlo.
No pueden aceptar que Dios actúe fuera de sus normas.
Preguntan, dudan, investigan, interrogan a los padres.
Cuando el poder religioso no puede negar un milagro,
lo que intenta es desacreditar al hombre que lo recibió.
Finalmente expulsan al hombre de la sinagoga.
El mismo hombre que había recuperado la vista
es expulsado por los que decían ver.
Y entonces ocurre el momento más hermoso del relato.
Jesús lo busca.
No lo deja solo.
Le pregunta:
— “¿Crees en el Hijo del Hombre?”
El hombre responde con una frase profundamente humana:
— “¿Quién es, Señor, para que crea en Él?”
Jesús le dice:
— “Lo has visto. El que habla contigo es.”
Y el hombre responde:
— “Creo, Señor.”
Aquí el Evangelio revela algo estremecedor:

El ciego recuperó dos vistas.
Primero, la de los ojos.
Después, la del corazón.
Mientras tanto, los fariseos —los que creían ver—
se quedaron más ciegos que antes.
Y entonces Jesús pronuncia una frase que sigue siendo peligrosa hoy:
— “Yo vine a este mundo para un juicio: para que los que no ven, vean; y los que ven, queden ciegos.”
Porque el verdadero problema del mundo no es la ceguera.
Es la soberbia de quienes creen que ven todo.
El pobre muchas veces ve la verdad de la vida.
El que sufre conoce la profundidad de Dios.
Pero los poderosos, los satisfechos, los que creen tener todas las respuestas…
esos muchas veces viven en la oscuridad.
Reflexión final
El ciego del Evangelio sigue sentado hoy en muchos caminos.
Está en el niño olvidado.
En el trabajador explotado.
En el enfermo ignorado.
En el diferente que la sociedad prefiere no mirar.
Y el mundo sigue preguntando lo mismo:
— “¿Quién tuvo la culpa?”
Pero Jesús sigue respondiendo lo mismo:
“No busquen culpables.
Busquen cómo manifestar la obra de Dios.”
Porque el Evangelio no es una religión para explicar el sufrimiento.
Es una revolución para sanar la dignidad humana.
Y quizás la pregunta más profunda no es:
¿Quién está ciego?
Sino esta:
¿Quién se atreve hoy a mirar al ser humano como lo miró Jesús?
Presb. Douglas J Calderón Morillas
Iglesia Cristiana Apostólica Católica.



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