Algo podrido huele para Groenlandia
La putrefacción en occidente no es solo política, es espiritual, moral e institucional de allí que algo huele a podrido en Dinamarca… y el olor viene del Ártico. Cuando William Shakespeare escribió en Hamlet la célebre frase, no se refería únicamente a un crimen palaciego. Hablaba de un orden político corroído, de un poder que se legitima a sí mismo mientras esconde su origen violento bajo la misma retórica hitleriana de la seguridad nacional.
Hoy, Dinamarca vuelve a escena, no por su corte, sino por su periferia: Groenlandia. Territorio autónomo, mayoritariamente inuit, formalmente parte del Reino de Dinamarca, pero excluido de la Unión Europea que a enviado tropas para defenderla de las pretensiones de Trump. Durante décadas fue vista como un espacio remoto, casi ornamental. El deshielo del Ártico, gracias al calentamiento global, -que el tecno fascismo niega- la ha convertido, de pronto, en pieza central del tablero geopolítico global que la doctrina Donroe pretende aprovechar.
Groenlandia concentra minerales estratégicos, rutas marítimas emergentes y un valor militar incuestionable. En ella convergen Europa, la OTAN, Estados Unidos y Rusia, no para discutir su futuro, sino para asegurarse de que no quede en manos del otro. En ese juego, la autodeterminación groenlandesa aparece siempre como la democracia venezolana: pie de pagina.
Europa, en este drama, se asemeja a la reina Gertrudis: consciente de la podredumbre, pero incapaz de romper el pacto que la mantiene a salvo. Defiende discursivamente los derechos indígenas, la sostenibilidad y el multilateralismo, mientras su seguridad energética y tecnológica depende de EE.UU. La Unión Europea; que Trump vaticina desaparecerá en 20 años; no gobierna el conflicto; lo acompaña. Y acompañar, en política internacional, suele equivaler a consentir y mirar a otro lado.
La OTAN, por su parte, actúa como un espectro permanente. Groenlandia es clave para los sistemas de alerta temprana, defensa antimisiles y control del Atlántico Norte. No se trata de proteger a Groenlandia, sino de blindar el orden occidental frente a Rusia o ante una independencia groenlandesa que China establezca relaciones diplomáticas con la isla. La militarización se presenta como defensa; la subordinación, como estabilidad. Shakespeare lo sabía: el poder siempre justifica su violencia como necesidad y los malos son los que no están conmigo.
Rusia aunque no lo crean va ganando, porque con todas las tropelías de la doctrina Donroe, justifica su actuar en Ucrania jugando el papel de Macbeth en el hielo. Avanza donde percibe debilidad, reclama el Ártico como espacio natural de su expansión estratégica y refuerza su presencia militar donde puede incluir a China. Cada paso ruso legitima la expansión de la OTAN; cada expansión de la OTAN confirma la narrativa rusa de cerco. La tragedia se vuelve circular: nadie quiere la guerra, pero todos actúan como si fuera inevitable.Y en medio quedan los recursos naturales de Groenlandia y Latinoamérica convertidos en cuerpo estratégico sin voz plena, una Ofelia contemporánea: deseada, invocada, pero raramente escuchada. La ironía es cruel: el territorio que más sufre el cambio climático es el que más valor adquiere gracias a él. Cuando Donald Trump propuso “comprar” Groenlandia por $700, 000 millones muchos lo toman como excentricidad. Fue, en realidad, una declaración brutalmente honesta del mundo actual: los territorios vuelven a ser mercancía, como las olvidadas víctimas de Jeffrey Epstein y el derecho internacional con la anuencia de todos se vuelve decorado bajero de fiesta de nuevo rico.
Corolario: Sí, algo huele a podrido en Dinamarca. Pero el hedor no es local. Recorre Europa, atraviesa la OTAN y se congela —por ahora— en el Ártico. Como en toda tragedia shakespeariana, la pregunta no es si habrá consecuencias, sino quién pagará el precio del regreso de lo que los nazis llamaron la seguridad de su espacio vital. Por ahora Donald Trump en Davos 2026 perdió Groenlandia.
Escrito por : Marvin Aguilar



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