Monseñor Óscar Arnulfo Romero caminó junto al dolor de las madres que buscaban justicia, de las madres que lloraban a sus hijos desaparecidos, asesinados o arrancados por la violencia y la represión. Su voz no fue cómoda; fue profética. No bendijo el silencio, sino que denunció el pecado estructural que convertía a los pobres en víctimas.
Las madres de lucha no eran solo mujeres llorando: eran mujeres resistiendo. Eran vientres convertidos en memoria, manos convertidas en denuncia, rodillas dobladas en oración y pies firmes en la marcha por la dignidad.

Romero entendió que el Evangelio no podía predicarse de espaldas al sufrimiento. Por eso dijo que la Iglesia debía ser la voz de los que no tienen voz. Y muchas veces esa voz tenía rostro de madre: madre campesina, madre obrera, madre pobre, madre con la foto de su hijo en el pecho y el dolor transformado en bandera.
Cada madre que busca justicia se parece a María al pie de la cruz: no huye, permanece. No se resigna, espera. No calla, proclama.

Monseñor Romero vio en esas madres la presencia viva de Cristo crucificado. Las defendió, las escuchó y caminó con ellas, sabiendo que tocar el dolor del pueblo era tocar las llagas de Jesús.
Hoy, hablar de Romero y de las madres de lucha es hablar de una fe encarnada, de una espiritualidad que no se encierra en el templo, sino que sale a la calle, acompaña funerales, abraza lágrimas y denuncia injusticias.

Porque una Iglesia sin memoria traiciona el Evangelio.
Y una madre que lucha se convierte en profecía.
Romero vive donde una madre sigue buscando verdad.
Romero resucita donde una mujer pobre levanta la voz.
Romero permanece donde la fe se hace justicia.
Y allí, entre cruces humildes y manos cansadas, Dios sigue diciendo:
“No están solas.”
Escrito por : Pbro. Douglas Calderón Morillas / Iglesia Cristina Apostólica Católica / ICAC. Perú



No Comment! Be the first one.