La exclusión de las mujeres en la iglesia no es una simple ” limitación pastoral “, Es un pecado estructural. Es una herejía práctica contra el Evangelio. Es una traición diaria al Dios que eligió un cuerpo de mujer para entrar en la historia. Lo que está en juego no es solo una cuestión de misterios, sino la credibilidad misma de una Iglesia que proclama justicia mientras reproduce opresión.
La teología ha caminado con paso de anciana cansada cuando se trata reconocer el ministerio de la mujer. Y no por falta de luz, sino por exceso de miedo; no por fidelidad al espíritu, sino por apego al poder. Ya había mujeres llamadas diaconizas en las primeras comunidades cristianas, y presidian como presbiteras: sostenían la fe en comunidades perseguidas, y aún así fueron borradas, silenciadas, encerradas en los márgenes…o en los rincones de los templos.
No es traición lo que sostiene esta exclusión. Es misoginia. Es obsesión patriarcal por controlar la palabra, el altar, la interpretación de Dios y la gestión de la institución. Es el pánico de un sistema que se sabe frágil y se protege negando. Simplemente porque una iglesia con mujeres plenamente reconocidas perdería el monopolio masculino del poder sagrado.
Siempre se nos ha querido convencer de que esta exclusión es ” voluntad divina”, pero no es Dios quien calla a las mujeres: es el miedo disfrazado de prudencia, y no es el Evangelio quien establece límites: Son las estructuras que temen perder privilegios.
La fiesta de la Inmaculada Concepción desenmascara esta mentira. Dios no pidió permiso a ningún clero para hacerse carne. No solicitó autorización a ningún Sínodo. Entró en la historia a través del cuerpo de una mujer. El vientre de María fue el primer altar, el primer cáliz, el primer lugar dónde Dios fue carne real. Sin mujer, no hay adviento ni navidad. Sin cuerpo femenino, no hay salvación encarnada. Sin María, mujer, no hay Cristo.
Y, aún así, la Iglesia continúa marginado a las mujeres vivas mientras canoniza la imagen de una mujer idealizada, dócil y silenciosa. Venera a María, pero teme a las mujeres reales. Las prefiere en estampas, no en púlpitos; en altares de yeso, no en altares de carne que cuestionan, que piensan, que denuncian.
La Iglesia no está en crisis por el mundo moderno, está en crisis por su resistencia a la conversión según el Espíritu. Ya que negarle el ministerio voz y la autoridad a las mujeres no es un problema de ” teología ” y tampoco un problema histórico. Es un problema de pecado. De violencia simbólica. De injusticia institucionalizada.
Hoy la pregunta no es teológica, es profética: ¿ hasta cuándo una institución que se dice madre seguirá tratando a sus hijas como menores?, ¿hasta cuándo se usará a Dios como coartada para sostener el dominio masculino?, ¿ hasta cuándo se usará a Dios como coartada para sostener el dominio masculino?, ¿ hasta cuándo se seguirá crucificado el cuerpo femenino en nombre de la obediencia?.
Mientras las mujeres sigan fuera del altar, la Iglesia seguirá siendo infiel a su propio origen. Y no hay incienso, ni liturgia, ni dogma que pueda ocultar esta verdad: Dios confió en una mujer. La Iglesia, todavía no.
Escrito por : Hna Adry OSC.



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