Las Bienaventuranzas y Oscar Romero
Las Bienaventuranzas no son palabras suaves para consolar conciencias tranquilas. Son un programa de vida. Son una toma de postura. En el Evangelio según San Mateo 5, Jesús no felicita a los poderosos, ni a los instalados, ni a los que pisan fuerte. Declara dichosos a los pobres, a los que lloran, a los perseguidos, a los que tienen hambre y sed de justicia.
Eso no es poesía ingenua. Es una inversión del orden del mundo.
Óscar Romero entendió esto sin maquillaje. Cuando dijo que la Iglesia debía ser “voz de los sin voz”, estaba viviendo las Bienaventuranzas. No desde el púlpito cómodo, sino desde la sangre del pueblo. Él vio que “bienaventurados los pobres” no significa resignación, sino dignidad. No significa aguantar en silencio, sino reconocer que Dios está de su lado.
“Bienaventurados los que lloran.” En El Salvador, el llanto tenía nombre: madres, campesinos, desaparecidos. Romero no les dijo que callaran. Les dijo que Dios escuchaba ese clamor. Y lo dijo sabiendo que lo estaban vigilando.
“Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia.” Esa frase dejó de ser espiritual cuando lo mataron en el altar. Su muerte confirmó lo que había predicado: la justicia del Reino incomoda a los poderosos.
Las Bienaventuranzas no prometen éxito. Prometen Reino. Y el Reino no se construye desde arriba; brota desde abajo, desde la cruz de barro, no desde la cruz de oro.
Romero no buscó el martirio. Buscó fidelidad. Y en esa fidelidad se hizo bienaventurado.
Si hoy leemos las Bienaventuranzas desde América Latina, no podemos hacerlo con neutralidad. O estamos del lado de los pobres, o estamos del lado de quienes los producen. No hay término medio.
Las Bienaventuranzas siguen siendo una provocación. Y Romero sigue siendo una pregunta viva:
¿De qué lado estamos?
Autor. Pd. Douglas Calderón Morillas
Iglesia cristiana apostólica católica ICAC Chimbote PERÚ



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