Ensayo
Este ensayo analiza el itinerario espiritual y teológico de Monseñor Óscar Arnulfo Romero como un proceso de conversión del creyente, más que como una ruptura entre fe e incredulidad. Partiendo de sus homilías y escritos pastorales, se sostiene que Romero, siendo un cristiano profundamente creyente, experimentó una metanoia al dejarse evangelizar por los pobres y las víctimas de la violencia estructural en El Salvador. Esta conversión implicó una transformación de su manera de pensar la fe, la misión eclesial y la presencia de Dios en la historia. El estudio dialoga con la teología latinoamericana de la liberación y propone el testimonio de Romero como paradigma contemporáneo de la conversión permanente del cristiano, interpelando a la Iglesia actual a renovar su fe desde la opción por los pobres como lugar teologal.
Introducción
Monseñor Romero y la conversión del creyente
La figura de Monseñor Óscar Arnulfo Romero ocupa un lugar central en la reflexión teológica latinoamericana contemporánea, no solo por la radicalidad de su martirio, sino por el proceso espiritual, pastoral y teológico que lo condujo a asumir una praxis evangélica profundamente encarnada en la historia de su pueblo. Si bien su asesinato ha sido reconocido como testimonio supremo de fidelidad cristiana, una lectura exclusivamente hagiográfica corre el riesgo de oscurecer el itinerario interior que hizo posible dicho testimonio. Este ensayo sostiene que la relevancia teológica de Romero reside, de manera particular, en su proceso de conversión como creyente, más que en una supuesta ruptura entre fe e incredulidad.
Romero no fue un cristiano ajeno a Dios ni un pastor indiferente a la vida eclesial. Por el contrario, su espiritualidad previa se caracterizaba por una fe sincera, sacramental y obediente a la institución, profundamente enraizada en una comprensión tradicional del ministerio episcopal[1]. Sin embargo, como él mismo reconoció en diversas homilías y escritos pastorales, dicha fe se encontraba todavía insuficientemente confrontada por el clamor histórico de los pobres y las víctimas de la violencia estructural que atravesaba El Salvador. En este sentido, su proceso vital no puede interpretarse como el paso de la incredulidad a la fe, sino como una conversión dentro de la fe, categoría que resulta teológicamente decisiva y pastoralmente urgente.
El punto de inflexión de este proceso se sitúa en la irrupción de la realidad histórica como lugar teologal. El asesinato del padre Rutilio Grande y la intensificación de la represión contra el pueblo salvadoreño obligaron a Romero a una relectura radical del Evangelio y de su propia misión pastoral. En este nuevo horizonte, los pobres dejan de ser concebidos únicamente como destinatarios de la acción caritativa de la Iglesia para convertirse en mediación histórica de la revelación de Dios, es decir, en sujetos teológicos que interpelan la fe, la praxis y la comprensión misma del Reino[2].
Este desplazamiento no fue meramente pastoral, sino profundamente epistemológico. Romero experimenta lo que puede describirse, en términos bíblicos, como una metanoia o teshuvá: un cambio de mentalidad que transforma su manera de pensar a Dios, de interpretar la Escritura y de discernir la voluntad divina en la historia (cf. Rom 12,2). A partir de esta conversión, el conflicto social deja de ser leído como un fenómeno exclusivamente político y comienza a ser interpretado teológicamente como confrontación entre el Reino de Dios y un sistema de muerte e injusticia que absolutiza el poder, la seguridad y el orden a costa de la vida de los más vulnerables. Siguiendo la lógica paulina, Romero reconoce que la lucha última no es “contra carne y sangre”, sino contra estructuras idolátricas que operan como verdaderos poderes anti-evangélicos (cf. Ef 6,12).
Esta comprensión no conduce a Romero a la demonización de personas concretas, sino al desenmascaramiento profético de un orden social estructuralmente pecaminoso. Tal como ha señalado la teología latinoamericana de la liberación, el pecado no puede reducirse a una dimensión individual, sino que se encarna históricamente en sistemas que producen muerte y exclusión[3]. En este contexto, la denuncia profética de Romero emerge no como opción ideológica, sino como consecuencia lógica de su fidelidad al Dios de Jesús, un Dios que escucha el clamor de los oprimidos y toma partido por la vida amenazada.
El testimonio de Monseñor Romero plantea una interpelación directa a la Iglesia y a los creyentes contemporáneos. Su vida obliga a preguntarse si la fe cristiana puede darse por supuesta sin caer en la idolatría religiosa; si el conocimiento adquirido sobre Dios puede convertirse en obstáculo para seguir buscándolo; y si una fe que no se deja cuestionar por las víctimas de la historia puede seguir reclamando fidelidad al Evangelio. Cuando Dios deja de incomodar, corre el riesgo de ser reducido a una construcción religiosa funcional a los propios intereses[4].
Desde esta perspectiva, Romero se presenta no solo como objeto de memoria histórica, sino como paradigma teológico de la conversión permanente del creyente. Su testimonio recuerda que la experiencia cristiana auténtica implica una búsqueda continua de Dios, abierta a la sorpresa de su revelación en la historia, y una disposición constante a dejarse evangelizar por aquellos en quienes Cristo sigue haciéndose presente: los pobres, los excluidos, los marginados y las víctimas del sistema (cf. Mt 25,40).
El objetivo de este ensayo es analizar el itinerario espiritual y teológico de Monseñor Óscar Arnulfo Romero como expresión de esta conversión del creyente, mostrando cómo su apertura a la mediación de los pobres y su relectura crítica del Evangelio constituyen una luz imprescindible para los desafíos actuales de la fe cristiana y de la misión eclesial en América Latina. Lejos de una mera admiración devocional, se busca ofrecer una reflexión académicamente rigurosa que contribuya al discernimiento teológico y pastoral de una Iglesia llamada, hoy como ayer, a renovarse en su manera de pensar y de vivir el seguimiento de Jesús.

I. CAPÍTULO I
Romero antes de la conversión: fe sincera, pero no confrontada históricamente
La comprensión del proceso de conversión de Monseñor Óscar Arnulfo Romero exige evitar lecturas simplistas o maniqueas que opongan un “Romero antes” negativo a un “Romero después” idealizado. Tal dicotomía no solo resulta históricamente inexacta, sino teológicamente pobre. Antes de su conversión pastoral, Romero era ya un creyente auténtico, profundamente religioso, comprometido con la vida sacramental de la Iglesia y fiel a la institución eclesial. Su itinerario no parte de la ausencia de fe, sino de una fe vivida dentro de los marcos de una espiritualidad tradicional, marcada por una comprensión deshistorizada del Evangelio y del ministerio episcopal[5].
Diversos estudios coinciden en señalar que Romero encarnaba el perfil de un clero formado en una eclesiología centrada en la obediencia, la ortodoxia doctrinal y la preservación del orden eclesial. Su espiritualidad estaba atravesada por una sincera devoción, una fuerte vida de oración y una comprensión del sufrimiento predominantemente ascética, orientada al sacrificio personal y a la resignación cristiana[6]. En este contexto, la misión pastoral se entendía principalmente como acompañamiento espiritual de las almas, con escasa problematización de las causas estructurales de la pobreza y la violencia social.
Esta forma de vivir la fe no era excepcional, sino representativa de amplios sectores del catolicismo latinoamericano previo al impacto decisivo del Concilio Vaticano II y de las conferencias episcopales de Medellín y Puebla. Una fe centrada en la piedad, pero desvinculada de la realidad histórica concreta, corre el riesgo de convertirse en una experiencia religiosa correcta, aunque insuficientemente evangélica[7]. No se trata de negar su autenticidad, sino de reconocer sus límites.
Desde una perspectiva teológica, puede afirmarse que Romero vivía una relación sincera con Dios, pero todavía no había incorporado plenamente la historia —especialmente la historia sufriente de los pobres— como lugar teologal. La realidad social aparecía como telón de fondo de la acción pastoral, pero no como mediación constitutiva de la revelación divina. Se trataba de una lectura del Evangelio “sin conflicto”, en la que el seguimiento de Jesús no implicaba necesariamente confrontación con los poderes históricos que generan exclusión y muerte[8].
Este modo de comprender la fe comporta una consecuencia teológica significativa: Dios puede ser dado por supuesto. Cuando la experiencia religiosa se instala en la repetición de prácticas y seguridades doctrinales, la búsqueda de Dios corre el riesgo de detenerse. Una religión que no se deja cuestionar por la realidad termina construyendo ídolos funcionales, incluso cuando conserva un lenguaje cristiano ortodoxo[9]. En este sentido, no es casual que la Escritura insista en que el Dios bíblico rehúye ser poseído, controlado o reducido a esquemas previamente establecidos.
Romero mismo dará testimonio, más adelante, de esta toma de conciencia. Al releer su propio itinerario, reconocerá que su ministerio episcopal inicial carecía de una escucha real del clamor de los pobres y de una implicación profética frente a la injusticia estructural. No se trataba de mala voluntad, sino de una manera de pensar y de creer que aún no había sido transformada por el contacto directo con las víctimas del sistema. Aquí se sitúa el núcleo de lo que este ensayo denomina la conversión del creyente: no un abandono de la fe, sino su profundización crítica y encarnada.
Desde esta perspectiva, el “Romero antes de la conversión” no debe ser juzgado con categorías morales, sino comprendido teológicamente como una etapa legítima, aunque incompleta, del camino cristiano. Su experiencia confirma que la fe puede ser auténtica y, al mismo tiempo, necesitar ser evangelizada. Tal afirmación resulta especialmente relevante para la Iglesia contemporánea, que corre el riesgo de absolutizar formas heredadas de creer sin someterlas al discernimiento permanente del Evangelio y de la historia.
El proceso posterior de Romero mostrará que la verdadera fidelidad a Dios no consiste en preservar intactas determinadas seguridades religiosas, sino en permitir que el Dios vivo irrumpa, cuestione y transforme la manera de pensar, de creer y de actuar. La conversión que se avecina no será, por tanto, un giro ideológico, sino una respuesta obediente al Dios que se revela en el clamor de los pobres y que se resiste a ser dado por sentado.

II. La irrupción de los pobres como mediación reveladora: conversión, teshuvá y relectura del Evangelio
El proceso de conversión de Monseñor Óscar Arnulfo Romero no puede comprenderse adecuadamente sin atender al papel decisivo que desempeñó la irrupción histórica de los pobres y las víctimas como mediación concreta de la revelación de Dios. No se trata simplemente de una toma de conciencia social ni de una opción ética progresiva, sino de un verdadero acontecimiento teologal que reconfigura su experiencia de fe, su comprensión del Evangelio y su ejercicio del ministerio episcopal. En este sentido, la conversión de Romero constituye un caso paradigmático de lo que la teología latinoamericana ha descrito como revelación de Dios en la historia, particularmente en la historia sufriente de los oprimidos[10].
2.1. La muerte de Rutilio Grande como acontecimiento teológico
Diversos autores coinciden en señalar el asesinato del padre Rutilio Grande, en marzo de 1977, como el punto de inflexión decisivo en el itinerario espiritual de Romero. Sin embargo, reducir este acontecimiento a una reacción emocional o a un detonante psicológico sería empobrecer su significado. La muerte de Grande actúa como una verdadera epifanía histórica, en la que la realidad irrumpe con tal fuerza que exige una relectura radical de la fe y de la misión eclesial[11].
Romero no “cambia de opinión” por solidaridad personal, sino porque se ve confrontado con una pregunta teológica ineludible: ¿dónde está Dios cuando su pueblo es perseguido y asesinado por buscar justicia? A partir de este momento, el sufrimiento de los pobres deja de ser un dato periférico para convertirse en lugar hermenéutico central. Como ha señalado Ignacio Ellacuría, la realidad histórica —cuando es leída desde las víctimas— se convierte en “lugar teologal”, es decir, en espacio donde Dios se revela y se oculta al mismo tiempo, interpelando la fe y exigiendo discernimiento[12].
2.2. Los pobres como sujetos teológicos y mediación de la revelación
La conversión de Romero implica un desplazamiento fundamental: los pobres ya no son únicamente objeto de la acción pastoral de la Iglesia, sino sujetos teológicos que evangelizan, juzgan y orientan la comprensión cristiana de Dios. Esta afirmación, central en la teología de la liberación, no supone una absolutización sociológica de la pobreza, sino el reconocimiento de una constante bíblica: Dios se revela de manera privilegiada en el clamor del oprimido (cf. Ex 3,7–10; Lc 4,18–19).
Jon Sobrino ha insistido en que los pobres no solo necesitan ser evangelizados, sino que evangelizan en cuanto hacen visible el rostro crucificado de Cristo en la historia[13]. Romero asume progresivamente esta convicción, hasta afirmar en sus homilías que “con este pueblo no cuesta ser buen pastor”, reconociendo en él una presencia activa del Espíritu. Dejándose evangelizar por los pobres, Romero descubre dimensiones del Evangelio que habían permanecido ocultas bajo una lectura espiritualizante y deshistorizada.
Esta experiencia no conduce a una reducción horizontal de la fe, sino a una profundización cristológica. En los pobres, Romero reconoce a los “representantes históricos de Cristo”, en continuidad directa con la tradición sinóptica de Mateo 25. La mediación de los pobres no sustituye a Cristo, sino que lo hace históricamente reconocible. En este sentido, la conversión de Romero es inseparable de una relectura encarnada de la cristología, donde el Crucificado se hace presente en los crucificados de la historia.
2.3. Conversión como teshuvá: cambio de mentalidad y discernimiento del plan de Dios
El proceso que vive Romero puede describirse con propiedad mediante la categoría bíblica de teshuvá, entendida no solo como arrepentimiento moral, sino como retorno transformador que implica un cambio profundo de mentalidad, criterios y horizonte vital. En el Nuevo Testamento, esta experiencia se expresa como metanoia, es decir, renovación del modo de pensar (cf. Rom 12,2). Romero no abandona su fe, pero sí transforma radicalmente su manera de interpretarla.
Este cambio se manifiesta, en primer lugar, en una nueva lectura de la voluntad de Dios. El plan divino deja de ser concebido como una realidad abstracta o exclusivamente espiritual y se reconoce como proyecto histórico de vida, justicia y dignidad para los pobres. Como señala Gustavo Gutiérrez, la conversión cristiana auténtica implica una ruptura con las falsas imágenes de Dios que legitiman el sufrimiento de los inocentes[14]. Romero asume esta ruptura con lucidez creciente, incluso cuando ello lo coloca en tensión con sectores eclesiales y políticos.
En segundo lugar, la teshuvá de Romero comporta una conversión epistemológica. Cambia el punto de partida de su reflexión teológica. Ya no piensa la fe desde la seguridad institucional, sino desde la vulnerabilidad de las víctimas. Este desplazamiento resulta clave para comprender la autoridad moral y espiritual que Romero adquiere progresivamente. No habla sobre los pobres, sino desde su sufrimiento, permitiendo que este configure su palabra pastoral. No le da voz a los pobres, porque ya la tienen, se vuelve un amplificador de la voz de los pobres.
2.4. Del conflicto político a la lucha teológica: Reino de Dios y anti-reino
Uno de los aportes más significativos de la conversión de Romero es su capacidad para discernir el conflicto histórico más allá de categorías meramente políticas. Si bien reconoce la dimensión sociopolítica de la violencia en El Salvador, su lectura se profundiza teológicamente hasta identificar la presencia de un anti-reino, es decir, un sistema estructural que niega el proyecto de Dios y produce muerte de manera sistemática.
A la luz de Efesios 6,12, Romero afirma que la lucha no es contra personas concretas, sino contra poderes y estructuras que absolutizan el dominio, la seguridad nacional y los privilegios de unos pocos. En este sentido, el pecado adquiere una dimensión estructural, sin por ello eximir de responsabilidad personal. El pecado más grave no es la transgresión individual, sino la construcción de sistemas que hacen imposible la vida digna de las mayorías[15].
Romero denuncia este sistema no desde el resentimiento ni la ideología, sino desde una fidelidad evangélica que lo lleva a asumir las consecuencias de su palabra. Su conversión lo conduce a una praxis profética que incomoda, desestabiliza y finalmente conduce al martirio. Sin embargo, esta radicalidad no es expresión de fanatismo, sino de coherencia teológica: quien ha descubierto al Dios de la vida en el clamor de los pobres no puede permanecer neutral frente a un orden de muerte.
2.5. Significado teológico de la conversión de Romero
La conversión de Monseñor Romero pone de manifiesto una verdad teológica de alcance universal: la fe cristiana es siempre susceptible de conversión. Ningún creyente, por sincero que sea, puede dar a Dios por supuesto sin correr el riesgo de idolatría. Como advierte Pagola cuando la fe se instala en la comodidad de lo conocido, deja de ser seguimiento vivo de Jesús[16].
Romero se deja convertir porque mantiene una actitud fundamental de búsqueda de Dios. Su inquietud espiritual —que puede evocarse con el lenguaje del salmista: “como ciervo sediento que busca las aguas”— lo dispone a reconocer la novedad de la revelación divina en la historia. Esta disposición explica por qué su testimonio continúa siendo una luz para la Iglesia contemporánea: no porque ofrezca respuestas cerradas, sino porque encarna una fe abierta, vulnerable y en permanente discernimiento.
La irrupción de los pobres como mediación reveladora no clausura el camino de Romero; lo abre definitivamente hacia una comprensión más plena del Evangelio. En ellos descubre no solo una causa que defender, sino un misterio que contemplar. Su conversión, lejos de debilitar su fe, la radicaliza hasta las últimas consecuencias, revelando que el Dios de Jesús no puede ser separado de la vida concreta de los crucificados de la historia.

III. Conversión epistemológica y discernimiento del conflicto histórico: idolatría, pecado estructural y renovación de la mente
La conversión de Monseñor Óscar Arnulfo Romero no se limita a una opción pastoral por los pobres ni a una toma de postura ética frente a la injusticia. Su itinerario revela una transformación más profunda: una conversión epistemológica, es decir, un cambio radical en la manera de conocer, interpretar y discernir la realidad a la luz de la fe. Esta dimensión resulta clave para comprender la originalidad y la radicalidad de su testimonio, así como su permanente actualidad para la reflexión teológica contemporánea.
3.1. Renovación de la mente y discernimiento cristiano (Rom 12,2)
El apóstol Pablo exhorta a la comunidad cristiana a no conformarse a este mundo, sino a transformarse mediante la renovación de la mente, a fin de discernir la voluntad de Dios (Rom 12,2). Esta afirmación no alude únicamente a un cambio moral, sino a una transformación del modo de pensar, de los criterios de juicio y de los marcos interpretativos desde los cuales se vive la fe. La experiencia de Romero puede leerse legítimamente como una actualización histórica de esta exhortación paulina.
Antes de su conversión, Romero interpretaba la realidad desde categorías teológicas y pastorales que, si bien eran legítimas, resultaban insuficientes para dar cuenta del sufrimiento estructural de su pueblo. La renovación de su mente no implica el abandono de la tradición cristiana, sino su relectura crítica desde la realidad histórica concreta. En este sentido, su proceso confirma que la teología no es mera repetición doctrinal, sino discernimiento vivo de la voluntad de Dios en contextos específicos[17].
Esta conversión epistemológica permite a Romero superar una fe abstracta y deshistorizada, integrando la realidad social como criterio hermenéutico indispensable. Tal integración no relativiza la revelación, sino que la sitúa allí donde la Escritura misma sitúa la acción de Dios: en la historia concreta de los pueblos y, de manera privilegiada, en la historia de los pobres.
3.2. Del conflicto social al discernimiento espiritual: Efesios 6,12
Uno de los rasgos más significativos del pensamiento de Romero es su capacidad para trascender una lectura puramente política del conflicto salvadoreño sin negar su dimensión histórica. A la luz de Efesios 6,12, Romero afirma reiteradamente que la lucha última no es contra personas concretas, sino contra poderes, principados y estructuras que operan como fuerzas de muerte. Esta clave bíblica le permite evitar tanto la ingenuidad espiritual como la reducción ideológica del Evangelio.
El discernimiento espiritual que Romero realiza identifica en el sistema de violencia e injusticia una realidad que puede calificarse teológicamente como idolátrica. Dicho sistema absolutiza valores como la seguridad nacional, el orden social y la estabilidad económica, sacrificando la vida de los pobres en nombre de un bien mayor. En este sentido, el enemigo no se personaliza, pero sí se materializa históricamente en estructuras que niegan el Reino de Dios.
Esta lectura conecta directamente con la tradición profética bíblica, en la que la idolatría no consiste primariamente en el culto a imágenes, sino en la absolutización de realidades creadas que usurpan el lugar de Dios (cf. Is 44; Am 5). Romero actualiza esta denuncia profética al mostrar cómo el sistema social puede convertirse en un ídolo que exige víctimas para sostenerse.
3.3. Pecado estructural y responsabilidad histórica
La conversión epistemológica de Romero lo conduce a asumir una comprensión del pecado que supera el horizonte exclusivamente individual. Siguiendo la intuición central de la teología latinoamericana de la liberación, el pecado se manifiesta también —y de manera particularmente grave— en estructuras sociales que producen pobreza, exclusión y muerte[18]. Esta afirmación no elimina la responsabilidad personal, pero la sitúa dentro de un entramado histórico más amplio.
José María Castillo ha insistido en que una de las mayores distorsiones del cristianismo consiste en reducir el pecado a la esfera privada, dejando intactos los sistemas que generan sufrimiento masivo[19]. Romero asume esta crítica con claridad pastoral, denunciando no solo los actos violentos, sino las condiciones estructurales que los hacen posibles y, en muchos casos, inevitables.
Esta comprensión del pecado estructural explica por qué Romero se convierte en una figura incómoda tanto para los poderes políticos como para sectores eclesiales. Al desenmascarar el carácter anti-evangélico del sistema, pone en evidencia las complicidades, silencios e indiferencias que sostienen el orden injusto. Su palabra profética no busca culpables individuales, sino conversión histórica.
3.4. Idolatría religiosa y tentación eclesial
Un aspecto particularmente agudo del discernimiento de Romero es su conciencia de que la idolatría no se limita al ámbito político o económico, sino que puede infiltrarse en la misma vida eclesial. Cuando la Iglesia privilegia la preservación institucional, la neutralidad mal entendida o la seguridad doctrinal por encima de la vida de los pobres, corre el riesgo de traicionar el Evangelio que proclama.
Aquí se hace evidente la afinidad de Romero con la crítica teológica de Castillo y Pagola. Dar a Dios por supuesto, absolutizar determinadas formas religiosas o confundir fidelidad con repetición puede conducir a una fe funcionalmente idolátrica. Pagola advierte que una religión que no se deja interpelar por el sufrimiento real termina siendo irrelevante o cómplice[20].
La conversión epistemológica de Romero incluye, por tanto, una purificación de la imagen de Dios. El Dios que Romero anuncia ya no es el garante del orden establecido, sino el Dios de Jesús, que se revela en la historia como defensor de los pobres y juez de toda injusticia. Esta imagen de Dios, profundamente bíblica, resulta insoportable para quienes necesitan un Dios que legitime privilegios.
3.5. Conversión del pensamiento y autoridad profética
La autoridad moral y espiritual que Romero adquiere no proviene de un cargo institucional ni de una habilidad retórica excepcional, sino de la coherencia entre su fe, su pensamiento y su praxis. Al permitir que la realidad de los pobres transforme su manera de pensar, Romero se convierte en testigo creíble del Evangelio. Su palabra tiene peso porque nace del discernimiento, la oración y la fidelidad a la verdad.
Esta autoridad profética no se impone; se reconoce. El pueblo percibe que Romero habla desde el sufrimiento compartido y no desde una posición de poder. En este sentido, su conversión epistemológica tiene consecuencias eclesiológicas profundas: redefine el ejercicio del ministerio como servicio a la verdad y a la vida, incluso cuando ello implica conflicto, persecución y, finalmente, martirio.
3.6. Alcance teológico de la conversión epistemológica de Romero
La experiencia de Monseñor Romero pone de manifiesto que la fe cristiana no puede separarse del discernimiento crítico de la realidad. Renovar la mente no es un ejercicio intelectual aislado, sino una apertura radical a la acción del Espíritu en la historia. Allí donde la vida es amenazada, Dios sigue hablando y llamando a la conversión.
Romero nos recuerda que el verdadero enemigo no siempre se presenta con rostro personal, sino que se esconde en sistemas aparentemente normales, incluso necesarios. Discernir estos poderes exige una fe inquieta, vigilante y dispuesta a dejarse transformar. En este sentido, la conversión epistemológica de Romero constituye una advertencia y una invitación permanente para la Iglesia: sin renovación del pensamiento, no hay fidelidad real al Evangelio.
IV. El testimonio de Monseñor Romero como exhortación hoy: conversión permanente, opción por los pobres y misión eclesial
El testimonio de Monseñor Óscar Arnulfo Romero no pertenece únicamente al ámbito de la memoria histórica ni puede ser reducido a una referencia moral del pasado. Su vida y su muerte constituyen una interpelación teológica vigente, dirigida a la conciencia creyente y a la praxis eclesial contemporánea. Romero no se limita a ofrecer un ejemplo admirable; su itinerario espiritual se convierte en exhortación viva a la conversión permanente, particularmente para quienes ya se reconocen como creyentes y agentes pastorales.

4.1. La conversión como proceso permanente del creyente
Uno de los aportes más significativos del testimonio de Romero es la afirmación implícita de que nadie está definitivamente convertido. Su vida desmiente toda comprensión estática de la fe y pone de relieve que el seguimiento de Jesús es un proceso dinámico, siempre abierto a la novedad de Dios. En este sentido, la conversión no puede reducirse a un momento inicial de adhesión a la fe, sino que debe entenderse como una disposición permanente a dejarse cuestionar, corregir y transformar.
La Escritura insiste en esta lógica de búsqueda continua. El Dios bíblico no se deja poseer ni controlar; se revela en el camino, en la historia y, con frecuencia, de manera inesperada. Dar a Dios por supuesto equivale a sustituirlo por una imagen domesticada, funcional a nuestras seguridades religiosas. Como advierte Castillo (2011), cuando la fe deja de incomodar, deja también de ser evangélica. Romero encarna, en este sentido, una espiritualidad inquieta, marcada por el deseo constante de conocer más profundamente la voluntad de Dios.
Esta comprensión resulta particularmente relevante para los creyentes “practicantes”, los ministros ordenados y los agentes pastorales, quienes corren el riesgo de confundir fidelidad con repetición y estabilidad con verdad. Romero recuerda que incluso una fe sincera puede necesitar conversión cuando pierde su capacidad de escuchar el clamor de la historia.
4.2. Dejarnos evangelizar por los pobres hoy
El núcleo exhortativo del testimonio de Romero se encuentra en su invitación implícita a dejarnos evangelizar por los pobres. Esta afirmación no debe entenderse en clave retórica ni sentimental, sino teológica. Los pobres, los excluidos, los marginados, los heridos y las víctimas de la violencia siguen siendo hoy los representantes históricos de Cristo, en continuidad directa con la lógica del Evangelio (cf. Mt 25,40).
Dejarse evangelizar por los pobres implica reconocer que ellos no son únicamente objeto de la acción caritativa de la Iglesia, sino sujetos que revelan dimensiones esenciales del Dios de Jesús. Como ha señalado el padre Jon Sobrino, los pobres evangelizan porque hacen visible el rostro crucificado de Cristo y desenmascaran las falsas imágenes de Dios que legitiman la injusticia[21]. Esta evangelización exige una actitud de escucha, humildad y disponibilidad a la conversión. Más que un énfasis bancario y unidireccional, es un descubrir juntos al Cristo redentor de la realidad que compartimos.
En el contexto actual, marcado por nuevas formas de exclusión, migración forzada, violencia estructural y descarte social, el testimonio de Romero adquiere una urgencia renovada. La opción por los pobres no puede reducirse a un discurso programático ni a un compromiso asistencial; debe traducirse en una toma de posición vital que atraviese la espiritualidad, la reflexión teológica y la praxis pastoral de la Iglesia.
4.3. Opción por los pobres y misión eclesial
La conversión de Romero desemboca necesariamente en una comprensión renovada de la misión eclesial. La Iglesia no existe para preservarse a sí misma, sino para servir al Reino de Dios, especialmente allí donde la vida es amenazada. La opción por los pobres, lejos de ser una ideología, constituye una exigencia evangélica que brota de la fidelidad al Dios de Jesús[22].
Romero entendió que una Iglesia neutral frente a la injusticia no es verdaderamente neutral, sino funcional al orden establecido. Su testimonio pone en evidencia que la misión cristiana implica conflicto cuando el Evangelio es anunciado con honestidad en contextos de opresión. Sin embargo, este conflicto no nace del afán de confrontación, sino de la coherencia entre la fe proclamada y la realidad vivida.
En este sentido, Romero redefine el ejercicio del ministerio y la autoridad eclesial. La verdadera autoridad no proviene del poder institucional, sino de la fidelidad a la verdad y a la vida. Una Iglesia que se deja evangelizar por los pobres se convierte en signo creíble del Reino, aun cuando ello suponga incomprensión, persecución o pérdida de privilegios.
4.4. Renovación de la manera de pensar y discernimiento pastoral
La exhortación final que emerge del testimonio de Romero puede sintetizarse en la llamada paulina a la renovación de la mente (Rom 12,2). Sin una transformación del modo de pensar, no es posible una transformación auténtica de la praxis cristiana. Romero comprendió que la conversión pastoral comienza en el discernimiento, en la capacidad de leer la realidad con los ojos del Evangelio y desde la perspectiva de las víctimas.
Este discernimiento exige una actitud espiritual profunda: oración, escucha de la Palabra, contacto real con el sufrimiento humano y disposición a revisar las propias seguridades. La conversión del pensamiento no es un ejercicio académico aislado, sino una apertura al Espíritu que conduce a decisiones concretas, a veces dolorosas, pero siempre orientadas a la vida.
Seguir a Jesús hoy implica aprender a mirar la realidad como Él la miró, dejarse afectar por el sufrimiento de los últimos y responder con compasión activa[23]. Romero encarna esta mirada evangélica y la ofrece como camino para una Iglesia que desea ser fiel al Evangelio en contextos complejos y cambiantes.
4.5. Romero como paradigma para la Iglesia de hoy
En última instancia, Monseñor Romero se presenta como paradigma del cristiano convertido, no porque haya alcanzado una perfección moral, sino porque permaneció abierto a la acción transformadora de Dios hasta las últimas consecuencias. Su vida demuestra que la santidad no consiste en la ausencia de conflicto, sino en la fidelidad al Evangelio en medio de él.
Romero no invita a la admiración pasiva, sino a la imitación responsable. Su testimonio plantea a la Iglesia una pregunta decisiva: ¿estamos dispuestos a dejarnos convertir una y otra vez por el Dios que se revela en la historia, o preferimos la seguridad de una fe sin sobresaltos? La respuesta a esta pregunta no es teórica, sino existencial y eclesial.
En un mundo marcado por profundas desigualdades y nuevas formas de exclusión, el legado de Romero continúa siendo una luz incómoda y necesaria. Su vida recuerda que el Dios de Jesús no se deja dar por sentado, que la conversión es siempre posible y necesaria, y que el Evangelio solo se comprende plenamente cuando se vive desde la opción por los pobres.
CONCLUSIÓN
Monseñor Romero y la conversión siempre pendiente del creyente
El itinerario espiritual y teológico de Monseñor Óscar Arnulfo Romero, analizado a lo largo de este ensayo, permite afirmar que su testimonio no puede comprenderse adecuadamente si se reduce a la heroicidad de su martirio o a la dimensión ética de su denuncia profética. Romero encarna, de manera paradigmática, la experiencia de la conversión del creyente, es decir, el proceso mediante el cual una fe sincera y eclesialmente comprometida se deja interpelar, purificar y profundizar por la irrupción de Dios en la historia concreta de los pobres y las víctimas.
Lejos de representar una ruptura con su fe anterior, la conversión de Romero constituye una radicalización evangélica de la misma. Su experiencia confirma que la autenticidad de la fe no se mide por la ausencia de conflicto, sino por la disponibilidad a dejarse transformar cuando la realidad histórica revela dimensiones del Evangelio hasta entonces no asumidas. En este sentido, Romero se convierte en testigo de una verdad teológica fundamental: la fe cristiana es siempre susceptible de conversión, incluso —y especialmente— cuando se vive con sinceridad y fidelidad institucional.
El análisis de su proceso muestra que los pobres no ocupan en su pensamiento un lugar secundario ni meramente pastoral, sino un lugar teologal decisivo. Al dejarse evangelizar por ellos, Romero descubre una mediación privilegiada de la revelación del Dios de Jesús, lo que provoca una relectura crítica del Evangelio, de la misión eclesial y del conflicto histórico. Esta experiencia implica una auténtica teshuvá: un cambio de mentalidad que transforma su manera de pensar, discernir y actuar, en consonancia con la exhortación paulina a la renovación de la mente (Rom 12,2).
Asimismo, la conversión epistemológica de Romero le permite identificar con claridad el carácter idolátrico del sistema de violencia e injusticia que atraviesa la sociedad salvadoreña. Su discernimiento, iluminado por la Escritura, reconoce que la lucha última no es contra personas concretas, sino contra estructuras que absolutizan el poder, la seguridad y el orden a costa de la vida de los más vulnerables. Esta comprensión teológica del conflicto evita tanto la espiritualización evasiva como la reducción ideológica del Evangelio, situando la denuncia profética en el corazón mismo de la fidelidad cristiana.
El testimonio de Romero emerge así como una exhortación vigente para la Iglesia contemporánea. Su vida cuestiona toda forma de fe acomodada, toda seguridad religiosa que da a Dios por supuesto y toda praxis eclesial que pretende neutralidad frente al sufrimiento estructural. Romero recuerda que el Dios bíblico no puede ser domesticado ni instrumentalizado, y que toda absolutización de lo religioso corre el riesgo de convertirse en idolatría cuando se desvincula de la vida concreta de los pobres.
En un contexto global marcado por nuevas formas de exclusión, violencia y desigualdad, la figura de Monseñor Romero sigue siendo una luz incómoda y necesaria. Su testimonio no invita a la admiración pasiva, sino a la conversión activa; no a la repetición de consignas, sino a la renovación del pensamiento; no a la defensa de seguridades, sino a la fidelidad arriesgada al Dios de Jesús. En este sentido, Romero permanece como paradigma del cristiano convertido y como llamado permanente a una Iglesia que, si desea ser fiel al Evangelio, debe seguir dejándose evangelizar por los crucificados de la historia.
REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS
(Orden de uso en el ensayo – Formato APA 7.ª edición)
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5. Conversión del creyente, metanoia y renovación de la mente
Castillo, J. M. (2010). El seguimiento de Jesús. Salamanca, España: Ediciones Sígueme.
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6. Crítica a la fe acomodada e idolatría religiosa
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7. Fundamento bíblico: pobres, Reino y conflicto estructural
Alegre, X. (2008). La opción por los pobres en el evangelio de Lucas. Santander, España: Sal Terrae.
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Sobrino, J. (1991). Jesucristo liberador: lectura histórico-teológica de Jesús de Nazaret. Madrid, España: Editorial Trotta.
8. Sagrada Escritura (base transversal)
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[21] Sobrino, J. (1991). Jesucristo liberador: lectura histórico-teológica de Jesús de Nazaret. Madrid, España: Editorial Trotta.
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[23] Pagola, J. A. (2013). Jesús. Aproximación histórica. Madrid, España: PPC.
Por: José Roberto Guerra



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