Cadenas, cruces y contradicciones: El Salvador ante el espejo de África en la ONU
La historia de la humanidad está escrita con la tinta de los vencedores, pero sus márgenes están manchados con la sangre de los silenciados. Durante siglos, la narrativa de la “civilización” justificó el horror más sistemático que ha conocido el planeta: la trata transatlántica de esclavos. Hoy, en marzo de 2026, el eco de esos millones de gritos ha llegado finalmente a los salones de mármol de las Naciones Unidas, obligando al mundo a mirarse en un espejo que devuelve una imagen de deuda, dolor y una profunda hipocresía diplomática.
Para entender el peso de la reciente resolución de la ONU, debemos desandar el camino y observar los pilares que sostuvieron el mercado de carne humana. No se puede hablar de esclavitud sin señalar la complicidad histórica de la Iglesia Católica. Bajo el amparo de bulas papales como la Romanus Pontifex y la Inter Caetera, la institución eclesiástica proporcionó el andamiaje moral y teológico para la deshumanización. El bautismo forzado se convirtió en el sello de propiedad, y la cruz fue el contrapeso de la espada; se argumentaba que la esclavitud era un camino hacia la “salvación de las almas”, cuando en realidad era el motor de una acumulación de riqueza sin precedentes. Esta bendición religiosa de la barbarie sembró las raíces de un racismo estructural que, quinientos años después, se niega a morir.
La lucha por la libertad del machete
Frente a esa teología del sometimiento, surgieron hombres que entendieron que la libertad no se mendiga, sino que se arrebata. En el corazón de lo que hoy es El Salvador, la figura de Pedro Pablo Castillo emerge como el símbolo de la resistencia armada. En la insurrección de 1814, Castillo no buscaba solo una independencia política de España, sino una ruptura con las castas y la opresión. Su lucha representó la voz de los barrios populares, de los mulatos y de los desposeídos que veían en las armas la única vía para romper las cadenas que la cruz y la corona habían forjado.
Ese impulso insurgente encontraría más tarde un eco institucional en la figura de José Simeón Cañas. En 1823, en un acto que posicionó a Centroamérica como pionera en la vanguardia de los derechos humanos, Cañas pronunció su histórico discurso ante la Asamblea Nacional Constituyente, exigiendo la abolición de la esclavitud. “Vengo a pie y cojo, pero si fuera necesario vendría arrastrándome para pedir la libertad de los esclavos”, sentenció. Aquel hito legal fue un rayo de esperanza en un continente que todavía tardaría décadas en seguir sus pasos, logrando que Centroamérica fuera el primer territorio en América en declarar la abolición total por decreto.
África reclama su lugar y es escuchada hasta 2026
Doscientos años después de Cañas, la justicia internacional ha dado un paso que parecía imposible. En marzo de 2026, la Asamblea General de la ONU aprobó una resolución histórica que califica la trata transatlántica y la esclavitud racializada como “el crimen de lesa humanidad más grave” de la historia.
Impulsada por el Grupo Africano -con Ghana a la cabeza- y los países del Caribe, la resolución obtuvo 123 votos a favor. El documento es contundente: reconoce que el impacto de 400 años de tortura y deshumanización sigue vivo en las brechas económicas actuales y establece la obligación de reparación. Esto incluye la restitución de bienes culturales, la inversión en memoria histórica y, fundamentalmente, la imprescriptibilidad de estos crímenes.
Sin embargo, el mapa de votación mostró que las viejas heridas coloniales siguen supurando. Estados Unidos, Argentina e Israel votaron en contra, mientras que las potencias europeas (España, Francia, Reino Unido) optaron por una abstención que grita complicidad. En este escenario, el voto favorable de El Salvador resultó ser la pieza más extraña del rompecabezas.
La paradoja de El Salvador: ¿Conciencia o doble moral?
El hecho de que El Salvador votara a favor, alejándose de sus aliados estratégicos del “Escudo de las Américas” como EE. UU. y Argentina, ha sido recibido por las organizaciones afrodescendientes con un aplauso cargado de escepticismo. ¿Es este un giro genuino hacia la justicia histórica o una maniobra utilitarista?
La realidad sugiere que el gobierno salvadoreño, encontrándose en la “lista negra” de la ONU por su falta de avances en derechos para la población afrodescendiente, ha utilizado este voto como un salvoconducto diplomático. Es, en esencia, un “activismo de fotografía” a escala global que busca subsanar observaciones internacionales mientras el racismo sistémico se fortalece en casa.
El rostro oculto del estado
Mientras el delegado salvadoreño levantaba la mano en Nueva York por África, en el territorio nacional la narrativa oficial oculta una realidad de persecución clasista y racista. La apuesta por un turismo masivo ha generado una suerte de gentrificación estética. Recientemente, el video viral de un joven expulsado de un centro comercial por el CAM debido a su apariencia -considerada pobre, de vendedor y con un tono de piel negro, no adecuado para la luminosidad del nuevo Centro Histórico- es la prueba fehaciente de que el clasismo y el racismo siguen siendo políticas de control territorial.
No basta con aplaudir una resolución en Nueva York si en El Salvador se sigue potenciando el racismo estructural. El voto a favor de la justicia para África es un hito que celebramos, pero su brillo se opaca frente a un gobierno que encarcela injustificadamente a la población humilde y que carece de un presupuesto real para las políticas culturales en los territorios.
La verdadera reparación empieza por reconocer a la población afrodescendiente salvadoreña no como un recurso turístico, sino como sujetos de derecho con autonomía y memoria propia. Si el Estado salvadoreño quiere ser coherente con su voto internacional, debe empezar por abrir las Casas de la Cultura, detener la persecución clasista en las comunidades y entender que la justicia, al igual que la libertad de los pueblos, no es un producto de exportación, sino un compromiso diario con los más vulnerables.
“África ha ganado una batalla moral en 2026. El Salvador, por su parte, todavía tiene pendiente ganar la batalla contra sus propios prejuicios, clasismos y su racismo institucionalizado”, AFROES
Por: Luis Rafael Moreira Flores



No Comment! Be the first one.