No es que los pobres no se rebelen. La historia está llena de campesinos, obreros, mujeres y pueblos que se levantaron contra la injusticia. Pero también es cierto que, muchas veces, el sufrimiento ha sido acompañado por una religiosidad que invita a soportar antes que a transformar.
El problema no está en la fe, sino en la forma en que esta puede ser utilizada. Cuando se predica que la pobreza es voluntad de Dios, que el cielo compensará toda injusticia y que cuestionar al poderoso es un pecado, la religión deja de ser liberadora y se convierte en un instrumento de dominación.
Sin embargo, el Dios del Éxodo escucha el clamor de los esclavos. Jesús no bendijo la explotación; anunció el Reino de Dios para los pobres, denunció la hipocresía de los poderosos y expulsó a los mercaderes del templo. La oración auténtica no adormece la conciencia: la despierta.
Rezar sin luchar por la justicia es una fe incompleta. La oración debe dar fuerza para organizarse, defender la dignidad humana y construir una sociedad donde nadie tenga que vivir de rodillas ante el hambre o la opresión.
Los pobres no están llamados a resignarse. Están llamados a levantarse, porque la fe que libera no teme a la justicia, sino que camina de su mano.
Escrito por : Pbro. Douglas Calderón Morillas / Iglesia Cristina Apostólica Católica / ICAC. Perú



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