( Relectura del pensamiento del Arzobispo Mártir )
Introducción
Las palabras de Monseñor Romero nacieron en uno de los períodos más convulsos de la historia salvadoreña. Fueron pronunciadas en medio de la represión, el terror de Estado, la desigualdad, la concentración de la riqueza y la exclusión de las grandes mayorías.
Sin embargo, reducir su mensaje únicamente a ese contexto histórico sería empobrecer su alcance. Sus homilías no fueron simples denuncias coyunturales; fueron una interpretación evangélica de una realidad marcada por estructuras de injusticia.
Hoy el escenario ha cambiado. Las formas del poder son distintas, los discursos son diferentes y los mecanismos de control social son más sofisticados. Pero la pregunta fundamental que Romero planteó continúa vigente: ¿Quiénes siguen siendo los olvidados de la historia y qué papel debe asumir la Iglesia frente a ellos?
La Iglesia que encontró Romero. Para Monseñor Romero, ser Iglesia nunca significó encerrarse en los templos ni limitarse a administrar los sacramentos. La Iglesia era auténtica cuando caminaba junto al pueblo sufriente, compartía sus angustias y defendía su dignidad. Por eso afirmó el 17 de febrero de 1980 “La misión de la Iglesia es identificarse con los pobres. Así la Iglesia encuentra su salvación.” Esta afirmación no pretendía convertir a la Iglesia en un actor político partidario, sino recordar que el Evangelio encuentra su credibilidad cuando se hace presente entre quienes sufren las consecuencias de la injusticia. La Iglesia no salva a los pobres desde la distancia; descubre su propia fidelidad a Cristo cuando comparte su destino.
Los cambios de forma y la permanencia del problema. Existe un elemento común entre el contexto histórico de Romero y el presente: el discurso político suele ocultar los problemas estructurales. Cambian los lenguajes, cambian las tecnologías y cambian las estrategias de comunicación, pero permanece la construcción de narrativas que sustituyen la realidad por percepciones. Vivimos bajo un sistema que produce espectáculos permanentes, mientras las contradicciones sociales continúan existiendo. Se habla de progreso, modernización y crecimiento, pero los pobres siguen al margen de la economía. El tan vociferado crecimiento no se ve en las mesas de los pobres. La exclusión no siempre se presenta con la crudeza de otras épocas; muchas veces se vuelve invisible porque queda cubierta por indicadores, campañas y espectaculares luces.
Precisamente por eso la palabra de Romero conserva actualidad. No porque describa exactamente nuestro presente, sino porque ofrece un criterio permanente para discernir la realidad: mirar primero a quienes permanecen excluidos.
La opción preferencial por los pobres como criterio ético. Romero comprendió que el Evangelio obliga a mirar la historia desde abajo, desde quienes tienen menos poder para defenderse. Por eso afirmó el 9 de septiembre de 1979: “Es inconcebible que se diga cristiano y no tome como Cristo una opción preferencial por los pobres.” Esta opción no es una consigna ideológica. Es un principio profundamente evangélico y ético. Obliga a preguntarse si las decisiones políticas, económicas y sociales colocan verdaderamente en el centro a quienes viven en pobreza, exclusión, desempleo, migración forzada o abandono. Los pobres siguen siendo, en muchos sentidos, los relegados de la historia. Con frecuencia el poder los ignora. Es más fácil esconder su realidad que transformarla. El espectáculo suele recibir más atención que el clamor silencioso de quienes continúan esperando justicia.
La vigencia de la teología latinoamericana. Por esa razón, la reflexión teológica latinoamericana mantiene una sorprendente actualidad. No porque las circunstancias históricas sean idénticas a las de finales del siglo XX, sino porque las estructuras que producen desigualdad aún persisten bajo nuevas formas. La injusticia continúa siendo un problema estructural. La concentración de la riqueza, la exclusión económica y la marginación de amplios sectores sociales siguen cuestionando la conciencia cristiana.
Mientras existan personas cuya dignidad sea sacrificada en nombre del progreso o del mercado, seguirá siendo necesaria una teología que recuerde que Dios escucha primero el clamor del pobre. La pregunta de Romero permanece abierta: ¿desde dónde mira la Iglesia la realidad? ¿Desde los centros del poder o desde las periferias donde viven quienes más sufren?
Conclusión
La grandeza de Monseñor Romero consiste en que su palabra trasciende su tiempo sin perder su contexto. Sus denuncias nacieron de una realidad concreta, pero sus principios siguen iluminando otras realidades. Él no dejó un programa político; dejó criterios éticos y evangélicos para leer la realidad. Mientras exista una sociedad donde los pobres permanezcan al margen, donde las apariencias intenten ocultar las contradicciones sociales y donde la dignidad humana sea subordinada a los intereses del poder o del mercado, las palabras de Romero continuarán cuestionando la conciencia cristiana y a la sociedad.
La mejor manera de honrar su memoria no es repetir sus frases como consignas, sino asumir el compromiso que ellas exigen: ser una Iglesia que camina con los pobres, escuche su voz y hace visible, en medio de la historia, el rostro liberador del Evangelio de Jesús de Nazaret.
Escrito por el pastor Tito Rodriguez Orozco



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