No sean mercaderes de la fe
El Evangelio no es un negocio, ni la Iglesia una empresa, ni el ministerio un medio para enriquecerse. Jesús expulsó a los mercaderes del Templo porque habían convertido la casa de Dios en un mercado. Esa denuncia sigue siendo actual.
Sacerdotes, pastores y ministros estamos llamados a servir, no a lucrar. El anuncio del Reino nace de la gratuidad, de la compasión y del compromiso con los pobres. Cuando la fe se vende, cuando los sacramentos se condicionan al dinero, cuando la predicación busca prestigio o riqueza, el Evangelio pierde credibilidad.

El verdadero pastor no explota al rebaño: lo acompaña, lo defiende y da la vida por él. Su autoridad nace del testimonio, no del poder; de la coherencia, no del espectáculo; del servicio, no del interés económico.
Hoy la Iglesia necesita ministros con olor a pueblo, cercanos al sufrimiento de los humildes, capaces de compartir la mesa con los olvidados y de anunciar una esperanza que no tenga precio.
Que nunca olvidemos las palabras de Jesús: «Gratis lo recibieron; denlo gratis» (Mateo 10,8). La fe es un don de Dios, no una mercancía. El Reino se anuncia con amor, se construye con justicia y se sirve con humildad.
Por: presbítero Douglas Calderón Morillas

