Cuando la Iglesia deja de escuchar el clamor de los pobres, se vuelve sorda. Cuando calla ante la injusticia, la corrupción, la violencia y la exclusión, se vuelve muda. Cuando es incapaz de reconocer el rostro de Cristo en quienes sufren, se vuelve ciega.
Una Iglesia encerrada en sus templos, preocupada más por conservar privilegios que por servir al pueblo, corre el riesgo de olvidar que Jesús caminó entre los últimos, tocó a los excluidos y denunció con valentía la hipocresía religiosa.
La Iglesia no está llamada a ser un museo de tradiciones, sino una comunidad profética que anuncie la esperanza y denuncie todo lo que destruye la dignidad humana. El Evangelio no nos invita al silencio cómplice, sino a una palabra valiente que defienda la vida, la justicia y la verdad.
Es hora de pedir a Dios oídos para escuchar el sufrimiento del pueblo, labios para proclamar la Buena Nueva sin miedo y ojos para descubrir a Cristo en cada persona marginada. Solo así la Iglesia será verdaderamente signo del Reino de Dios en medio de la historia.
Presbitero Douglas Calderón Morillas.
Perú Iglesia cristiana apostólica católica.
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