La palabra “monstruosidad” suele remitirnos a lo deforme, a aquello que rompe las leyes de la naturaleza. Al aplicarla a la clase política actual, no hablamos de una fealdad física, sino de una distorsión moral y funcional que parece haber convertido el servicio público en un ejercicio de depredación y simulacro.
El político de hoy ya no busca convencer mediante la razón, sino mediante el impacto. La monstruosidad radica en la transformación de la gestión pública en una puesta en escena constante. En este escenario, la verdad es un estorbo. El “monstruo” se alimenta de la polarización, entendiendo que el odio es un combustible mucho más eficiente que la esperanza. Se miente con una naturalidad técnica, no para ocultar un error, sino para construir una realidad paralela donde el seguidor ya no es un ciudadano, sino un feligrés.
Existe una desconexión casi biológica entre el representante y el representado. Desde sus torres de marfil burocráticas, los problemas de la gente común —el hambre, la inseguridad, la falta de salud— se convierten en estadísticas, en puntos de un gráfico de PowerPoint o en herramientas de negociación. La monstruosidad aquí es la indiferencia. Un sistema que permite que quienes deciden sobre la vida de millones no sientan el peso de sus consecuencias es, por definición, un sistema deshumanizado.
El político contemporáneo parece haber reemplazado el idealismo por una supervivencia parasitaria. Ya no se llega al poder para transformar, sino para permanecer. El “monstruo” es aquel que sacrifica principios, alianzas y el bienestar común en el altar de su propia relevancia. Esta ambición es insaciable: el cargo no es un destino, sino un escalón en una carrera infinita hacia la nada, donde el éxito se mide en clics, votos y cuotas de poder, nunca en soluciones reales.
Quizás lo más aterrador no sea el político individual, sino la sociedad que se ha acostumbrado a su monstruosidad. Hemos normalizado la corrupción, el cinismo y la prepotencia. El monstruo ha logrado convencernos de que “todos son iguales”, una estrategia maestra para que la ética deje de ser una exigencia y se convierta en una utopía ingenua.
Al reflexionar sobre la monstruosidad de los políticos, no podemos evitar mirar hacia
atrás. Los políticos no surgen del vacío; son el producto de una cultura que premia el
éxito rápido sobre la integridad, y el ruido sobre el silencio reflexivo.
Recuperar la política requerirá algo más que cambiar de nombres en una boleta; exigirá
desmitificar al monstruo, quitarle el micrófono del espectáculo y devolver la gestión
pública a la escala humana. Mientras el poder siga siendo un fin en sí mismo y no un
medio, el rostro que veremos en el liderazgo seguirá teniendo rasgos que apenas
reconocemos como propios de nuestra especie.
La monstruosidad de los políticos de hoy
Hay una palabra que a veces evitamos pronunciar porque incomoda, porque desnuda
demasiado la realidad: monstruosidad.
Pero hay momentos en la historia en que callarla sería una forma de complicidad.
La monstruosidad de muchos políticos de hoy no está solo en la corrupción, ni en la
mentira repetida hasta el cansancio.
La monstruosidad está en algo más profundo: en la capacidad de mirar el sufrimiento
humano sin sentir nada.
Se han convertido en administradores del dolor.
Hablan de crecimiento mientras los pueblos pasan hambre.
Hablan de democracia mientras silencian la voz del pueblo.
Hablan de progreso mientras la dignidad se derrumba en los barrios, en los campos, en
las escuelas olvidadas.
Y lo más terrible no es que mientan.
Lo más terrible es que saben que mienten.
Muchos de ellos han aprendido a usar el lenguaje como máscara.
Dicen “reforma” cuando quieren decir saqueo.
Dicen “orden” cuando.
Escrito por: el sacerdote Douglas Calderón Morillas / para sentirconelpueblo.com



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