Solidaria con el pueblo de Dios, la Iglesia siempre ha estado presente cuando la situación difícil de una sociedad necesita de la iluminación de la palabra de Dios y la de sus pastores. Esa es la gran enseñanza y el legado de Monseñor Óscar Arnulfo Romero.
En tiempos de Romero, como hoy, muchos quisieran una Iglesia de sacristía, decorativa, que bendiga todo y no incomode a nadie. Pero Romero nos enseñó lo contrario.”Nuestra Iglesia no puede ser sorda, muda ni ciega ante el clamor de millones de hombres, que gritan oprimidos por mil esclavitudes”, dijo en su homilía del 26 de marzo de 1978.
Una Iglesia sorda no escucha. Una Iglesia muda no denuncia. Una Iglesia ciega no ve al pobre crucificado en la calle. Romero nos advirtió que ese tipo de Iglesia traiciona el Evangelio. Porque el Evangelio no es neutral. El Evangelio se pone del lado del que sufre.
Esta misión profética de la Iglesia en defensa de los sectores empobrecidos y sin oportunidades, que son los privilegiados del Señor, tiene que estar presente en la Iglesia salvadoreña. No puede ser una pastoral de adornos. Tiene que ser una pastoral de presencia, de acompañamiento y de denuncia.Si el salario no alcanza, la Iglesia no puede callar. Si el agua es amenazada por un basurero, la Iglesia no puede callar. Si la memoria de los mártires es profanada, la Iglesia no puede callar. Si el campesino es desalojado, si el joven es criminalizado, si la corrupción aplasta al pueblo, la Iglesia no puede callar.
“La Iglesia no puede callar ante estas injusticias del orden económico, político y social. Si callara, la Iglesia sería cómplice”, advirtió Monseñor Romero en su homilía del 24 de junio de 1977.
Callar es ser cómplice. Y Romero no quiso una Iglesia cómplice del poder, sino una Iglesia cómplice del pueblo. Por eso lo mataron: porque dejó de ser voz del altar para convertirse en voz de los sin voz.
“Gracias a Dios que la Iglesia en El Salvador todavía puede hablar… pero si habla tiene que decir la verdad, si no que no hable”, dijo Monseñor Óscar Arnulfo Romero en su homilía del 16 de junio de 1978.
Ahí está el desafío actual para nosotros. Que la Iglesia hable, sí, pero que diga la verdad. La verdad del pobre. La verdad del pueblo que sufre. La verdad que incomoda a los poderosos pero que libera a los oprimidos.
La Iglesia profética que soñó Romero no es una Iglesia de izquierda o de derecha. Es la Iglesia del Evangelio. La Iglesia que vio en los pobres al Cristo crucificado y que desde su clamor escuchó la voz de Dios.
Mientras haya injusticia, la Iglesia no puede callar. Porque si calla, deja de ser Iglesia.
Periódico Ecuménico sentirconelpueblo.com



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