El Salvador viene a cuestas con la cruz de la pobreza y refleja en su rostro los rasgos sufrientes de Cristo en el camino a su crucifixión.
Es la cruz pesada, de todos los días. La del padre que no encuentra trabajo, la de la madre que estira el dólar para la tortilla, la del joven que mira al norte porque aquí no ve futuro, la del anciano que vende en la acera bajo el sol.
Los números confirman ese calvario.
Según la Encuesta de Hogares de Propósitos Múltiples (EHPM) 2025 del Banco Central de Reserva, la pobreza monetaria alcanza al 22.5% de los hogares y al 24.4% de la población, es decir, 1,546,801 salvadoreños viven en pobreza. De ellos, 504,320 están en pobreza extrema, los que no alcanzan a cubrir ni la canasta básica alimentaria.
Si se mide con la mirada más humana, la de la pobreza multidimensional que ve educación, vivienda, salud y trabajo, el panorama es más doloroso. La CEPAL ubica a El Salvador con una incidencia del 53.3% en 2024, una de las más altas de América Latina.
El trabajo, que debería ser alivio, también escasea. La tasa oficial de desempleo cerró 2025 en 4.72%, con 147,730 salvadoreños sin empleo. Pero el dato que más duele es el subempleo: el 39% de la población urbana está subempleada, es decir, unos 1.2 millones de personas que trabajan sin salario digno ni estabilidad.
A esto se suma la cruz de los despedidos del Estado. El Movimiento de Trabajadores Despedidos denuncia que entre 2019 y lo que va de 2026 han sido despedidos 47,124 empleados públicos. Solo entre 2025 y 2026 se contabilizan 23,443 despidos. Datos del Ministerio de Hacienda indican que de 2023 a 2024 el Ejecutivo prescindió de más de 14,000 empleados, un recorte del 8.1% de su planilla.
No es una pobreza de cifras. Es una pobreza que duele, que cansa, que humilla.
Sacerdotes, pastores y obispos han mostrado su preocupación por la profundización de la pobreza y el galopante desempleo en este pequeño país. Voces que desde los púlpitos y las comunidades advierten que el pan se vuelve más pequeño, que el trabajo escasea y que la desesperanza crece.
Es este mismo país pequeño, de gente grande, que abrazó Monseñor Óscar Arnulfo Romero hasta ofrendar su vida por mejores condiciones de vida para los más necesitados. El país que él amó, el de los sin voz, el de los que no tienen.
La pobreza en El Salvador no es destino, es cruz impuesta. Y como toda cruz, clama por un Cirineo que ayude a llevarla, por una Verónica que limpie el rostro, por un pueblo que no se acostumbre a ver a su hermano cargando tanto dolor.
Porque un pueblo que olvida a sus pobres olvida su propia alma.



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