Si San Óscar Arnulfo Romero volviera hoy a subir al púlpito de Catedral, si volviera a tomar el micrófono de la YSAX, ¿qué nos diría sobre los derechos humanos en El Salvador?
Seguramente comenzaría como siempre lo hacía: con la realidad del pueblo.
Nos diría que la paz no es solo que no haya balas en la calle. “La paz no es ausencia de guerra, la paz es fruto de la justicia”. Y nos preguntaría: ¿De qué sirve el silencio de las calles, si en las casas hay angustia, si en la mesa falta el pan?
Porque hoy la pobreza se ha profundizado y golpea con fuerza a las comunidades urbanas y rurales a lo largo y ancho del país.
En las ciudades, es la madre que vende en la acera y no le alcanza. Es el joven que trabaja todo el día y sigue pobre. Es el obrero despedido que no encuentra otro empleo.
En el campo, es el campesino sin tierra, sin crédito, sin precio justo para su maíz y su frijol. Es la familia que mira su milpa seca y su hijo que piensa en migrar. Es la anciana que no tiene medicina.
Según la Encuesta de Hogares de 2025, 1,546,801 salvadoreños viven en pobreza, y 504,320 en pobreza extrema, sin poder cubrir ni la canasta básica alimentaria. Pero Romero no hablaría de cifras. Hablaría de rostros. Diría: “La pobreza no es un número, es una persona que sufre”.
Nos diría que los derechos humanos no son solo no ser encarcelado injustamente. Que también es derecho humano comer, trabajar, tener casa, tener salud. Que la pobreza extrema es también una violación a los derechos humanos. Que “no se puede amar a Dios a quien no se ve, si no se ama al hermano a quien se ve”.
¿Qué nos diría de los detenidos y sus familias? Se pondría del lado de las madres que lloran buscando a sus hijos. Las abrazaría como abrazó a las madres de los desaparecidos de su tiempo. “La Iglesia no puede estar sorda al llanto de una madre”.
¿Qué nos diría de la justicia? Nos repetiría con voz firme: “Nadie puede ser condenado sin ser oído”. “La ley debe ser escudo de los débiles, no garrote de los poderosos”. La justicia no puede ser venganza.
¿Qué nos diría de la palabra? Nos gritaría lo que siempre gritó: “Hay que quitarle la mordaza a la palabra”. “Un pueblo que no puede hablar, un pueblo al que le quitan su voz, no es libre”. Y nos recordaría que él era “la voz de los sin voz”.
Y sobre todo, nos diría que no tengamos miedo. Que no nos acostumbremos.
“Si me matan, resucitaré en el pueblo salvadoreño”, dijo. Y resucitó. En cada comunidad que se organiza, en cada madre que exige justicia, en cada joven que no se vende, en cada pobre que no pierde su dignidad.
Hoy San Romero nos diría lo mismo que nos dijo el 24 de marzo de 1980, un día antes de su martirio:
“No callen. El que calla ante la injusticia, entierra la verdad”.
Esa sería su homilía de hoy.



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