La destrucción de la Finca el Espino, considerada el “último pulmón verde” de San Salvador, confirma la irracionalidad capitalista que Frankz Hinkelammert retrata con la frase “cortar la rama donde estamos parados”. Así se refiere el filósofo alemán a la lógica de autodestrucción o suicidio colectivo implícita en la explotación voraz, ilimitada e inmisericorde de los bienes naturales, especialmente aquellos que no son renovables.
La Finca El Espino es un ecosistema de enorme importancia para la ciudad de San Salvador y para el resto del país, ya que es un espacio natural de mucha biodiversidad que alberga a centenares de especies animales y vegetales, incluidas algunas que ya están en peligro de extinción y otras para las cuales éste es un hábitat único.
En cuanto a fauna, estudios de la Universidad de El Salvador y registros del Ministerio de Medioambiente y Recursos Naturales dan cuenta de unas 180 especies, entre las que destacan mapaches, cotuzas, armadillos, tacuazines, garrobos, lagartijas y decenas de especies de aves, residentes y migratorias; además de insectos y otras especies. Y en relación a la flora, se registran más de 500 especies que incluyen árboles, arbustos, bejucos, hierbas y helechos.
Ésta es la razón por la cual movimientos ciudadanos espontáneos, como el autodenominado “Todos Somos El Espino”, se han movilizado ante la amenaza de destrucción que representa el anuncio de la construcción del nuevo Centro Internacional de Ferias y Convenciones (CIFCO) en una parte de la finca. Piden detener la obra.

Pero hay otras dos razones muy relevantes. Una se refiere a que la Finca El Espino es una vital zona de recarga hídrica para el Área Metropolitana de San Salvador, gracias a que el terreno boscoso permite la filtración de agua que alimenta al acuífero subterráneo.
Y la otra razón es que esa filtración de agua también evita mayores inundaciones en barrios y colonias del sur de San Salvador, como La Málaga, donde hace más de 17 años murieron trágicamente 33 personas. Fue el 3 de julio de 2008, cuando un autobús -que transportaba a miembros de la Iglesia Elim que regresaban de un culto- fue arrastrado ferozmente por la corriente del río Arenal de Monserrat. Sólo una persona sobrevivió de manera milagrosa.
Por tanto, es previsible que si continúa la depredación de la Finca El Espino, no solo se dejaría sin hogar y podría terminar con la vida de las centenares de especies animales y vegetales que la habitan, sino que también se agravaría el agotamiento del acuífero subterráneo y podría provocar mayores desastres por las inundaciones en la época lluviosa.
Por eso, es pertinente y oportuna la protesta de las organizaciones ambientalistas y del movimiento “Todos Somos El Espino”. Ojalá que el resto de la población reaccione y se sume a este esfuerzo cívico para detener esta barbarie ecológica y sus impactos en la población.
En principio, la construcción de un nuevo CIFCO no es necesario, ya que se podrían readecuar las antiguas instalaciones utilizadas como hospital de emergencia durante la pandemia de COVID-19; y si en verdad fuera necesario, podría construirse en otro lugar donde no cause impactos que, además del daño ambiental, generen condiciones para futuros desastres sociales.
Los demandantes también han llamado la atención de la Embajada de China en El Salvador, la instancia que financiaría la realización de la obra. Así que, ojalá, el gobierno salvadoreño y la representación diplomática del país asiático se abstengan de cortar una “rama donde estamos parados”.
La cooperación china podría servir mejor para financiar proyectos de vivienda popular, reconstruir escuelas, crear algún centro de desarrollo tecnológico, reactivar la agricultura, reparar caminos vecinales e impulsar obras de saneamiento; o construir un nuevo CIFCO, pero en un lugar donde no destruya ecosistemas y no genere más vulnerabilidades socioambientales.
Escrito por : Leonel Herrera
Periodista y activista ambiental



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