¡Firmes!, marchando hacia atrás
Durante la década de 1980, la sociedad salvadoreña padecía una militarización exacerbada. No existía uno sino dos ejércitos enfrentados en buena parte del país: el gubernamental y el guerrillero. Ese escenario de entonces, fue superado con el alto al fuego alcanzado mediante la firma de diversos acuerdos entre ambas partes. Así se materializó el primer componente del proceso iniciado en Ginebra, Suiza, el 4 de abril de 1990; se logró, tal como se planteó, “por la vía política al más corto plazo posible”. Un año después –el 27 de abril de 1991– se establecieron en la Ciudad de México otros compromisos más puntuales entre los cuales destacaban las reformas constitucionales que afectarían directamente a la Fuerza Armada de El Salvador (FAES), a fin de colocar en primer lugar su sometimiento pleno al poder civil.
En el Acuerdo de paz de El Salvador, más conocido como el Acuerdo de Chapultepec por el castillo adonde se firmó, el capítulo inicial estaba dedicado a dicha institución. Primero se abordó lo relativo a sus principios doctrinarios, que se resumen así: tiene como misión institucional la defensa de “la soberanía del Estado” y “la integridad del territorio”, basada en “los valores democráticos” y el “estricto respeto a la Constitución”; es permanente, obediente, profesional, apolítica y no deliberante; su régimen y su actuación debe enmarcarse en el Estado de derecho y sus principios así como en el predominio “de la dignidad de la persona humana y el respeto a sus derechos”, garantizando una “relación armónica con la sociedad civil”. Además, debe respetar el “orden político determinado por la voluntad soberana del pueblo”.
Fundamental para su desarrollo, según se acordó, era la distinción entre los conceptos de seguridad y defensa nacional tomando en cuenta que la primera está fuera de su “misión ordinaria” y la milicia solo podrá participar en esta de manera “excepcional”. Esto último, desde 1993 fue incumplido en la práctica. Asimismo, se reformó su sistema educativo; también se acordó impulsar los procesos para depurarla y reducirla. Únicamente se puede hablar bien del segundo en cuanto a su cumplimiento, pues se asegura que ‒de un total de más de 50 000 integrantes durante el conflicto bélico‒ en los primeros años de la posguerra su membresía bajó a 13 000.
Actualmente, cuenta con alrededor de 25 000 elementos entre la tropa y su oficialidad; tal cantidad puede llegar hasta las 40 000, si se considera la reserva. Pero la aspiración de Nayib Bukele es la de tener una nómina similar a esta última cifra, sin contar con la reserva mencionada que al agregarse quién sabe a cuánto ascendería la totalidad.
Junto a lo anterior, se debe tener presente el presupuesto anual que se le ha asignado del 2019 hasta el 2026: pasó de un aproximado de 145 millones de dólares a casi 335. Entonces, la casta militar recibió en este año un monto superior al doble del adjudicado cuando hace siete Bukele asumió como presidente de la república ‒entonces constitucionalmente‒ para completar el pago de salarios y prestaciones, aparatos aéreos y navales, vehículos terrestres, armamento moderno, alimentación, salud y mantenimiento de las instalaciones castrenses, entre otros. Al menos, así debería ser. Y tras alardear mucho de eso durante el seguramente oneroso desfile del pasado martes 15 de septiembre, surge la gran interrogante: si el Gobierno terminó triunfante la “guerra contra las maras” sin enfrentamientos ni bajas, ¿se está alistando para otra?
El exconvicto y exfutbolista brasileño recién traído para participar en una “pedaleada” oficialista dentro de un “Centro Histórico” venido a menos para nuestras mayorías populares, nomás bajarse del avión se dedicó a hablar “maravillas” de una “patria inexacta” ‒parafraseando a Escobar Velado‒ al declarar que El Salvador atraviesa, “desde su perspectiva”, un proceso de “restauración, de cambiar” y de “transformación”. Eso dijo, tres días después de una militarizada “celebración” de la independencia centroamericana.
“En el hoy nuestro ‒escribió hace un par de años nuestro querido y recordado “Chema” Tojeira‒ es necesario reflexionar sobre las personas a las que hacemos sufrir injustamente, como a las que metemos presas siendo inocentes o las que tienen dificultades para comer los tres tiempos. Independencia es dar libertad y dignidad, trabajo digno y protección social a todos los que viven en el país. Así como la esclavitud era necesario abolirla en un país que se consideraba libre, así también hoy tenemos que enfrentar las necesidades de los más pobres y vulnerables de nuestro país, que en algunos aspectos conservan situaciones impuestas semejantes a las antiguas de los esclavos”.
La guerra que vendrá, pregunto, ¿será contra esta gente y para eso se están armando tanto?
Escrito por: Benjamín Cuellar/ para sentirconelpueblo.com



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