El discurso político contemporáneo ha encontrado en la teología un vehículo sumamente efectivo para movilizar masas y legitimar intervenciones de poder. Cuando la narrativa de la seguridad pública o la geopolítica resulta insuficiente, el encuadre metafísico de una “lucha contra el mal absoluto” simplifica realidades complejas y reduce conflictos estructurales a batallas maquilladas. Un caso paradigmático de esta dinámica es la retórica del presidente de El Salvador, Nayib Bukele, respecto a la crisis institucional y social de Haití. Bukele ha calificado en reiteradas ocasiones la violencia de las pandillas en el país caribeño no solo como un colapso gubernamental, sino como una encarnación del “satanismo” que requiere una respuesta casi espiritual.
Sin embargo, esta narrativa esconde una densa red de contradicciones teológicas, geopolíticas y culturales. Para comprender la paradoja de que un líder de raíces familiares e históricas vinculadas al islam apele a la retórica del satanismo occidental para desmantelar o estigmatizar manifestaciones culturales arraigadas en la herencia afrodescendiente de Haití -complaciendo a una base política eminentemente cristiana evangélica-, es indispensable analizar primero cómo concibe el islam la figura del demonio y cómo esta difiere radicalmente del paradigma judeocristiano tradicional. Cabe aclarar que como salvadoreños quisiéramos la paz de las naciones y que nuestros hermanos salvadoreños vuelvan con sus familias.
Iblís y la soberbia del ego, no un antagonista de Dios
En la tradición judeocristiana occidental, la figura de Satán se ha configurado con frecuencia como un enemigo cósmico, un rey de las tinieblas que ostenta un poder rival frente al bien y que encabeza fuerzas malévolas organizadas. En el islam, el marco teológico es sustancialmente distinto debido a la rigidez del Tawhid (la unicidad absoluta de Dios). En la cosmovisión coránica, nada ni nadie puede disputar el poder de Alá.
El personaje equivalente en la narrativa islámica es Iblís (también denominado Shaytán). La diferencia fundamental radica en que Iblís no es un ángel caído de igual jerarquía a las fuerzas celestiales, sino un Jinn (ser creado de fuego sin humo), dotado de libre albedrío, según se establece en el Corán: “Y cuando dijimos a los ángeles: Prosternaos ante Adán, se prosternaron, excepto Iblís, que era de los genios y desobedeció la orden de su Señor” (Surah Al-Kahf 18:50).
El drama fundamental de Iblís no es la fundación de un imperio del mal autónomo o la posesión del cosmos, sino la soberbia (kibr). En Surah Sad (38:75-76), cuando Dios le pregunta por qué no se prosternó ante el ser humano recién creado, Iblís responde: “Yo soy mejor que él; a mí me creaste de fuego y a él de barro”.
A partir de esa desobediencia, el castigo de Iblís es la expulsión, pero solicita plazo hasta el Día del Juicio para intentar extraviar a la humanidad. Es crucial señalar que, en la teología islámica, Shaytán no posee poder coercitivo sobre la voluntad humana; su única herramienta es el waswás (el susurro o la sugestión). En el Corán se explicita que, en el Juicio Final, Satán dirá a sus seguidores: “Dios os hizo una promesa verdadera, mientras que yo os hice una promesa y os fallé. No tenía sobre vosotros ningún poder, salvo que os invoqué y me respondisteis” (Surah Ibrahim 14:22).
Por lo tanto, en la ortodoxia islámica, la lucha contra el demonio es fundamentalmente una batalla interna contra las inclinaciones egoístas y el engaño mental, no una guerra cósmica contra un enemigo terrenal posesivo o una entidad institucional visible. El “satanismo” como fuerza soberana, organizada y rival no existe bajo el rigor del monoteísmo islámico.
La instrumentalización del satanismo
Frente al rigor de este trasfondo conceptual, resulta revelador observar el lenguaje empleado por Nayib Bukele al referirse a la crisis de Haití. Es ampliamente documentado que la familia Bukele posee raíces en la comunidad islámica de El Salvador (su padre, Armando Bukele Kattán, fue un reconocido imán y líder comunitario). Aunque el presidente Bukele ha definido su fe personal como una creencia amplia en Dios sin afiliación institucional rígida, su trasfondo cultural islámico convive con una praxis política alineada estratégicamente con el electorado cristiano evangélico y católico conservador, tanto en El Salvador como en la región.
Cuando Bukele califica las atrocidades del crimen organizado en Haití como “rituales satánicos” o afirma que se enfrenta al “satanismo”, no está aplicando una categoría teológica del islam -la cual, como se ha visto, entiende el mal como distorsión individual y susurro, no como una religión opuesta estructurada-. Lo que ejecuta es un trasplante conceptual. Bukele adopta el prisma del neopentecostalismo y el evangelismo político de Guerra Espiritual, que encuadra cualquier fenómeno de caos o violencia extrema en términos de demonología.
Esta maniobra cumple una función política bidireccional:
- Sintoniza perfectamente con la cosmovisión de su base electoral en Centroamérica y con sectores conservadores de Estados Unidos, transformando la política de seguridad en una cruzada divina.
- Si el rival es “el Satán bíblico”, las mediaciones diplomáticas, los derechos humanos o el debido proceso pierden validez operativa; la erradicación pasa a ser el único mandato moral.
La estigmatización de las culturas afrodescendientes
El aspecto más problemático de esta narrativa teopolítica surge al proyectar la etiqueta del “satanismo” sobre la realidad social de Haití. Haití es una nación cuya identidad está ligada a la primera revolución triunfante de esclavizados en la historia moderna (1791-1804). En este proceso de liberación, el Vodou haitiano no solo operó como religión, sino como un sistema de resistencia cultural, cohesión social y preservación de la memoria espiritual africana frente a la opresión colonialista.
El Vodou es una religión sincrética legítima, articulada en torno al culto a los Loas (espíritus intermediarios) y a Bondye (una deidad suprema). Sin embargo, desde la época de la colonia francesa y a lo largo del siglo XX, las potencias occidentales y las misiones evangelizadoras eurocéntricas han demonizado sistemáticamente el Vodou, calificando sus prácticas de “brujería” o “satanismo” para justificar intervenciones militares, saqueos económicos y dominación cultural.
Cuando un líder político latinoamericano utiliza la etiqueta de “lucha contra el satanismo” para describir la intervención o solución a la violencia gangland en Port-au-Prince, cae en el mismo reduccionismo colonial histórico. Se amalgama la delincuencia violenta de las pandillas -un problema derivado de la inestabilidad política, la corrupción y el tráfico de armas- con el entramado religioso e histórico afrodescendiente.
La paradoja del pragmatismo teopolítico
La ironía central de esta dinámica es profunda: un mandatario formado en un entorno con comprensión de la teología islámica -donde el mal es sobrio, abstracto y carente de poder soberano- adopta la escatología del evangelicalismo para definir un conflicto internacional. En el camino, se borra la distinción entre el crimen organizado y el sustrato espiritual de una nación históricamente castigada. Esta contradicción demuestra cómo en la era de la posverdad política, las categorías teológicas han dejado de responder a la fe introspectiva o a la precisión doctrinal para convertirse en herramientas de marketing geopolítico. El verdadero peligro de este discurso no radica únicamente en su incoherencia teológica, sino en su capacidad para deshumanizar al otro: al convertir un problema sociopolítico en una guerra contra demonios, se desmantela el pensamiento crítico y se sustituye el análisis de las causas estructurales por un espectáculo de salvacionismo autoritario.
Por: Luis Rafael Moreira Flores



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