La Patria que soñó y anheló Monseñor Óscar Arnulfo Romero, el Santo de los pobres, está llamando a 46 años de su martirio. Y como buenos cristianos y cristianas tenemos que acudir a ese grito, a ese llamado, como lo hizo San Romero.
Monseñor Romero fue un Arzobispo, un hombre y un hermano que consagró su vida a la defensa de la justicia de las personas más pobres de El Salvador, a partir de la Doctrina Social de la Iglesia.
En su Cuarta Carta Pastoral “Misión de la Iglesia en medio de la crisis del país”, del 6 de agosto de 1979, Monseñor Romero nos dejó su pensamiento más luminoso y actual.
En esa carta, Romero hace un planteamiento antropológico-teológico del ser humano en tensión utópica entre lo que debía ser y lo que es en realidad. Entre el ser humano querido por Dios, digno, libre, hijo de Dios, y el ser humano que realmente existe en El Salvador, aplastado por la injusticia.
“Hay más hombres sometidos a situaciones de injusticia”, denunció. Romero nos enseña que hay una dialéctica entre lo que asfixia al ser humano y lo que posibilita su realización plena e integral. Lo que asfixia es la idolatría del dinero, del poder y de la riqueza que necesita víctimas para sostenerse. Lo que libera es poner al ser humano en el centro, por encima del capital.
San Romero apuesta por la integridad del ser humano y afirma que es “el camino que la Iglesia debe recorrer”. Esa es su gran apuesta teológica: el ser humano es el camino. Defender al ser humano concreto, sobre todo al más pobre, es defender la gloria de Dios, porque como él mismo dijo: “La gloria de Dios es que el pobre viva”.
¿Qué El Salvador soñó y anheló Monseñor Romero?
Soñó un El Salvador donde no hubiera necesidad de reprimir al pueblo, porque el pueblo es escuchado.
Soñó un país sin la idolatría del mercado que hoy expulsa a vendedores, despide empleados y desaloja comunidades.
Soñó una sociedad más humana, solidaria e inclusiva, que pusiera en el centro al ser humano de manera integral, especialmente a los más pobres.
Soñó la Patria que Dios quiere: con pan, con justicia y con dignidad para todos y todas.
El pensamiento y su palabra sigue teniendo vigencia en la actualidad con el crecimiento de todos los males que él denunció y acompañó junto al sufrido pueblo salvadoreño. La misma pobreza que vio en las comunidades que abrazó, sigue aquí, con otros rostros, pero con el mismo dolor.
Por eso, a 46 años de su martirio, El Salvador que soñó Romero nos está llamando. Nos pide que no nos conformemos con recordar su figura en una estampita. Nos pide que continuemos su misión.
Acudir a su llamado es volver al camino del ser humano. Es el camino que la Iglesia debe recorrer hoy.
Nancy Corpeño
para sentirconelpueblo.com



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