El Salvador no sólo sufrió una cruenta guerra civil, sufrió también una cacería contra los hijos e hijas de Dios para borrar la Fe de un pueblo crucificado.
Entre 1980 y 1992 el país se partió en dos. Pero mientras los fusiles hablaban en los cerros, hubo otro grupo al que apuntaron primero: los que llevaban la palabra.
Decenas de sacerdotes asesinados, religiosas, catequistas y celebradores de la Palabra de Dios cayeron en cantones, caseríos, comunidades, iglesias y universidades a lo largo y ancho de esta patria que abrazó Monseñor Romero.
No los mataron por tener armas. Los mataron por tener corazón.
Por bautizar en el río, por alfabetizar de noche, por decir en la homilía que el pobre también cuenta. Por acompañar entierros cuando el miedo prohibía llorar.
La lista tiene nombres y apellidos que el pueblo no olvida:
Monseñor Óscar Arnulfo Romero, asesinado el 24 de marzo de 1980 mientras alzaba la hostia. Con su sangre empezó oficialmente la guerra.
Rutilio Grande, jesuita, acribillado en El Paisnal en 1977 junto a dos laicos.
Alirio Napoleón Macías, Ernesto Barrera Moto, Octavio Ortiz, Nicolás Antonio Rodríguez y Sabino Marcial, sacerdotes caídos en distintos puntos del país por el mismo delito: estar con el pueblo.
Y entre otros muchos más que se fueron sin titulares.
El 16 de noviembre de 1989 el mundo vio hasta dónde llegó el odio: 6 jesuitas de la UCA, Julia Elba Ramos y su hija Celina, ejecutados en el campus universitario. Su crimen fue proponer diálogo cuando el gobierno solo ofrecía plomo.
Según Vatican News, durante el conflicto fueron asesinados alrededor de 20 sacerdotes, 4 monjas y cientos de catequistas. Monseñor Ricardo Urioste documenta al menos 16 religiosos muertos violentamente.
Pero esas cifras no alcanzan. ¿Quién contó a los celebradores de la Palabra que desaparecieron en Chalatenango? ¿Quién puso nombre a la catequista hallada en una fosa en Morazán? Eran cientos. Gente de pueblo.
Pensaron que matando al sembrador se secaba la cosecha. Se equivocaron.
Porque hoy, en ese mismo caserío donde cayó un catequista, hay otro enseñando el Padre Nuestro. Porque en esa misma universidad donde mataron jesuitas, los jóvenes siguen preguntando por justicia. Porque la sangre derramada no manchó: regó.
Los llamaron “comunistas con sotana”. En realidad eran incómodos porque caminaban con los de abajo. Denunciaron masacres, desapariciones, hambre. Y en un país donde la injusticia tenía uniforme, eso era sentencia.
Algunos ya van camino a los altares. Otros siguen esperando que el Estado les haga justicia. Pero todos ya vencieron: su muerte no apagó la fe, la encendió.
Si hoy escuchas un canto en una comunidad, si ves una Biblia abierta bajo un palo de mango, si ves a alguien partiendo el pan en un patio… ahí siguen.
Quisieron borrar la fe asesinando a los hijos de Dios. Y la fe les respondió multiplicándose.
Escrito por: Ramón Bracamonte/ para https://sentirconelpueblo.com



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