Monseñor Óscar Arnulfo Romero, el Santo de los pobres de América Latina, nos dejó en su Cuarta Carta Pastoral, Misión de la Iglesia en medio de la crisis del país, del 6 de agosto de 1979, una enseñanza que sigue siendo luz profética para El Salvador de hoy.
“En la misma función de denuncia y conversión profética, la Iglesia recuerda que toda absolutización de una cosa creada es una ofensa al único Absoluto y creador porque erige y sirve a un ídolo que pretende suplantar al mismo Dios”.
Y añadió:
“Además de ofender a Dios, toda absolutización destruye y desorienta al hombre. La vocación del hombre sólo se realiza cuando se promueve su dignidad de hijo de Dios y participa de su vida divina. Esta trascendencia del hombre no es evasión de los problemas de la tierra, ni mucho menos opio que lo distraiga de sus obligaciones de la historia”.
Desde esa clave, Romero desenmascaró los ídolos de su tiempo, que son también los nuestros.
1. La absolutización de la riqueza y de la propiedad privada.
Romero denunció: “Yo denuncio, sobre todo, la absolutización de la riqueza. Este es el gran mal de El Salvador”. Cuando la riqueza se convierte en absoluto, el dinero se vuelve Moloc, un falso dios que exige víctimas humanas. No se condena la riqueza en sí, sino su absolutización, que la hace intocable. Esa idolatría pervierte su fin, impide compartir con el trabajador que levanta la cosecha, y termina destruyendo al mismo propietario injusto. Ofende a Dios y mata al pobre.
2. La absolutización de la seguridad nacional.
Es el ídolo del poder. Romero la señaló como la absolutización del poder y de la política. Cuando el Estado, en nombre de la seguridad nacional, se cree absoluto, toda vida humana se vuelve sacrificable. Entonces aparecen las organizaciones fantasmas, las amenazas de muerte, los secuestros, los que acribillan a balazos. Es el servicio al falso dios. Esa seguridad que dice proteger al pueblo, termina masacrando al pueblo para defender privilegios. Es idolatría horrorosa de dioses que se están cobrando vidas humanas.
3. La absolutización de la organización.
Romero, con equilibrio profético, denunció también la idolatría de la izquierda. Decía: “Cuando mi opción política, mi partido, mi organización, la creo como lo absoluto, y yo no debo dialogar con nadie porque yo tengo la llave de la solución… entonces tenemos también un fanatismo, un sectarismo que es ridículo”. También las organizaciones armadas y políticas, cuando se absolutizan, caen en crimen de idolatría. Unos y otros, derecha e izquierda, pecan en sus polarizaciones contra el mandamiento de Dios. A Dios hay que obedecer. Hoy, esos tres ídolos siguen pidiendo sacrificios en nuestros altares, en nuestras calles y plazas. Por eso la misión de la Iglesia, ayer y hoy, es la misma que nos enseñó Romero: desenmascarar las idolatrías. Idolatría del dinero, idolatría del poder, idolatría de la organización que se cree dueña de la verdad. Porque donde hay un ídolo, hay víctimas. Y donde está el Dios vivo, hay dignidad, justicia y vida para los pobres.
Periódico Ecuménico sentirconelpueblo.com



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