MONSEÑOR ÓSCAR ARNULFO ROMERO ESCUCHÓ EL GRITO Y EL CLAMOR DEL PUEBLO DE DIOS
La voz profética que se hizo carne entre los pobres.
El Salvador vivía con miedo, angustia y terror en los años 70 y 80. Las calles, plazas, templos, comunidades y el campo salvadoreño estaban manchadas con la sangre de obreros, campesinos, sacerdotes, religiosas y catequistas que abrazaban a los pobres para defenderlos de la represión gubernamental a manos de militares.
En medio de esa noche oscura, Dios levantó una voz. No fue la voz de los poderosos ni la de los que callaban por comodidad. Fue la voz de un pastor que decidió quitarse la mitra del privilegio para ponerse las sandalias del pueblo.
Ese pastor fue Monseñor Óscar Arnulfo Romero.
Desde la teología de la liberación, Romero comprendió algo que escandalizaba a muchos: que el Evangelio no se predica desde lejos. Se predica desde la fosa común, desde el cantón quemado, desde la cola del hospital. Entendió que la opción preferencial por los pobres no es una opción pastoral más, es el corazón mismo del Evangelio.
Cada domingo, a través de YSAX, el país entero se detenía. No para oír un sermón bonito. Para oír la verdad. Romero leía los nombres de los asesinados, denunciaba las masacres, consolaba a las madres. Convirtió la homilía en acto profético y la Eucaristía en compromiso.
“Debemos gritar con el pueblo”, decía. Y gritó. Gritó contra la injusticia, contra la tortura, contra el silencio cómplice. Gritó porque había aprendido que el clamor del pueblo es el clamor de Dios. Un Dios que en Jesús se hizo pobre, perseguido y crucificado.
Por eso lo mataron. El 24 de marzo de 1980, mientras alzaba el Cuerpo de Cristo, una bala quiso callar para siempre ese grito. Pero la sangre de los mártires no se derrama en vano. Riega la tierra.
Hoy Romero no está en un retrato. Está en cada comunidad que se organiza para defender la vida. Está en cada catequista que enseña a leer la Biblia con los ojos de los pobres. Está en cada voz que se niega a normalizar el dolor.
La teología de la liberación nos dejó con él una lección urgente: la fe que no se ensucia los pies en el barro del pueblo, no es fe en el Dios de Jesús.
Monseñor Óscar Arnulfo Romero escuchó el grito y el clamor del Pueblo de Dios. Y ese escuchar lo llevó a dar la vida.
Que su ejemplo nos pregunte hoy: ¿Estamos nosotros escuchando todavía?
Escrito por: Nancy Corpeño / para el periódico Sentir con el Pueblo https://sentirconelpueblo.com



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