MONSEÑOR ROMERO: EL ROSTRO DE CRISTO EN LOS ROSTROS QUE SUFREN
La vigencia de la cuarta Carta Pastoral de San Óscar Romero
San Óscar Romero no hablaba en abstracto cuando hablaba de justicia. Le ponía rostro. Le ponía nombre. Le ponía historia.En su cuarta Carta Pastoral, el arzobispo mártir de El Salvador escribió una de las frases más vigentes para entender el país de hoy:”La injusticia social en todo el continente se presenta en El Salvador con rasgos muy trágicos y exigencias cristianas muy urgentes: hoy hay más hombres sometidos a situaciones de mayores injusticias”.Romero no se quedó en la denuncia general. Describió con dolor profético la pobreza concreta. Una pobreza que no es estadística, sino rostro. Rostro de Cristo.Decía el Santo:”La situación de extrema pobreza generalizada adquiere, en la vida real, rasgos muy concretos en los que deberíamos reconocer los rasgos sufrientes de Cristo, el Señor, que nos cuestiona e interpela”.Y los enumeró, uno por uno, como quien hace un examen de conciencia a toda una nación:Rostros de niños golpeados por la pobreza desde antes de nacer, por obstaculizar sus posibilidades de realizarse a causa de deficiencias mentales y corporales irreparables.
Los niños vagos, muchas veces explotados, de nuestras ciudades, fruto de la pobreza y desorganización moral y familiar.Rostros de jóvenes desorientados por no encontrar su lugar en la sociedad; frustrados, sobre todo en zonas rurales y urbanas, por falta de oportunidades y ocupación.Rostros de campesinos que como grupo social viven relegados en casi todo nuestro continente, a veces privados de tierra, en situación de dependencia interna y externa, sometidos a sistemas de comercialización que los explotan.Rostros de obreros frecuentemente mal retribuidos y con dificultades para organizarse y defender sus derechos.Rostros de subempleados y desempleados, despedidos por las duras exigencias de crisis económicas y muchas veces por modelos de desarrollo que someten a los trabajadores y a sus familias a fríos cálculos económicos.Rostros de ancianos, cada día más numerosos, frecuentemente marginados de la sociedad del progreso que prescinde de las personas que no producen.Hoy, esa lista duele porque sigue viva. Y se alarga.Hoy también vemos los rostros de Cristo sufriendo en los vendedores desalojados del Centro Histórico, en las familias desalojadas de sus comunidades, en la flora y fauna de los bosques talados sin misericordia por el sistema mercantil.La cuarta Carta Pastoral de Romero no es un documento del pasado. Es un espejo del presente.Nos recuerda que no hay neutralidad posible frente a la injusticia. O estamos con los rostros que sufren, o estamos del lado de quienes los hacen sufrir.Ese fue el pensamiento de Romero. Y esa es la tarea de la Iglesia ecuménica de hoy: reconocer a Cristo, no en el poder, sino en el pueblo que sigue cargando la cruz.
Escrito por: Alberto Colorado



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