El 17 de febrero de 1980, en la Catedral Metropolitana de San Salvador, Monseñor Romero pronunció una de las homilías más firmes y políticamente trascendentes de su ministerio pastoral. El país atravesaba una fase de violencia política generalizada, con asesinatos, desapariciones forzadas y represión estatal en ascenso, en el contexto previo a la guerra civil.
En ese escenario, Romero ya se había convertido en la voz moral más influyente del país, denunciando públicamente violaciones a los derechos humanos a través de sus homilías dominicales, que eran transmitidas por radio a nivel nacional.
Cuestionó abiertamente la ayuda militar de Estados Unidos, argumentando que ese respaldo fortalecía estructuras represivas responsables de abusos contra la población civil.
En términos teológicos, Romero articuló una lectura evangélica centrada en la opción preferencial por los pobres, enfatizando que la misión pastoral no podía separarse de la realidad histórica concreta.
Esta homilía forma parte del ciclo final de su ministerio profético. Apenas cinco semanas después, el 24 de marzo de 1980, sería asesinado mientras celebraba misa.
Hoy, tras su canonización en 2018, Romero es reconocido oficialmente por la Iglesia Católica como San Óscar Arnulfo Romero, mártir. Sin embargo, más allá del reconocimiento religioso, su homilía del 17 de febrero permanece como testimonio de una Iglesia comprometida con la justicia en uno de los momentos más críticos de la historia salvadoreña.



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