Acariciando a los niños y construyendo escuelas , cómo Oscar Romero.
Acariciar a los niños y construir escuelas como lo hizo Óscar Romero no es un gesto sentimental. Es una declaración de guerra contra la injusticia.
Romero entendió algo que muchos prefieren olvidar: Dios tiene rostro de niño pobre. No habló desde la comodidad de la sacristía de la Iglesia Católica, habló desde la sangre derramada del pueblo. Y cuando un niño era humillado, explotado o condenado a la ignorancia, era Cristo mismo el que volvía a ser crucificado.
Acariciar a los niños es mucho más que un gesto tierno. Es decirles: “Tu vida vale”. Es protegerlos del hambre estructural. Es enfrentarse a sistemas que producen miseria mientras acumulan riqueza obscena. Es denunciar gobiernos que recortan educación pero financian represión. Es señalar a quienes privatizan el futuro y lo convierten en negocio.
Construir escuelas no es levantar cemento. Es levantar conciencia. Es abrir ventanas donde antes había muros. Es romper el destino impuesto por la pobreza. Una escuela en un barrio olvidado es un acto profundamente subversivo. Porque educar al pobre es darle herramientas para cuestionar al poderoso.
Romero fue asesinado en 1980 en San Salvador por tocar intereses intocables. Su voz molestaba. Decía desde el púlpito que la injusticia era pecado mortal. Que la violencia estructural era una blasfemia. Que no se podía comulgar con Cristo y al mismo tiempo sostener un sistema que mata niños lentamente.
Hoy el martirio adopta otras formas. Niños que mueren por desnutrición. Jóvenes atrapados por el narcotráfico. Escuelas abandonadas mientras se inauguran megaproyectos para la foto. La pregunta es clara: ¿Dónde está la Iglesia? ¿Dónde están los pastores? ¿Dónde están los que dicen creer?
Seguir a Romero es elegir bando. No hay neutralidad cuando los niños sufren. O se está con ellos, o se está con quienes los descartan. El Evangelio no permite zonas grises cuando la vida está en juego.
Acariciar a los niños hoy exige políticas públicas valientes. Exige presupuesto para educación y no para corrupción. Exige comunidades que vigilen, que exijan, que participen. Exige una Iglesia que vuelva a ser incómoda, que deje de buscar aplausos y recupere la profecía.
Porque cada escuela construida es una bala menos disparada. Cada niño protegido es una derrota para el sistema que se alimenta de la exclusión. Cada maestro comprometido es un profeta silencioso.
Romero no buscó ser héroe. Buscó ser fiel. Y la fidelidad lo llevó a la cruz. Pero su sangre no fue estéril. Se volvió semilla.
Acariciar y construir. Denunciar y anunciar. Amar y transformar. Esa es la profecía. Y no admite cobardes.
Escrito por : JPALESTINALIBRE



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