En el pueblo salvadoreño y en el resto de pueblos latinoamericanos la pastoral de Monseñor Óscar Arnulfo Romero está vigente. No como recuerdo de museo, sino como voz viva. Está vigente porque la dignidad del pobre, del marginado, del oprimido y hasta del reprimido por los gobiernos de turno con la complicidad del poder económico de cada país, sigue siendo pisoteada.
Las palabras en sus escritos pastorales y homilías del ahora Santo de los pobres siguen siendo una antorcha ardiente que ilumina los caminos tortuosos y represivos en que aún viven nuestros pueblos latinoamericanos. Y hoy nos dirigen a ejercer ministerios pastorales auténticos, liberadores y proféticos a la luz de los valores éticos del Evangelio de Jesús. No un evangelio de sacristía, sino el Evangelio de la calle, de la milpa, del mercado.
Monseñor Romero fue un pastor comprometido con la liberación del pueblo pobre de El Salvador. San Óscar Romero hizo del mundo de los pobres su parroquia y del dolor de los marginados el foco de su atención pastoral. Constantemente enfatizó que el mundo al que debe servir la Iglesia es el mundo de los pobres. Porque allí, en ese mundo, vio al Cristo crucificado. No en el Cristo de oro del altar mayor, sino en el Cristo con rostro de campesino, de obrero despedido, de vendedora desalojada, de joven desaparecido.
Monseñor Romero encarnó la “opción preferencial por los pobres”, adoptada en los documentos de Medellín y Puebla, y desarrolló una pastoral que se insertó en el dolor cotidiano. Es más, hizo del sufrimiento de la gente el lugar para la reflexión teológica y de la denuncia de los males y tormentos nacionales su ortopraxis liberadora. Su teología no nació en la biblioteca, nació en el cantón, en la morgue, en la casa del pobre.
Monseñor forjó un ministerio pastoral que desenmascaró la religión que con su silencio se alinea y se pone al servicio de las fuerzas opresivas. Él hizo de la posición eclesial que ocupaba un servicio al pueblo flagelado por la corrupción, la violencia y la opresión. Cada día ofrecía esperanza y salvación a los más necesitados. Hoy nos enseña que no puede darse la verdadera pastoral sin asumir el riesgo de la defensa de las víctimas. Sin ese riesgo, no hay pastoral, hay complicidad.
Romero nos enseña que la vinculación con el sufrimiento de la gente es la única forma de seguir fielmente las huellas de Jesús de Nazaret.
“Lo que me importa es que el pastor tiene que estar donde está el sufrimiento. Y yo he venido, como he ido a todos los lugares donde hay dolor y muerte, a llevar la palabra de consuelo para los que sufren”, expresó Monseñor Romero en ocasión del recibimiento del Doctorado Honoris Causa conferido por la Universidad de Lovaina.
Esa frase lo resume todo. El pastor donde está el sufrimiento. No donde está el poder. No donde están los aplausos. Donde está el dolor. Allí donde hoy está el paciente sin medicina, la comunidad amenazada por la minería, el defensor criminalizado. Allí debe estar la Iglesia.
Romero llevó una pastoral distinta: cercana, viva, compasiva, de acompañamiento y profética junto a su pueblo que tanto amó. Una pastoral que no bendecía la injusticia, sino que la denunciaba.
Y por eso su palabra sigue golpeando conciencias:
“Si uno vive en un cristianismo que es muy bueno, pero que no encaja con este tiempo, que no denuncia las injusticias, que no proclama el Reino de Dios con valentía, que no rechaza el pecado de los hombres, que consiente, por estar bien con ciertas clases, los pecados de esa clase, no está cumpliendo su deber, está pecando, está traicionando su misión”, señaló Monseñor Romero en la Universidad de Lovaina.
Desde esa Teología de la Liberación que él vivió sin llamarla así, Romero nos dice que un cristianismo que no denuncia es traición. Que callar ante el pecado estructural también es pecar.
Romero vio en los pobres al Cristo crucificado y desde su clamor escuchó la voz de Dios. Y esa es la invitación hoy: que también nosotros aprendamos a escuchar a Dios, no en el ruido de los templos lujosos, sino en el clamor bajito y potente del pueblo que sufre y que espera.
Mientras haya un pobre crucificado en El Salvador, Romero seguirá resucitando.
Periódico Ecuménico sentirconelpueblo.com



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