Este 14 de octubre se cumplen 8 años del acontecimiento histórico que hizo llorar de alegría a El Salvador entero: la canonización de Monseñor Óscar Arnulfo Romero.
Fue el 14 de octubre de 2018, en la Plaza de San Pedro, en el Vaticano, bajo un sol radiante y frente a miles de salvadoreños que viajaron con el corazón en la mano. Allí, el Papa Francisco, con voz firme y conmovida, elevó a los altares a nuestro pastor, convirtiéndolo en el primer santo de El Salvador. San Óscar Arnulfo Romero.
Pero para nosotros, su pueblo, Romero ya era santo mucho antes de que Roma lo dijera.
Lo hicimos santo el 24 de marzo de 1980, cuando cayó asesinado en la capilla del Hospitalito Divina Providencia, mientras celebraba la Santa Misa. Su sangre, derramada sobre el altar, fue el sello de su santidad. No hubo que esperar casi 40 años. En ese mismo instante, el pueblo pobre, el pueblo que tanto amó, lo proclamó en voz baja y con lágrimas: ¡San Romero de América!
Durante 38 años caminamos con un santo sin permiso. Lo llevamos en las paredes de adobe, en las comunidades de base, en los cantos, en las marchas, en los guindas. El Vaticano llegó después. El pueblo llegó primero.
Hoy, 8 años después de su canonización oficial, la pregunta ya no es si Romero es santo. La pregunta es: ¿dónde está Romero?Y la respuesta la gritan las comunidades:
¡Romero vive y está presente en medio de su pueblo que tanto amó!
Vive en El Mozote, en El Sumpul, en los lugares sagrados donde se derramó la sangre inocente de las masacres.
Vive en la UCA, donde masacraron a sus hermanos jesuitas y a sus colaboradoras.
Vive en el Bajo Lempa, cuando se defiende el agua contra el despojo.
Vive en Catedral, cuando una madre aún busca a su desaparecido.
Vive en cada joven que no se vende, en cada campesino que no se rinde, en cada mujer que se organiza.
No lo canonizaron para ponerlo en un altar de yeso y olvidarlo. Lo canonizaron porque su vida sigue ardiendo.
Monseñor Romero no es un santo del pasado. Es un santo incómodo del presente. Porque sigue diciendo, con su voz de profeta: “Hay que quitarle la máscara a la violencia que está en la raíz de toda violencia”.
A 8 años de su canonización y a 45 años de su martirio, el pueblo salvadoreño sigue proclamando lo que nunca dejó de creer: San Romero no ha muerto. Se hizo pueblo. Y el pueblo no se deja arrebatar a su santo.
¡Viva San Romero de América, el santo de los pobres!
Alberto Colorado
Periódico Ecuménico sentirconelpueblo.com



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