Reflexión
Óscar Romero, pastor y mártir de nuestro continente, mira cómo está mi país.
Mira la corrupción normalizada. Mira la política convertida en negocio. Mira a los pobres sobreviviendo mientras unos pocos se reparten el poder. Mira a los niños estudiando en escuelas que se caen, a los jóvenes sin horizonte, a las madres cargando solas el peso de la crisis.
Tú que alzaste la voz en San Salvador cuando callar era más seguro, enséñanos a no pactar con la mentira. Tú que incomodaste a los poderosos desde el altar, enséñanos a no domesticar el Evangelio. Porque hoy también quieren una fe muda, una Iglesia decorativa, una espiritualidad que no cuestione nada.
Nuestro país está herido. La violencia cambia de rostro, pero sigue ahí. La injusticia se disfraza de legalidad. La desigualdad se presenta como progreso. Y mientras tanto, el pueblo paga la factura.
Romero, tú dijiste que la Iglesia debía ser voz de los sin voz. Hoy esa voz es urgente. No para incendiar por odio, sino para sacudir conciencias. No para dividir al pueblo, sino para denunciar lo que lo divide: la ambición, el egoísmo, la impunidad.
Danos valentía para llamar pecado a lo que mata. Para señalar estructuras injustas sin miedo. Para defender la educación, la salud y el trabajo digno como derechos, no como favores políticos. Danos pastores que huelan a pueblo y no a privilegio.
Que tu sangre no sea recuerdo piadoso, sino semilla incómoda. Que tu memoria nos obligue a elegir bando: o con los crucificados de la historia, o con quienes los crucifican.
San Romero de Hispanoamérica, no nos dejes caer en la indiferencia.
Que tu profecía despierte nuestra responsabilidad.
Pb. DOUGLAS Calderón Morillas
ICAC PERU



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