Paz y Bien para todos y todas
Mis queridos hermanos y hermanas, la Navidad está una vez más entre nosotros y, con ella, la esperanza de un nuevo comienzo al acercarnos a un nuevo año. Celebramos el nacimiento del Niño Jesús, luz verdadera que viene a iluminar nuestra vida y nuestra historia. Él es nuestra esperanza firme, la señal concreta del amor inmenso de Dios por la humanidad. Como nos recuerda el Evangelio, Dios amó tanto al mundo que envió a su Hijo único para que todo el que crea en Él tenga vida eterna. En Jesús, Dios se acerca, se hace presente y camina con nosotros. Este misterio de la encarnación nos revela que Dios no permanece distante frente al dolor y las luchas del mundo. En Jesús, Emanuel, Dios está con nosotros hoy y siempre. Su presencia no depende de las circunstancias, ni de los tiempos fáciles o difíciles, sino de su fidelidad y de su amor constante. Por eso proclamamos con confianza: Dios es bueno todo el tiempo, y todo el tiempo Dios es bueno. Esta es la esperanza que nos sostiene y la fe que estamos llamados a testimoniar con nuestra vida.
Sin embargo, no podemos cerrar los ojos ante la realidad que nos rodea. Alrededor del mundo continúan sonando las armas de la guerra, se levantan discursos y políticas que rechazan al migrante y dividen a los pueblos. Nuestros hermanos, hijos y familias son golpeados, desplazados y desgarrados por sistemas que privilegian el egoísmo y el miedo. Se levantan muros que nos impiden encontrarnos con el otro, y la vida humana pierde su valor cuando el interés propio se impone sobre la dignidad de la persona.
Frente a esta realidad dolorosa, la Palabra de Dios nos recuerda que la esperanza no nos defrauda, porque Dios ha derramado su amor en nuestros corazones. Precisamente en medio de la oscuridad, la Navidad nos llama a abrir nuevamente nuestras vidas a la esperanza, a la alegría y al amor. Estamos invitados a compartir generosamente con el prójimo, a mirar con compasión al que sufre y a construir puentes allí donde el mundo insiste en levantar barreras.
El profeta Isaías anuncia: “El pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz; una luz ha brillado para los que habitaban en tierra de sombras” (Is 9,2). Hoy esta profecía se cumple para nosotros en el nacimiento de Jesús, nuestro Salvador. En Él, Dios cumple su promesa y nos asegura que la oscuridad no tiene la última palabra. Su luz nos guía, nos orienta y nos invita a caminar con confianza, incluso cuando el futuro parece incierto. Por eso, hermanos y hermanas, este no es un tiempo para el miedo. El mismo mensaje que el ángel proclamó a los pastores en la noche santa resuena hoy en nuestros corazones: “No tengan miedo, porque les traigo una buena noticia que será motivo de gran alegría para todo el pueblo: hoy les ha nacido un Salvador” (Lc 2,10-11). Esta buena noticia sigue siendo actual, sigue renovando nuestra fe y nos invita a confiar en Dios, el Dios con nosotros, que mira al mundo y al ser humano con ojos y corazón nuevos.
La Navidad es, entonces, un tiempo para renovar nuestra esperanza y nuestra alegría. Jesucristo, la luz del mundo, ha venido para iluminar nuestras vidas, pero esta luz no está destinada a quedarse encerrada en nuestros corazones. Es una luz que debe ser compartida, una luz que nos impulsa a salir al encuentro del otro, especialmente de quien más la necesita. Ser cristianos es ser portadores de esperanza, mensajeros de amor y constructores de paz en nuestra comunidad. Cada Navidad nos recuerda que Dios promete darnos “un corazón nuevo y un espíritu nuevo” (Ez 36,26). Esta promesa nos invita a dejarnos transformar por el amor de Dios, superando el individualismo y aprendiendo a vivir como un pueblo unido. Solo un corazón renovado puede vencer el egoísmo, sanar las divisiones y construir una comunidad basada en la solidaridad y la justicia.
Necesitamos permanecer unidos, unidos a Cristo, para reflejar la imagen de Dios en el mundo. Solo así aprenderemos a amar de verdad, a mostrar compasión y a practicar la justicia. Unidos a Él, somos llamados a ser testigos vivos de su amor en medio de una sociedad herida y necesitada de esperanza.
Mi exhortación en esta Navidad y al inicio de un nuevo año es que permitamos que la esperanza, la alegría y el amor de Cristo transformen profundamente nuestros corazones. Que compartamos con generosidad los dones que Dios nos ha regalado y que seamos verdaderos testigos de la esperanza. Que la alegría del nacimiento de nuestro Salvador ilumine nuestras vidas, y que la esperanza en el amor de Dios permanezca siempre con todos ustedes. Amén.



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