Urge una Iglesia que no susurre, sino que grite cuando el pueblo es pisoteado.

No una Iglesia acomodada en sacristías limpias mientras el barrio se desangra. No una Iglesia neutral frente a la injusticia. La neutralidad, cuando el pobre sufre, es complicidad.
Óscar Arnulfo Romero no fue valiente porque le gustara el conflicto. Fue valiente porque escuchó el clamor de su pueblo. Cuando vio campesinos asesinados, madres llorando, jóvenes desaparecidos, entendió que el Evangelio no es incienso: es denuncia y anuncio. Denuncia del pecado estructural. Anuncio del Reino que empieza aquí.
Hoy urge una Iglesia que: Se ponga del lado de las víctimas, no del poder. Llame pecado a lo que mata, aunque incomode.
Defienda la vida desde el vientre pobre hasta el anciano abandonado.
Camine con el pueblo, no por encima del pueblo.
Romero no buscó morir; buscó ser fiel. Y la fidelidad tiene precio. Una Iglesia que levanta la voz perderá privilegios, pero ganará credibilidad.
Si la Iglesia calla ante la corrupción, la violencia y la explotación, deja de ser profética. Y una Iglesia sin profecía es un templo vacío.
El Evangelio no se negocia. O está con los crucificados de la historia, o traiciona al Crucificado.
Escrito por: PD. DOUGLAS/ICAC


