LOS MORDISCOS DEL HAMBRE
(Dt. 8,2-3.14b-16a)
(Jn.6,51-58)
Para comer, lo primero que necesitamos es tener hambre y hacernos cargo del hambre de los demás.
Y además, es conveniente decir, desde el principio, que es una gran equivocación confundir el hambre con las ganas de comer…
Porque la verdadera hambre es aquella que nunca se sacia con cualquier cosa…
Sin embargo, las ganas de comer y el desconsuelo de estómago, lo disimulamos facilmente a base de picoteo, de golosinas o de comida basura.
Él libro del Deuteronomio está salpicado de verbos de memoria que no podemos dejar de conjugar en nuestra vida diaria.
A lo largo del texto se repiten, con frecuencia, expresiones como estas:
“recuerda”, “no olvides”…

Y es que Dios está hablando a un pueblo que en su camino hacia la libertad tuvo que pasar por un desierto lleno de peligros y dificultades … y no podía olvidar nunca como Dios lo fue liberando de su hambre y de su sed a lo largo de un camino que a veces se hacia interminable.
Lo mismo nos puede ocurrir a nosotros…
Por eso, es bueno que experimentemos en carne propia los mordiscos del hambre y que conectemos, solidarios, con todos los hambrientos … para poder buscar juntos y llenos de entusiasmo, el único pan que garantiza la vida y que Jesús nos ofrece en la Eucaristía.
El drama de muchos, que nos llamamos cristianos, es que nunca hemos pasado hambre… y por eso, nos tragamos “sin ganas” el pan que nos ofrece Jesús porque ya tenemos el estómago lleno de cosas muy poco saludables, que inflan nuestra tripa y no nos alimentan.
Por eso, el Dios de los excluidos de la tierra ha querido vincular su presencia al pan que es el alimento de supervivencia de los más pobres.
En un bocado tan diminuto como un mendrugo de pan está el que puede devolvernos la esperanza de alcanzar, con creces, nuestros más grandes anhelos de vida y libertad.
Para ello, Jesús picapedrero nos quiere enseñar este oficio delicado y peligroso de romper nuestros corazones de piedra para extraer del fondo subterráneo de nuestro ser los elementos más valiosos y los tesoros más ocultos.
Aprender a vaciarnos de todo lo superfluo para poder estar cerca de los seres humanos más vulnerables, los más golpeados, los de la vida partida … porque es, precisamente allí, donde Jesús parte su pan.
En la Eucaristía es donde él se entrega partido y repartido, generando en nosotros la misma dinámica de compartirlo todo:
- el pan,
- el tiempo,
- la escucha,
- el silencio,
- la alegría,
- la esperanza,
- el dolor,
- el amor,
- el humor…
- la vida…
Por MANUEL VELÁZQUEZ MARTÍN



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