Desde antes de que el sol terminara de salir sobre las calles de San Salvador, el aire ya se sentía distinto este 8 de marzo. Sumado al calor habitual de la época; era la vibración de miles de voces que, desde antes de las 8:00a.m., comenzaron a concentrarse en la Plaza al Salvador del Mundo y el Parque Cuscatlán (entre otras actividades). Consignas de lucha, cánticos de resistencia y abrazos de sororidad tejieron una red poderosa que unió a generaciones de mujeres salvadoreñas.
Sin embargo, este año, la movilización no solo ocurrió en las calles. A las 10:00 a.m., en el silencio solemne de la Cripta de la Catedral Metropolitana —bajo la mirada de San Romero—, la liturgia ofreció un espejo milenario para la realidad actual: el encuentro de Jesús con la mujer samaritana.
La condena del mediodía
El pasaje bíblico narra que la mujer de Samaria acudía al pozo al mediodía. En aquella época, las mujeres buscaban agua al amanecer o al atardecer para evitar el rigor del sol. Ir a las doce del día no era un descuido; era una estrategia de supervivencia social. Ella caminaba bajo el fuego del cenit para no encontrarse con nadie, para evitar las burlas, los señalamientos y el juicio de una sociedad que ya la había condenado por su historia personal.
Esta “soledad obligada” de la samaritana resuena hoy en las plazas de El Salvador. Representa a la mujer que teme caminar por ciertas calles, a la que es señalada por su cuerpo, por sus decisiones o por su pobreza. El “mediodía” de la samaritana es el aislamiento al que el patriarcado condena a quienes no encajan en el molde de la “perfección” impuesta.
La revolución de la realidad
El encuentro en el pozo rompe todos los esquemas. Jesús, en un acto profundamente subversivo para su tiempo, ignora las barreras de género, etnia y moralidad religiosa. Como un auténtico revolucionario del espíritu, no se acerca a ella para indagar en su “pecado” o exigirle una pureza inexistente; se acerca para reconocer su humanidad.
No busca la perfección; busca la realidad del ser humano. Al pedirle agua y luego ofrecerle “agua viva”, valida su existencia y la convierte en la primer apóstol de su comunidad. En este gesto, la Teología de la Liberación encuentra una base fundamental: la opción preferencial por los oprimidos no es una abstracción, es el acto de sentarse a la par de quien ha sido desplazado y devolverle su voz.
Liberación y humanismo
Desde la perspectiva del Humanismo Cristiano y la Teología de la Liberación, la lucha de las mujeres no es un accesorio a la fe, sino una condición sine qua non (sin la cual no) para la justicia. La liberación no puede ser parcial; si la mujer está oprimida, el pueblo entero está encadenado.
Es imperativo aclarar un punto crucial: la lucha del 8 de marzo no es una lucha religiosa. De hecho, debemos reconocer con honestidad y autocrítica que las instituciones religiosas, a lo largo de los siglos, han sido estructuras de opresión. Han utilizado los textos para justificar la sumisión, el silencio y la invisibilización femenina.
No obstante, la Teología de la Liberación propone una ruptura con esa religión anestésica. Propone una fe que se ensucia los pies en las marchas y que entiende que el “Reino” comienza aquí, con salarios dignos, con el fin de los feminicidios y con el respeto absoluto a la autonomía de las mujeres.
En la cripta y la calle
Mientras en la Cripta se recordaba que Dios se revela a través de una mujer marginada, en las plazas las mujeres salvadoreñas reclamaban su derecho a no tener que esconderse nunca más a las “doce del mediodía”.
La sororidad que se vivió este 8 de marzo es la versión moderna de aquel encuentro en el pozo. Es el reconocimiento de que, ante un sistema que juzga y excluye, la respuesta es la organización y el acompañamiento. La lucha por la liberación de la mujer es un imperativo humanista que trasciende cualquier dogma, pero que encuentra en figuras como el Jesús histórico a un aliado que prefirió la verdad de una mujer herida por encima de la hipocresía de los doctores de la ley. El Salvador despertó hoy con la certeza de que el agua de la justicia debe correr para todas, y que el tiempo de los señalamientos en el pozo ha terminado. La resistencia es, ahora, el agua de liberación.
Por: Luis Rafael Moreira Flores



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