En El Salvador la Semana Santa no termina el Domingo de Resurrección. Se prolonga los 365 días del año. Porque aquí la cruz no es solo madera y clavos. Es hambre. Es desempleo. Es violencia. Es la puerta del hospital cerrada. Es el joven que se va porque ya no hay futuro. Desde la teología de la liberación decimos algo sencillo y escandaloso: Jesús no está lejos de los crucificados de hoy. Está crucificado con ellos. La cruz de Cristo.
La cruz de Cristo es el lugar donde Dios se hizo solidario hasta el extremo. No fue un accidente. Fue consecuencia de anunciar Buena Noticia a los pobres, de denunciar a los poderosos, de defender la vida.Monseñor Romero, el Santo de los pobres, marginados y oprimidos, lo predicó sin miedo:
“La Iglesia no puede quedarse indiferente ante el clamor de un pueblo que sufre. Una Iglesia que no sufre con el pueblo no es la verdadera Iglesia de Jesucristo.”
Y también: “Cristo se sigue crucificando en el pobre, en el campesino, en el obrero, en el estudiante, en el que es torturado y desaparecido.”Para Romero, la cruz era brújula. Si queremos encontrar a Cristo, hay que buscarlo donde hay dolor.La cruz que cargan los hijos de Dios en El Salvador
Hoy, en 2026, las cruces tienen otros nombres pero el mismo peso:La cruz de la pobreza que se ha profundizado. La canasta básica sube y el salario se queda.
La cruz del desempleo. El joven entrega hojas de vida y recibe silencio.
La cruz del hambre. Decidir entre medicina o comida.
La cruz de la violación a los derechos humanos. Hablar y tener miedo. Denunciar y ser señalado.
La cruz de la injusticia. Impunidad para unos, cárcel o exilio para otros.
La cruz de una salud y educación que no alcanzan para todos.Jesús está ahí. No mirando desde lejos. Está en el que hace fila desde las 3 de la mañana. Está en la madre soltera. Está en el campesino que pierde la cosecha por el invierno. Está en el que migra porque no le quedó otra.Romero lo decía en su homilía: “El pueblo crucificado es el sacramento histórico de Cristo. En él se revela el Señor que sufre, que muere y que resucita.”¿Qué nos dice esta teología?
Que no podemos separar la Eucaristía de la calle. Que no podemos cantar “Hosanna” el domingo y callar la injusticia el lunes.La teología de la liberación no romantiza el sufrimiento. Lo denuncia. Y anuncia que Dios está del lado de la vida. Por eso la cruz nos llama a la solidaridad: cargar con el hermano, compartir el pan, la medicina, la palabra. Y nos llama también a la denuncia profética: llamar pecado estructural a lo que mata al pueblo. Como hizo Romero: “En nombre de Dios, en nombre de este pueblo sufrido, les pido, les suplico, les ordeno: ¡Cese la represión!”De la cruz a la resurrección
La cruz sin resurrección es desesperanza. Pero la resurrección sin cruz es mentira.El Salvador resucita cada vez que una comunidad se organiza para cuidar el agua.
Resucita cuando un maestro enseña con dignidad aunque no le paguen a tiempo.
Resucita cuando una madre defiende a su hijo del abandono.
Resucita cuando el pueblo no pierde la fe de que otro país es posible.Romero nos dejó esta esperanza: “Si me matan, resucitaré en el pueblo salvadoreño.” Y resucitó. En las comunidades. En los mártires. En los que siguen caminando con los pobres.Hoy no basta con cargar una cruz de madera en la procesión. Hay que cargar la cruz del otro. Hay que bajar al crucificado de la cruz de la pobreza, del desempleo, del hambre y de la violencia.Porque el Evangelio que no libera es ideología.
Y la fe que no se hace justicia es oración vacía.Que la cruz de Cristo nos duela.
Y que la cruz que cargan los hijos de Dios nos mueva.Hasta que no haya más crucificados en El Salvador, seguiremos caminando con Cristo, de cruz en cruz, de pueblo en pueblo, hacia la resurrección.
Por Nancy Corpeño / para sentirconelpueblo.com



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