El Que Muere por la Vida no Puede Llamarse Muerto
En El Salvador la muerte no tuvo la última palabra. La tuvo la vida. Porque aquí, en esta Patria de Monseñor Óscar Arnulfo Romero, aprendimos que hay muertes que siembran. Hay sangre que no mancha, fertiliza. Hay mártires que no se fueron: se quedaron caminando en el pueblo.
La historia reciente de la Iglesia en El Salvador está marcada y teñida con la sangre de hombres y mujeres que siguieron las huellas de Jesús de Nazaret para socorrer a los más pobres, que son los preferidos del Señor. No murieron por fanatismo. Murieron por amor. Murieron por estar en el lugar correcto: al lado del que sufre.Templos, calles y plazas teñidas de profecía
Los templos, las calles, las plazas de esta tierra están teñidas con la sangre de un Arzobispo, sacerdotes, pastores, catequistas, celebradores de la Palabra y hermanas religiosas que entregaron sus vidas por defender a los más pobres, marginados y oprimidos por un sistema injusto e inhumano.Desde la teología de la liberación entendemos su martirio así: Dios no es neutral. Dios se pone del lado de la víctima. Y cuando la Iglesia se pone donde está Dios, el poder responde con balas. Pero la bala no mata la semilla.Nombres que no se olvidan
Porque nombrar es resucitar. Y hoy los nombramos:Monseñor Óscar Arnulfo Romero, Arzobispo de San Salvador. Asesinado el 24 de marzo de 1980 mientras celebraba la Eucaristía. Voz de los sin voz. Santo de los pobres, marginados y oprimidos.
Padre Rutilio Grande, jesuita. Asesinado el 12 de marzo de 1977 en El Paisnal. El primero que le enseñó a Romero a mirar con ojos de campesino.
Padre Alirio Napoleón Macías, asesinado el 4 de agosto de 1979 en San Esteban Catarina, San Vicente. Cura de pueblo.
Padres jesuitas de la UCA: Ignacio Ellacuría, Ignacio Martín-Baró, Segundo Montes, Juan Ramón Moreno, Amando López y Joaquín López y López, junto a Elba Ramos y su hija Celia Ramos. Masacrados el 16 de noviembre de 1989. Pensaron, enseñaron y murieron con el pueblo.
Hermana Dorothy Kazel, Hermana Ita Ford, Hermana Maura Clarke y la laica Jean Donovan, misioneras estadounidenses. Asesinadas el 2 de diciembre de 1980. Vinieron a servir y se quedaron sembradas.
Hermana Carlota Valenzuela, religiosa, asesinada el 5 de abril de 1989.
Catequistas y celebradores de la Palabra de las comunidades: Natividad de Jesús Miranda, Manuel Solórzano, Vicente Ramírez, y tantos otros cuyos nombres están escritos en el corazón de Dios y en la memoria de sus comunidades.
Pastores evangélicos como Arturo Dowson, asesinado en 1989 por denunciar la injusticia.Y junto a ellos, miles de campesinos, maestros, estudiantes, madres, jóvenes. El pueblo crucificado que Monseñor Romero llamó “el sacramento histórico de Cristo”.El que muere por la vida no puede llamarse muerto
Murieron, sí. Pero no están muertos. Viven en la catequista que sigue enseñando con el rosario y la azada.
Viven en el joven que no se vende.
Viven en la comunidad que organiza la olla común.
Viven en el maestro que educa aunque no le alcance el salario.
Viven cada vez que alguien dice “no” a la injusticia y “sí” a la dignidad.Monseñor Romero lo profetizó: “Si me matan, resucitaré en el pueblo salvadoreño.” Y resucitó. Resucitó en cada uno de estos nombres. Resucitó en un pueblo que no ha perdido la esperanza.La teología de la liberación nos grita hoy: la fe sin justicia es ideología. La Eucaristía sin pan para todos es una mesa a medias. Celebrar mártires sin imitarlos es traicionar su sangre.¿Para qué recordarlos?
Para que su sangre siga siendo semilla.
Para que el sistema injusto e inhumano no tenga la última palabra.
Para que El Salvador entienda que la verdadera seguridad se construye con trabajo digno, salud, educación y derechos respetados.
Para que aprendamos que amar al pobre es la forma más concreta de amar a Dios.El que muere por la vida no puede llamarse muerto.
Se llama Romero. Se llama Rutilio. Se llama Alirio. Se llama Ellacuría. Se llaman Dorothy, Ita, Maura y Jean. Se llaman por los miles de nombres que todavía no conocemos, pero que Dios sí conoce.Y mientras haya un pobre en El Salvador, ellos seguirán vivos.
Caminando con nosotros.
De cruz en cruz.
De pueblo en pueblo.
Hacia la resurrección.
Por Nancy Corpeño / para sentirconelpueblo.com



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