En la teoría política clásica, la separación entre la Iglesia y el Estado se planteó como una conquista fundamental de la modernidad para resguardar la libertad de conciencia y evitar la instrumentalización de la fe. Sin embargo, en el escenario latinoamericano y hemisférico del siglo XXI, el pragmatismo electoral ha diluido esa frontera. Dios ya no pertenece únicamente al templo; ha sido reclutado por la propaganda política. Hoy, la divinidad es presentada por los candidatos no como una fuerza trascendente de unidad, sino como un correligionario apasionado, un votante disciplinado o incluso como un estratega que valida proyectos autoritarios o populistas.
El Salvador de Nayib Bukele
El 9 de febrero de 2020 marcó un hito en la reconfiguración del mesianismo político contemporáneo. El presidente salvadoreño, Nayib Bukele, ingresó a la Asamblea Legislativa custodiado por militares y policías armados con fusiles de asalto para presionar a la oposición por la aprobación de un crédito para la seguridad nacional. Ante la mirada atónita de la comunidad internacional, Bukele se sentó en la silla de la presidencia del órgano legislativo, inclinó el rostro y oró.
Al salir ante la multitud convocada a las afueras del recinto, el mandatario justificó la suspensión del ultimátum que había dado a los legisladores invocando un mensaje divino directo: “Le pedí a Dios y Dios me dijo: ‘Paciencia, paciencia'”. La apelación personal a la voz del Creador sirvió para revestir de piedad una demostración de fuerza militar, convirtiendo la obediencia al ejecutivo en un mandato espiritual y la oposición a su gobierno en un pecado de impiedad.
De Donald Trump a la “religión civil” estadounidense
Estados Unidos ha cultivado por décadas una “religión civil” cuyo eslogan institucional por excelencia es “God Bless America” (Dios bendiga a Estados Unidos). Sin embargo, bajo la figura de Donald Trump, la apelación a lo sagrado adquirió un cariz abiertamente faccioso y utilitario.
En junio de 2020, en medio de protestas civiles en Washington D.C., Trump caminó hacia la iglesia episcopal de St. John para posar ante las cámaras sosteniendo una Biblia en la mano, justo después de que la policía dispersara a los manifestantes con gases lacrimógenos. El texto sagrado no funcionó como guía de lectura moral, sino como un cetro de autoridad y soberanía para su base política. Acompañado más adelante por la venta de “Biblias patrióticas” y discursos sobre la protección providencial hacia su persona, el trumpismo convirtió la devoción religiosa en un test de lealtad partidaria dentro del movimiento MAGA (Make America Great Again).
Abelardo de la Espriella y el “¡Viva Cristo Rey!” en Colombia
En Colombia, el discurso del presidente Abelardo de la Espriella ofrece un retrato de la conversión espiritual puesta al servicio de la ambición política. Durante años, el abogado y político se definió públicamente como un ateo militante, llegando a declarar en medios de comunicación que Dios era “inoperante” o que “se defendería mejor al diablo que a Dios”. Sin embargo, conforme avanzaba su estrategia de poder para captar al electorado conservador y religioso, su retórica dio un giro radical hacia la religiosidad fervorosa.
Tras declarar que había abrazado la fe cristiana, De la Espriella convirtió los símbolos de la religión en la columna vertebral de su narrativa política. En su toma de posesión y en sus discursos oficiales, no solo ha invocado la presencia de Dios, sino que ha popularizado el uso de la proclama histórica “¡Que viva Cristo Rey!”. Este despliegue neoconverso ha transformado un eslogan religioso en una marca registrada de gobierno, sirviendo de escudo moral para blindar su administración y descalificar a sus detractores políticos como enemigos de la fe.
El bolsonarismo y el voto evangélico
El caso brasilero ofrece la muestra más articulada del alineamiento entre estamentos religiosos y causas de derecha. Durante las elecciones presidenciales en las que se consolidó el fenómeno del bolsonarismo, la consigna “Brasil acima de tudo, Deus acima de todos” funcionó como el eje estructurante de una alianza decisiva con influyentes cúpulas pentecostales y neopentecostales.
La Iglesia Universal del Reino de Dios, entre otros liderazgos pastorales, convirtieron los púlpitos en extensiones de la tribuna electoral. Se apeló al proselitismo activo durante las actividades de culto, argumentando que la contienda no era un dilema entre proyectos económicos o de gestión pública, sino una batalla espiritual entre el bien y el mal. Al sacralizar la figura política de Jair Bolsonaro, la causa divina quedó atada a una agenda de portación de armas, desregulación de mercados y combate cultural contra los derechos de las minorías.
El “Escudo de las Américas” y la hegemonía del discurso de derecha
Este patrón se repite con fuerza en otros países de la región. En Guatemala, candidatos y gobernantes vinculados al conservadurismo defienden que las autoridades son designadas directamente por mandato divino, un argumento utilizado para neutralizar la fiscalización ciudadana y las investigaciones periodísticas. En Bolivia, el uso de la Biblia en la sede de gobierno durante crisis políticas demostró cómo la fe es invocada para llenar vacíos de legitimidad institucional.
Para la derecha continental, la retórica cristiana cumple una función homogeneizadora: la patria, la familia tradicional y la propiedad privada se elevan a preceptos divinos, etiquetando cualquier proyecto de reforma distributiva o social como una afrenta directa a los mandamientos de la fe.
La izquierda también reza
Atribuir “la fe” de manera exclusiva a las corrientes de derecha sería un error analítico. Aunque la derecha apela a la religión como garante del orden moral y las costumbres tradicionales, diversos movimientos y liderazgos de izquierda en la región invocan a Dios de forma constante dentro de sus estrategias electorales.
Venezuela recurre de manera habitual a la figura del “Jesucristo revolucionario” y a la bendición divina para convalidar su proceso político, organizando actos con movimientos evangélicos e incorporando terminología litúrgica en sus alocuciones estatales. En Nicaragua, el gobierno Ortega-Murillo adoptó la consigna de una Nicaragua “Cristiana, Socialista y Solidaria”, entrelazando el lenguaje místico con el discurso del partido.
Mientras haya campañas políticas partidarias
El uso utilitario del nombre de Dios superará con frecuencia las barreras ideológicas y las fronteras geográficas del hemisferio. En el afán de sumar simpatías electorales y blindarse éticamente frente a las críticas de la opinión pública, la clase política en su conjunto ha sucumbido a la tentación de personificar la fe.
Cuando los candidatos o gobernantes sostienen que la divinidad aprueba sus decretos, le habla al oído o respalda sus plataformas políticas, despojan al debate público de la deliberación secular y de la responsabilidad civil. En la dinámica electoral contemporánea, casi todos los políticos hablan de Dios como si este fuera un militante de base o un correligionario incondicional de su propia causa.
Por: Luis Rafael Moreira Flores



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