Hay Iglesias que se encierran. Y hay Iglesias que salen. Monseñor Óscar Arnulfo Romero escogió salir. Salir al encuentro del pueblo pobre, del pueblo sin pan, sin tierra, sin voz. Y desde ahí, entendió que ser Iglesia no es custodiar un templo, sino defender la dignidad humana.
“La Iglesia, pues, traicionaría su mismo amor a Dios y su fidelidad al Evangelio si dejara de ser voz de los que no tienen voz, defensora de los derechos de los pobres, animadora de todo anhelo justo de liberación, orientadora, potenciadora y humanizadora de toda lucha legítima por conseguir una sociedad más justa”.
No hay frase más romeriana que esa. Ser voz de los sin voz no es una consigna. Es la esencia del Evangelio. Romero comprendió que una Iglesia que no defiende a los pobres, se traiciona a sí misma. Traiciona su amor a Dios.
Por eso su Iglesia no fue una Iglesia de oficina. Fue una Iglesia perseguida. Fue una Iglesia con olor a pueblo. Fue una Iglesia que puso el cuerpo.
“Esto exige una Iglesia con mayor inserción en los pobres, con quienes debería de solidarizarse hasta en sus rasgos y destino de persecución, dispuesta a dar el máximo testimonio de amor por defender y promover a quienes Jesús de Nazaret amó con preferencia”, nos recuerda su Cuarta Carta Pastoral.
Romero no habla de una solidaridad de discurso. Habla de una solidaridad de destino. Compartir hasta la persecución. Compartir hasta el riesgo. Compartir hasta la cruz. Esa es la Iglesia que él soñó. Una Iglesia que no solo visita al pobre, sino que se hace pobre con el pobre. Que no solo habla del pobre, sino que habla desde el pobre.
Monseñor Romero fue un hombre de fe y de gran humanidad y decía: “Hay que tener un oído puesto en la palabra de Dios y el otro oído puesto en el pueblo y su realidad…”. Así fue descubriendo el sufrimiento del pueblo pobre de El Salvador.
Un oído en Dios. Otro en el pueblo. Esa fue su brújula. Así no se equivocó. Porque la Palabra sin el pueblo se hace abstracta. Y el pueblo sin la Palabra se queda sin esperanza. Romero los unió.
Hoy, cuando tantos quisieran una Iglesia silenciosa, que no moleste, que no se meta, la voz de Romero sigue gritando: la Iglesia tiene que ser defensora de los derechos de los pobres. Si no, no es Iglesia de Jesús.
Y defender los derechos hoy es defender el agua, la tierra, la memoria, el trabajo digno, la libertad. Es defender a la madre que no tiene qué darle a sus hijos. Al joven que migra porque no tiene futuro. A la comunidad que le quieren imponer un basurero sobre sus muertos.
Esa es la Iglesia que Romero nos dejó. La Iglesia que no calla. La Iglesia que ama hasta dar la vida.
Periódico Ecuménico sentirconelpueblo.com



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