La situación de extrema pobreza generalizada que vive El Salvador no es un dato frío de las estadísticas. Adquiere en la vida real rostros muy concretos, rostros llagados y dolientes en los que deberíamos reconocer los rasgos sufrientes de Cristo, que nos cuestiona e interpela.
No es una pobreza sin nombre. Tiene nombre, tiene historia, tiene lágrimas. Es el Cristo crucificado que camina hoy por nuestras calles, cantones y comunidades.
Son rostros de niños, mujeres y ancianos golpeados por la pobreza. Niños que se duermen con hambre, mujeres que estiran un puñado de frijoles para cinco, ancianos que mueren sin medicina y sin pensión. Ahí está Cristo pidiendo pan.
Son rostros de jóvenes desorientados por no encontrar oportunidades. Jóvenes sin empleo, sin universidad, sin futuro, a quienes el sistema solo les ofrece la migración forzada o la estigmatización. Ahí está Cristo joven, a quien le cierran las puertas.
Son rostros de campesinos sin tierras relegados sin apoyo estatal. Hombres y mujeres que cultivan la tierra que no es suya, abandonados por el Estado, sin crédito, sin asistencia, viendo cómo les arrebatan hasta el agua. Ahí está Cristo campesino, sin tierra.
Son rostros de obreros mal pagados. Obreros que madrugan y se quiebran la espalda por un salario mínimo que no cubre ni la canasta básica. Explotados en maquilas, fincas y construcciones. Ahí está Cristo obrero de Nazaret.
Son rostros de vendedores desalojados para darle paso al desarrollo de grandes empresas. Madres vendedoras del mercado, desalojadas con antimotines para entregar sus espacios a los grandes centros comerciales. Un desarrollo sin el pobre es contra el pobre. Ahí está Cristo expulsado del templo.
Son rostros de empleados despedidos del gobierno. Trabajadores lanzados a la calle de un día para otro, sin indemnización justa, sin esperanza, con familias que sostener. Ahí está Cristo desempleado y humillado.
Son rostros de comunidades originarias desalojadas. Pueblos que cuidaron la madre tierra por siglos y hoy son despojados para la minería y el negocio turístico. Ahí está Cristo despojado de su herencia.
Esta es la misma pobreza que Monseñor Óscar Arnulfo Romero denunció y que sigue viva en las comunidades que él abrazó, bendijo y por las que entregó su vida.
El Salvador no necesita que le tapen el rostro a Cristo con discursos de prosperidad. Necesita que lo bajemos de la cruz. Porque cada vez que aliviamos a uno de esos rostros, estamos aliviando al mismo Cristo sufriente.
Alberto Colorado
Periódico Ecuménico sentirconelpueblo.com



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