Hay historias que no se escriben, se tejen.Y la mía, lo reconozco, tiene hilo ignaciano, aunque a ratos parezca que, más que seguir a Ignacio de Loyola, nos andamos persiguiendo mutuamente.
Porque, seamos honestas, una no elige a los jesuitas así como quien escoge café o té. Más bien aparecen, se atraviesan, se quedan. Y, cuando menos te das cuenta, ya estás haciendo Ejercicios, escribiendo teología y hasta esperando con ilusión los martes como si fueran fiesta litúrgica, pero con canciones y sonrisa incluida.

Todo empezó, o al menos así lo entiendo ahora, en la etapa universitaria. Como estudiante de la escuela de Derecho, yo formaba parte de la Unión Femenina de Estudiantes Católicas, la UFEC. Y ahí otro jesuita dejó una huella profunda, el padre Hernán Villarreal.
Con él aprendí la centralidad de las juventudes como sujeto vivo de la Iglesia y de la transformación social. Nos convocaba no solo a reunirnos, sino a pensar, a discernir y a asumir la fe con responsabilidad histórica. De su mano fuimos comprendiendo que vivíamos un tiempo de intensas transformaciones sociales, políticas y eclesiales, marcadas por el impulso del Concilio Vaticano II.
En 1971 Luis y Yo celebramos el sacramento de mi matrimonio, donde Guillermo Zermeño, S.J., fue testigo. Ahí, en lo solemne, ya se asomaba lo que vendría, una espiritualidad que no se queda en el altar, sino que baja a la vida, la acompaña, la cuestiona y, a veces, hasta la desordena un poco, porque para eso es la RUAH, que sopla donde quiere.

En la década de los ochenta, en México, vivimos la etapa de los llamados obispos rojos, Adalberto Almeida, Sergio Méndez Arceo, Samuel Ruiz, Arturo Lona, Raúl Vera, y el jesuita José Llaguno, con quien me tocó participar en alguna Semana Santa en la sierra de Chihuahua.
Don Adalberto Almeida, mi arzobispo de Chihuahua, permitió que estudiara cinco años de teología en un seminario al que asistían únicamente hombres ( Vaticano II se hizo presente ) Y justo ahí, en el seminario, Juan Manuel Mata, S.J., fue mi maestro de Eucaristía. Con él aprendí algo que no se olvida, que la Eucaristía no es solo rito, sino vida compartida, cuerpo entregado, memoria viva que se encarna en la historia concreta.
Después vinieron los Ejercicios Ignacianos. En Torreón, en Casa Iñigo, con el padre Enrique Ponce de León, S.J., dos fines de semana con amigas queridas como la periodista Marcela Turati y la defensora de derechos humanos Emilia González ( + ) y también una Semana Santa en Puente Grande, Jalisco, con Patacho Morfín S.J
Y ahí fui descubriendo ese secreto ignaciano que no es tan secreto, que Dios habla bajito, pero insiste, sobre todo en lo cotidiano.
Luego apareció Javier el Pato Ávila, ese jesuita, mi entrañable amigo, que canta, baila y se deja evangelizar por los pueblos rarámuri de la sierra de Chihuahua México desde hace más de cuarenta años. Y ahí ya no hay duda, si el Evangelio no se puede danzar, algo estamos entendiendo mal.
El Pato, además, bautizó a mi nieta y a mi nieto, así que ya no solo es parte de mi historia, sino de la historia que viene detrás de mí. Más de cuatro décadas hemos caminado en protestas, en celebraciones, en la vida.

Y antes de mi llegada a Barcelona, porque apenas tengo siete años aquí y mi historia está profundamente sembrada en Chihuahua, México, cuando me despedí de él en el año 2019, Pato me colocó su crucifijo al cuello y me dijo, tómalo, me lo regresas.
Ese gesto se volvió símbolo de nuestro cariño tejido durante décadas y también promesa de regreso.
Cuando la delegación mexicana fue una de las que se embarcó en la flotilla rumbo a Gaza, fui a despedirles en Barcelona y les entregué tres símbolos, una imagen de la Virgen de Guadalupe, la bandera mexicana que me acompañó por más de tres décadas en las protestas y la cruz del padre Pato Ávila.
Después, cuando el ejército israelí asaltó la flotilla, ordenaron tirar todo lo que llevaban. Y así, la cruz jesuita se sumergió en el mar, acompañando,a las miles de personas migrantes que ahí han perdido la vida, como si también ella decidiera no dejarlas solas.
El año pasado la vida me llevó a Manresa, la cueva, el símbolo, el corazón del fuego ignaciano, y ahí, de la mano del padre Pato, conocí a Xavier Melloni. Yo iba de acompañante y salí convertida en su fan, porque hay encuentros que no se planean, se revelan y ahora escucho todas sus conferencias y no pierdo la esperanza de ir al nuevo lugar en que ahora se encuentra.
Yo me asumo discípula de Jesús, sí, y aspiro, aunque todavía me quede bastante grande, a ser profeta y mística.
Pero mi teología no nació en los libros. Nació con los pies en la tierra, en colectivo, en el acompañamiento a las madres buscadoras, a las víctimas de trata, de violencias machistas y a las familias de víctimas de feminicidio. Las y los campesinos que defienden la madre tierra Durante más de cuarenta años he caminado con ellas.
Por eso lo que hago es una teología desde la vida cotidiana, desde el dolor y la dignidad, desde la resistencia y la esperanza encarnada.
Y esa forma de hacer teología también me la enseñó otro jesuita, el padre José. Como en los Ejercicios ignacianos, él llegaba con La Jornada el principal periódico de izquierda de México y me invitaba a leer y luego a tomar la biblia para que iluminara la realidad desde la Palabra. Ahí entendí que Dios también habla en las noticias, en las heridas abiertas del país, en la historia viva.
En ese mismo camino encontré a Carlos Beristain, quien nos compartió el legado de Ignacio Martín Baró, sacerdote jesuita asesinado en El Salvador. Así, en mi misión como defensora de derechos humanos, incorporé en el acompañamiento a víctimas lo que él nos enseñó, que el acompañamiento psicosocial es una práctica profundamente liberadora, capaz de devolver sentido, dignidad y capacidad de resistencia en medio de la impunidad.
El Obispo Romero no pertenecía a ninguna congregación religiosa (ni jesuitas, ni franciscanos, etc.).Fue formado en seminarios diocesanos y en Roma, Pero su proceso de conversión estuvo profundamente marcado por jesuitas, especialmente por el asesinato de su amigo el jesuita Rutilio Grande y yo lo consideré mi santo preferido mucho antes que fuera canonizado
Y como si esta historia no estuviera ya suficientemente habitada de jesuitas, la vida me regaló otro encuentro, el del hermano Papa Francisco.
Fue en 2016, en Ciudad Juárez. Me acerqué para entregarle dibujos que hicieron niñas y niños, hijas e hijos de personas desaparecidas, y un documento construido por campesinas y campesinos que, inspirados por Laudato Si’, hicieron suyas las bienaventuranzas desde la tierra, el despojo y la esperanza:
Marcharon a bordo de 200 tractores portando en su principal instrumento de trabajo, mantas que rezaban las bienaventuranzas
Bienaventuradas/ os quienes son revolucionarias y revolucionarios como elEvangelio.
Bienaventuradas/os los pueblos que se organizan y respetan la naturaleza.
Bienaventuradas /os quienes acompañan a las víctimas y enjugan su rostro.
Bienaventuradas / os quienes cuidan el agua del desierto.
No los dejaron entrar. Los llevaron lejos.
Pero ese día algo en mí no aceptó la distancia. Rompí el protocolo. Subí hasta donde se encontraba Francisco. Entregué los dibujos y la carta.
Y cuando me retiraba, escuché, espere, el Papa quiere verle.
Regresé. Me miró. Me bendijo. Y puso en mis manos un rosario que es un tesoro para mi.
Ese rosario es memoria, consuelo y compromiso. Cada noche, al recorrer sus cuentas, aparecen los rostros de mujeres, de madres buscadoras, de pueblos que resisten, de sacerdotes , religiosas y laicas que hacen creíble el evangelio.
Y en cada cuenta se reafirma una certeza, la fe no es resignación, es fuerza subversiva.
Y en ese mismo horizonte de fe encarnada, fui invitada por Front Line Defenders a Irlanda, donde denuncié el asesinato de los jesuitas Javier Campos Morales y Joaquín Mora Salazar, Gallo y Morita, asesinados en Cerocahui en la sierra de Chihuahua en el 2022, junto con el guía Pedro Palma.
Nombrarlos fue dolor, pero también fidelidad, porque su vida sigue siendo semilla de justicia.
Y la vida, con ese humor fino que tiene, me trajo después a Barcelona, donde me encontré con gente entrañable de Cristianisme i Justícia. Ahí, gracias a la generosidad y mirada de Anna Barna Codina, fui incluida en el anuario Justicia Prometida.
También he tenido el privilegio de publicar en Mirada SJ.
Y entonces llega ese momento que yo llamo, sin exagerar, la cereza del pastel, la Red Miriam.
Ese lugar donde no tengo que explicar demasiado. Donde Ignacio se vuelve mujer, comunidad, sororidad. Donde los Ejercicios se encarnan en la vida ordinaria.
Y es ahí donde los martes cobran todo su sentido.
Desde el 8 de septiembre de 2025, en medio de la vulnerabilidad que atravieso por el cáncer avanzado , llega puntualmente a mi casa María Antonia Borgoñez. Llega con su sonrisa, con sus cantos, con su palabra. Llega como acompañante, como amiga, como presencia fiel.
Y juntas hacemos los Ejercicios Espirituales en la vida ordinaria.
Por eso la espero. No es solo un día de la semana. Es un espacio de gracia. Es sororidad encarnada. Es cuidado. Es espiritualidad que se hace cuerpo en medio de la fragilidad.
Ahí también fui invitada a participar en el conversatorio espiritualidad y justicia de género. Y confirmé, una vez más, que este camino es colectivo, sororo y profundamente espiritual.
Yo misma lo dije un día, las jesuitas de Loyola. Y no, no es herejía. Es una revelación pendiente.
Como dice Aparecida, no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con una Persona.
Y como insiste Francisco, el tiempo es superior al espacio.
Y como recuerda mi querida Pepa Torres, la espiritualidad que no toca la vida concreta se vuelve ideología.
Por eso lo mío no es afición. Es encarnación.
Así que sí, quizás no queda claro si yo perseguí a los jesuitas o si ellos me encontraron. Pero en ese ir y venir, en esa danza medio mística, medio traviesa, lo que ha ido creciendo en mí es una manera muy propia de seguir a Jesús.
Y eso no lo aprendí en los libros, aunque a veces me los hayan regalado en Manresa.
Y quizás ahí está el secreto que fui entendiendo con los años, que esta historia no era solo con los jesuitas.
Era también con las mujeres que, desde otros márgenes, desde otras heridas, desde otras búsquedas, hemos ido encarnando esa misma espiritualidad.
Las de la Red Miriam.
Mujeres que acompañan, que sostienen, que oran, que luchan. Mujeres que hacen de la vida cotidiana un lugar teológico.
Y entonces lo comprendo mejor, Ignacio no se queda en Loyola.
Se multiplica. Se hace comunidad. Se hace sororidad.
Y en ese tejido, entre jesuitas y mujeres, la RUAH sigue soplando.
Lucha Castro
Defensora de Derechos Humanos
Mexicana



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