Lo “bailado” no me lo quitan…
El 6 de enero de 1992, hace 36 años, ingresé a la Universidad Centroamericana José Simón Cañas para asumir la dirección de su Instituto de Derechos Humanos: el IDHUCA. Venía de México ya contratado por el ahora cardenal Michael Czerny; este había sustituido transitoriamente a Segundo Montes, víctima de la masacre perpetrada por militares en la madrugada del 16 de noviembre de 1989, en el cargo que ese día ocuparía yo. Así conocí a Rodolfo Cardenal, mi jefe por ser el vicerrector de Proyección Social y el “gran Chema” ‒José María Tojeira‒ quien fungía como provincial de la Compañía de Jesús en Centroamérica; el rector era el también querido Francisco “Paco” Estrada, al que conocía desde mis tiempos de estudiante en el Externado de San José. Todos ellos jesuitas de altos quilates.
Entonces inició una hermosa, satisfactoria e inigualable experiencia que finalizó 22 años después. Rodolfo es, en buena medida, “culpable” de haber contribuido a que en el IDHUCA se desatara la pasión y la imaginación necesarias para cumplir su misión y su visión. Sin las primeras, grandes e insustituibles, las segundas terminan siendo menores y hasta superficiales. Impulsamos iniciativas únicas en la región como el Festival Verdad, por ser este el importante evento que convocaba anualmente a personalidades nacionales e internacionales de alta valía comprometidas con la defensa de los derechos humanos dentro de la academia y la investigación, junto a artistas de nuestro país y de otras tierras. Todas esas figuras solidarias estaban marcadas por un denominador común: la lucha por el respeto de la dignidad de las personas y de los pueblos.
A los conciertos masivos de cierre de las actividades desarrolladas en un lapso de entre diez y quince días plenos de intensidad, respondieron a nuestra convocatoria compañeras y compañeros que derrochaban creatividad y que ya trascendieron heredándonos sus letras, voces y armonías.
Entre quienes ya partieron dejándonos ese legado enriquecedor y estéticamente inconmensurable hay que dar cuenta de Luis Suárez de Los Guaraguao venezolanos, compositor de la preciosa y precisa canción símbolo de nuestra lucha contra la impunidad, la cual tituló “Entre hacer y hacer”; de quien solo una vez estuvo en el país y literalmente nos regaló su sublime presentación: Luis Eduardo Aute, español nacido en Manila, autor de “La belleza” y tantas otras ‒valga la necesaria redundancia‒ bellas obras musicales y pictóricas, director de cine y guionista, poeta y más, quien me forzó con su genio a declararme “autista” desde mi adolescencia; de las privilegiadas voces nicaragüenses de Norma Elena Gadea y Salvador Cardenal, integrante este del Dúo Guardabarranco; del uruguayo cantor de las batallas por desalambrar nuestra América Latina, Daniel Viglietti; de las armonías que nos regalaron para deleitarnos y alertarnos que el río nos está llamando: Alejandro Jáuregui, Santiago Suárez y Rodolfo Larrumbe del legendario Quinteto Tiempo; y finalmente, ¿sabes qué?: el Adrián más tico que gaucho, especial y experimentalmente siempre querido por su canto a Farabundo de la mano de su eterna compañera, haciéndose uno al otro en la dulce celda oscura de su vientre…
¿Y qué decir del Tribunal internacional para la aplicación de la justicia restaurativa en El Salvador, presidido por el entrañable José María Tomás y Tío? ¡Qué nombre más largo, me decían, el de esa imperiosa iniciativa! Sí, pero se trataba de no dejar fuera desde el mismo el mensaje; ese que queríamos transmitir frente a la ruin desprecio de las víctimas en la posguerra, por parte de quienes tras haber sido victimarios firmaron su paz y se cubrieron de impunidad con el sucio trapo de la amnistía que derrotamos –siempre desde el marco del Festival Verdad junto– tras casi dos décadas y media de su inmoral e inaceptable vigencia.
Entre sus integrantes desfilaron además importantes, valiosas y luchadoras figuras salvadoreñas como lo fueron dos de las víctimas de la violencia y la impunidad durante la guerra y la posguerra: Julio Ernaldo Rivera Guardado, sobreviviente de la masacre del río Sumpul, y Gloria Giralt de García Prieto, madre de Ramón Mauricio García Prieto quien fuera asesinado en 1994 cuando el Gobierno, la exguerrilla y Naciones Unidas presumían de un país distinto por haber superado la guerra pero… ¡sin que nunca abrazara la paz!
Y no solo nos pronunciamos contra la impunidad; la combatimos con lo que pudimos en los casos del ya mencionado Ramón Mauricio García Prieto así como en los del universitario Adriano Vilanova, la niña Katya Miranda y el rector Félix Ulloa, el grande. Estos fueron de los más sonados, pero no fueron los únicos. Muchas más víctimas esperanzadas nos buscaron para que las acompañáramos en sus tragedias y sus justos afanes. A lo largo de los 22 años que estuve orgullosamente a cargo de esa misión, los dolores y las angustias así como los atentados y otros riesgos así como las conjuras no faltaron; tampoco hicieron falta las muchas alegrías, los buenos encuentros y las inapreciables satisfacciones…
Por lo anterior y más, lo “bailado” no me lo quita nadie… ¡Seguro!
Escrito por: Benjamín Cuellar



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